Panorama Salud._ Las mujeres duermen peor que los hombres y reportan una mayor sensación de cansancio, según los últimos estudios internacionales y la experiencia de los especialistas en medicina del sueño. Las estadísticas más recientes muestran que el 38% de las mujeres tiene dificultades para conciliar el sueño más de tres veces por semana, frente al 29% de los hombres, una brecha que se amplía cuando se analizan la calidad y la profundidad del descanso.
Las mujeres duermen peor que los hombres y reportan una mayor sensación de cansancio, según los últimos estudios internacionales y la experiencia de los especialistas en medicina del sueño. Las estadísticas más recientes muestran que el 38% de las mujeres tiene dificultades para conciliar el sueño más de tres veces por semana, frente al 29% de los hombres, una brecha que se amplía cuando se analizan la calidad y la profundidad del descanso.
Las mujeres duermen peor que los hombres y reportan una mayor sensación de cansancio, según los últimos estudios internacionales y la experiencia de los especialistas en medicina del sueño. Las estadísticas más recientes muestran que el 38% de las mujeres tiene dificultades para conciliar el sueño más de tres veces por semana, frente al 29% de los hombres, una brecha que se amplía cuando se analizan la calidad y la profundidad del descanso.

A continuación, los principales factores identificados por los especialistas:
Las consecuencias en la salud de dormir mal

El impacto de la falta de sueño es profundo y abarca tanto la salud física como la mental. Heredia señaló que “es necesario dormir al menos siete horas de buena calidad para tener una vida más prolongada y mejor calidad. El sueño es uno de los ‘8 esenciales de la vida’, junto con una dieta saludable, actividad física, peso corporal adecuado y control de factores de riesgo”.
Holmes advirtió que “dormir mal de manera crónica no solo genera cansancio, sino que tiene consecuencias profundas sobre la salud integral. El sueño insuficiente se asocia con alteraciones del sistema inmune, mayor inflamación sistémica, desregulación metabólica y aumento del riesgo cardiovascular”. En las mujeres, estos efectos pueden amplificarse, afectando la salud reproductiva, el peso corporal y el funcionamiento endocrino.
En el plano mental y emocional, el déficit de sueño incrementa el riesgo de ansiedad, depresión, irritabilidad y dificultades atencionales. Holmes aportó que “el insomnio sostenido suele convertirse en un factor que agrava o perpetúa trastornos psicológicos preexistentes, generando un círculo vicioso entre mal dormir y malestar emocional”. Nogueira agregó que la falta crónica de sueño “se asocia a mayor riesgo de trastornos psíquicos y emocionales, y hay una vinculación muy importante entre el sueño y la depresión”.
La repercusión del mal descanso se extiende al rendimiento intelectual, la concentración y la memoria. Nogueira detalló que “la falta de sueño produce somnolencia diurna, cansancio, embotamiento y cefalea matutina. Esto va de la mano de menor capacidad de concentración, pérdida de memoria y menor rendimiento intelectual”.
La detección temprana es clave para evitar el deterioro progresivo de la salud. Holmes explicó que un problema de sueño no se define solo por la cantidad de horas dormidas, sino por la calidad del descanso y su impacto en la vida diaria. Las señales de alerta incluyen “dificultad frecuente para conciliar el sueño, despertares nocturnos, despertar temprano sin poder volver a dormir, cansancio persistente, irritabilidad, dificultades cognitivas o dependencia de estimulantes durante el día”.
Nogueira recomendó consultar a un especialista si se percibe una sensación continua de sueño insuficiente, cansancio diurno o despertares frecuentes. Heredia precisó que “toda evaluación del sueño comienza en una consulta clínica, en la que se evalúan factores de riesgo, enfermedades asociadas e impacto sobre la salud”. A partir de allí, el abordaje puede ser interdisciplinario e incluir médicos clínicos, especialistas en medicina del sueño, ginecólogos, endocrinólogos, psicólogos y psiquiatras.
Entre las estrategias sugeridas para mejorar la calidad del sueño, Holmes aconsejó mantener horarios estables, exponerse a luz natural durante el día y reducir la luz artificial por la noche, además de cuidar el ambiente del dormitorio. “La práctica sistemática de mindfulness y meditación mostró efectos positivos en la reducción de la hiperactivación fisiológica y cognitiva, favoreciendo un descanso más profundo y reparador”, concluyó la especialista.