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Los cuatro imperios que nunca cotizarán en la bolsa

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Panorama Opinión.   Vivimos empeñados en conquistar el mundo exterior. Desde pequeños nos enseñan a perseguir títulos, propiedades, vehículos, reconocimiento y dinero. Sin embargo, el escritor Robin Sharma sostiene que la verdadera paz se construye desarrollando cuatro imperios invisibles: la mente, el corazón, la salud y el alma.

El imperio de la mente comienza cuando entendemos que el éxito no consiste únicamente en acumular, sino en pensar mejor. El inversionista Morgan Housel hace una observación brillante: casi nadie recuerda quién conducía el automóvil de lujo que vio pasar hace diez años. Admiramos el vehículo por unos segundos y luego seguimos con nuestra vida. Muchas veces gastamos décadas intentando impresionar a personas que, sencillamente, no nos recordarán.

El imperio del corazón deja huellas imborrables. Hace muchos años, atrapado en un interminable tapón bajo un calor sofocante, un humilde vendedor de botellitas de agua se acercó a mi vehículo. Sin conocerme, me regaló una botella y continuó su camino. Aquel gesto, probablemente insignificante para él, permanece vivo en mi memoria mucho más que las fortunas de muchos multimillonarios. Las personas nunca olvidan cómo las hiciste sentir.

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El imperio de la salud nos recuerda que el cuerpo es el instrumento con el que cumplimos nuestra misión. Ninguna riqueza puede comprar una noche de sueño tranquilo, una caminata sin dolor o un abrazo lleno de energía. Cuidarlo no es un acto de vanidad; es un acto de responsabilidad.

Pero es el imperio del alma el que sostiene todos los demás. Cuando pienso en él, recuerdo a doña Soraida, nuestra casera. Nunca tuvo grandes bienes materiales, pero cada domingo reunía a decenas de niños del barrio y nos llevaba a la escuela dominical. Yo fui uno de ellos. Nos enseñaba las Escrituras con una sencillez que todavía ilumina mis recuerdos. También vienen a mi memoria don Andrés, el apóstol de la eterna sonrisa, que vivía para servir y entregaba cuanto tenía sin esperar nada a cambio, y la madre Teresa de Calcuta, cuya invitación sigue estremeciendo al mundo: «Da hasta que duela.» Ninguno necesitó una fortuna para convertirse en un patrimonio humano.

Jesús hizo la pregunta que atraviesa los siglos: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?» (Marcos 8:36).

Quizá dentro de cien años nadie recuerde cuánto dinero tuvimos, qué vehículo condujimos o el tamaño de nuestra casa. Pero alguien seguirá contando que un día recibió una palabra de aliento, un vaso de agua, una sonrisa o una lección que cambió su vida.

Porque los bienes materiales terminan formando parte de una herencia; los actos de amor terminan formando parte de la eternidad. Y cuando Dios escriba la verdadera biografía de nuestra existencia, no contará lo que acumulamos, sino aquello que fuimos capaces de entregar.

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