Panorama Nacionales. A la orilla del malecón es posible encontrar una multiplicidad de cosas: basura de todo tipo, con abundancia de plástico, calzados sin pareja, ropa, juguetes. Las pilas de desperdicios son arrojadas por los humanos. Los otros artículos quizás perdidos a dueños en playas lejanas y nunca sabrán a dónde fueron. Es el inmenso mar.
Cargado de misterio, de historias fantásticas de pescadores. En la plaza que lograron les fuera edificada en 1971, a la altura de la Ciudad Universitaria, bajo la luz de la luna o de un sol travieso que da al agua el color que le antoje, lanzan las redes con fe y asumen el compromiso de proteger la naturaleza que les sostiene.
Luchan contra la contaminación, que llega de todas partes y amenaza a todas las especies. El daño incluye el dragado del río Ozama y las barcazas que arrojan los desechos al mar, que enferman el agua y terminan en la orilla en su ruta envenenante. Es una ardua y diaria labor, que evita la acumulación de desperdicios.

Francisco Antonio Serra Ramírez (Pata Pata, porque buceaba descalzo) explica que atrapan peces, moluscos, pulpos, langostas (estas cuando no hay veda, aclara) y tesoros que yacen en las profundidades. Es una tarea amplia, combinada con la de mantener la costa limpia hasta el área de Juan Barón, proteger a las aves, a las tortugas que desovan, a sus huevos, a sus crías.
Narra que esa labor viene de mucho antes de la fundación del espacio que les honra y que les permite exhibir la mercancía fresca. Previo a que muchos nacieran. En 1950 un nutrido grupo tomó este lugar y poco después le dio carácter formal a su oficio al constituirse en asociación. Once siguen en faena.
El mayor es Roberto Antonio Cabrera Rosario (Cabo, de 92 años) y el segundo en anclar allí, en lo que empezó como un hobby y terminó como un oficio del resto de su vida. El primero en llegar es solo conocido como Julio, ya fallecido.
Ahora 27 miembros conforman la entidad, incluidos jóvenes, que entienden bien que este sacro lugar es el que les alimenta y por tanto deben contribuir con su cuidado. Incluso, los indigentes que merodean, lo saben. Así reciprocan el trato digno y, sobre todo, adquieren conciencia, a tal punto que apoyan las jornadas de limpieza.







Martín Evangelista Hidalgo, tiene tanto afán de que el mar esté sano que vive a sus bordes. Le duele la cantidad de plásticos y de foam que recoge todos los días (hasta tres sacos) y la falta de principios de quienes los arrojan.
Proclama que la protección de los buzos al ecosistema, evita atrapar especies en veda y que están pendientes de que lleguen foráneos a intentarlo. A los “vareros”, que usan caña, aunque no son parte del gremio, igual les instruyen en el respeto a la prohibición.
La cantidad promedio de peces “cosechada” a la semana oscila entre cinco y siete mil libras. Las variedades más abundantes son carite, palometa, bocayate, colorao y en menor grado robalo, sábalo, dorado, doctor. De una media parecida es la captura de pulpo. Vendidos a familias, restoranes y hoteles.
En este periodo de Cuaresma la venta estuvo alta. Cuando la marea va tranquila es más fácil conseguir los frutos del mar pero hay rachas largas de lluvias y alto oleaje. Incluso, este periodo cuaresmal lo define José María Heredia Peña atípico, porque ni los más viejos habían visto tantos aguaceros, hasta Semana Santa. Pese a esto, asegura que las aguas dejaron trabajar.
Sus 25 años en el quehacer le dan autoridad para hablar. Conoce todas las intríngulis, porque empezó “como a los 35” de mochilero. Esto es limpiar los pescados, hacer mandados, colar café. “Hasta que empecé a bucear”.
Ángel Brito, es parte del relevo. Tiene 25 años y narra que llegó gracias a Pata Pata. Eso sí, aclara que ya venía con experiencia de buceo desde Puerto Plata y aprehendió el compromiso de velar por esta causa. Pendiente inclusive al comportamiento de los visitantes.
