Panorama Nacional. La dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina tuvo como tapizado una constante tinta emanada de la sangre de gente contraria a su tiranía y sistema opresivo y violento, y se hizo acompañar de personajes cruentos que fungieron como serviles, matones, asesinos, de sangre fría y de mano de acero sin recovecos, Félix W. Bernardino alias Buchalay, se registró en este renglón a pulso criminal.
Así lo valoró Ricardo Nieves cuando expresaba que: “Fue un personaje siniestro y diabólico, y criminal. Ese hombre mató y enterró gente que solo Dios sabe. Se llamaba Félix W. Bernardino, uno de los esbirros más grandes que tuvo Trujillo, un sicario, asesino, mató personas que no se pueden contar”.
“Incluso, miren la muerte de Mauricio Báez en Cuba, la muerte del que secuestraron en Nueva York, el atentado en contra de Rómulo Betancourt. En Santo Domingo, fue un personaje de terror, uno de los criminales más grandes de América, calladito”, explicó el comentarista.
Lamentó que, tanta maldad para terminar hecho cenizas, “los quemaba”.
Consultado datos, paradójicamente, en esos tempranos años de 1930, Bernardino había estudiado leyes como estudiante libre cuando estaba preso en la Fortaleza Ozama por haber dado muerte a un munícipe de El Seibo llamado Amable Dalmasí, un miembro muy apreciado de una apreciada familia.
Se había graduado, pues, de abogado en el sitio más impensado con un flamante título de la Universidad de Santo Domingo, pero el título lo utilizó, si acaso lo utilizó, mayormente como adorno en alguna pared de su casa. Las leyes solo le interesaban para quebrantarlas y las quebrantó casi todas, al igual que los mandamientos de las tablas mosaicas, empezando por el sexto.
Bernardino también era músico, tocaba el piano y el clarinete, y aunque seguramente no se distinguía por su virtuosismo ni hizo carrera como músico, alguna vez se ganó la vida tocando decentemente en un prostíbulo de la zona este del río Ozama. Uno de esos lugares donde se armaban con cierta frecuencia balaceras y reyertas de pronóstico reservado.
Trujillo había trabajado en alguna ocasión con el padre y un tío de Bernardino en una plantación de caña del Distrito Nacional y Bernardino lo conocía o lo había visto varias veces desde que tenía once años. Trujillo dejó de trabajar con los Bernardino para convertirse en jefe de guardias campestres del central azucarero de Boca Chica y luego se enganchó a la guardia, al llamado Ejército Nacional que fundaron los yanquis durante la primera ocupación, pero mantuvo con la familia vínculos que se transmitirían a los hijos.
Bernardino era cónsul general de la República Dominicana en Nueva York y el asesinato ocurrió en esa ciudad la noche del 2 de octubre de 1952 en la calle Madison del bajo Manhattan. Su hermana Minerva también se le atribuyen participación en el secuestro y desaparición del escritor español Jesús de Galíndez Suárez, que tuvo lugar en su apartamento de la Quinta Avenida de Nueva York el 10 de octubre de 1956 y provocó un escándalo internacional.
Una de las grandes hazañas de Bernardino (esta vez en combinación con el luciferino Johnny Abbes García, jefe del Servicio de Inteligencia Militar de Trujillo), fue su participación en la trama para asesinar al presidente de Guatemala. Un asesinato que se realizó en la propia casa presidencial el 26 de julio de 1957 y que al parecer fue una venganza personal de la bestia por haberse negado el mandatario guatemalteco a concederle una distinción honorífica. La orden del Quetzal, que la bestia apetecía como un suculento bocado.
Cortesía: (Historia criminal del trujillato)
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.