Sabe que su misión es replicar las buenas gestiones en favor de la naturaleza, tanto entre sus compañeros nuevos como en todos los entornos en los que haga vida.

Los pescadores, más cómodos con el nombre de buzos, ya que trabajan sumergidos en el agua, afirman que con frecuencia hallan objetos de alto valor en el fondo del mar.
Eusebio Tineo Camacho (Saca muerto), uno de los fundadores de la plaza, es experto en rastrear tesoros perdidos. Orgulloso exclama que ha encontrado joyas de calidad.
Es un pionero del buceo en este tramo y debe su apodo a sus servicios como socorrista. Tiene en su expediente el rescate de los pilotos Rafael Sánchez y Carlos Manuel Guerrero, caídos al mar durante la exhibición área del malecón, el 7 de abril de 2013.
La cantidad de cadáveres que ha recuperado no le enorgullece, al contrario, expone que ojalá nunca haya accidentes. Pero sí le gratifica ayudar. Desde los 12 años anda entre las aguas y a sus 65 sigue activo.
Darío Tejada empezó en 1976. Combinaba la pesca con el trabajo remunerado. Luego incursionó en el tejido de mallas, redes y hamacas. Cita que Jorge Russel (Pito) enseñó a los jóvenes este arte y ya la mayoría de los pescadores son tejedores y usan agujas fabricadas con patas de sillas plásticas en desuso, un reciclaje valioso.
La elaboración puede llevar hasta 30 días, según el tamaño, como el caso de las mallas de 100 metros cuadrados para campos de futbol. Este artículo también es vendido a colegios y planteles públicos. Un negocio rentable, ahora que el deporte está en auge. Pueden costar hasta 100 mil pesos.
Las cajas de bateo igual tienen gran demanda. Su confección es más rigurosa, porque ameritan un hilo más grueso y endurecerlas con químicos. Las atarrayas van desde ocho mil a 12 mil pesos. Las hamacas son más económicas y cuestan entre 3, 000 y RD$6, 000.
Así, entre pesca, tejido y vigilancia para que el mar y sus orillas estén sanos, los pescadores conforman una comunidad cada vez más grande de gente atraída por esta inmensidad y con tiempo para tomar un sorbo de paz, de café, de agua, cocinar, reír y aportar a la conservación del medioambiente.
A Roberto Antonio Cabrera Rosario nadie lo conoce por ese nombre en la Plaza de los Pescadores. En ese sitio, este hombre de 92 años y que a tantos ha enseñado a pescar y a tejer, es solo Cabo, por el rango que ostentaba en el Ejército.
De ese cuerpo fue cancelado en 1970, acción que cataloga atropello de sus superiores. Al quitarle su empleo, les relegaron a labores duras como la barillería, que le destrozó las manos, pero no el alma y que combinaba con la pesca, un pasatiempo de juventud que tuvo que asumir como modus vivendis hace 60 años.
Sus dedos también dan forma a atarrayas, mayas deportivas y hamacas. Es la entretención con la que hasta el año pasado ganaba el sustento digno en el lugar, cuya persistencia ayudó a crear, para reunir a los que viven del mar y a los que lo disfrutan.
Cabo rememora sus 13 años en las Fuerzas Armadas, que asegura fueron de trabajo honesto y proclama que ese valor fue su desgracia, lo que no lamenta, porque volvería actuar de la misma forma, pese a que sabía que le traería problemas y que, de quedar fuera de esas filas, no tendría cómo mantener a su familia.
Después de ser designado jefe de puesto en una comunidad de Santiago Rodríguez, lo sacaron por arrestar a un hombre que “abusó de un infeliz y le desbarató su casita. Lo detuve, pero ese señor tenía influencias con un grande y al que encerraron fue a mí”.
Esta medida le llevó a estar cinco meses en la cárcel, con 49 militares más y sin disfrute de sueldo, que asegura tenían información seria de que eran emitidos.
Mostró su valentía aún entre rejas, alentó a sus compañeros a enviar un telegrama al presidente Joaquín Balaguer, que, de acuerdo con el informante, dispuso que los liberaran y con sus pagos retroactivos. Lo que ocurrió fue abrumador: los cancelaron con las “mano pelá”.
Ante tal atropello, el enlace sugirió que enteraran al mandatario. Mas, el grupo estaba atemorizado y Cabo hastiado de los vejames, así que entendió que lo más digno era seguir fuera y sumergirse por completo en su tarea de pescador porque lo justo habría sido pensionarlos.
Este ser de mar y de tierra es una cantera de fascinantes historias, de atrayente sabiduría.
De apacible semblante y la sonrisa ahí, cerquita siempre de las comisuras, Martín Evangelista Hidalgo es un hombre que necesita pocas cosas materiales para vivir. Por esto desde hace más de 20 años, habita en el malecón, en una sencilla casita que comparte con gatos callejeros, a los que cuida y que le protegen, en una noble simbiosis.
Es el guardián honorifico de la Plaza de los pescadores y de los equipos de sus compañeros que guarda en la vivienda. Un ser que encuentra odioso el bullicio, la rutina agobiante de un día a día en el que tantos corren detrás de dinero y de otros bienes.
“Aquí paso mis horas tranquilo, limpio la playa, estoy atento cada vez que la basura llega hasta la orilla, alimento a los gatos, a las aves, veo el trajinar de los vehículos, la desesperación de la gente por llegar, quién sabe a qué. Soy feliz en este espacio”, exclama de un modo que no deja dudas.
Pescadores y clientes son recibidos por Martín a cualquier hora, cualquier día, con el mismo ánimo. A unos y a otros colabora esta alma que llama a los seres humanos a detenerse y a de vez en cuando echar una mirada a la naturaleza y si no es mucho sacrificio, a abrazarla.
Asegura que este ejercicio es lo único que necesitan su espíritu y su cuerpo, junto a su bicicleta, en la que recorre el área el mejor de los vigilantes.
Cristino Cordero (Miñinga) explica que el proyecto de cuidado de especies marinas empezó en 1979. Protegían a las vedadas. Roberto Antonio Cabrera Rosario (Cabo), Rafael Camilo, Alberto Aragonés y otros más, vigilaban a las tortugas que llegaban a la orilla a desovar, para resguardar sus huevos de otros animales, sobre todo del humano, causante de una depredación cada vez más tenaz.
Los tomaban con sumo cuidado, al acecho, ahuyentaban el peligro hasta que nacían las crías, que lanzaban con celo al mar.
En 1990, el presidente Joaquín Balaguer crea el Acuariano Nacional. Entonces estos voluntarios cambian la mecánica. Colocan los huevos en un recipiente con arena y los entregan a la bióloga “Antonia”.
Los pichones nacían y el equipo de la institución acudía a lanzarlos al agua, después de que los experimentados pescadores les hicieran el camino que recorrerían. Este procedimiento es el vigente.
Miñinga manifiesta satisfecho que tan grande ha sido el éxito, que el Ministerio de Medio Ambiente formó una alianza con la empresa distribuidora de combustibles Eco Petróleo, y constituyeron una brigada con estos voluntarios de siempre para salvar a estas especies y mantener limpio el litoral.
Francisco Antonio Serra Ramírez (Pata Pata) detalla que el desove suele darse en tres etapas con posturas de hasta 200 huevos, en intervalos de 12 días. Las crías son echadas al mar de junio a diciembre.
La faena incluye la limpieza del litoral y salvaguardar a especímenes, como los tiburones, el pez loro, la langosta y los pelícanos, estas aves para evitar que terminen enredadas en la basura o el follaje, como ya ha ocurrido y por fortuna han logrado rescatarlos.
Parta Pata asegura campante que la extinción ha bajado, gracias al trabajo en equipo. Ahora, en la Plaza de los Pescadores reciben a estudiantes de biología a los que edifican con su experiencia.