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 La paz como deber: Ucrania y el costo de la beligerancia occidental

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Panorama Opinión.  La reciente propuesta de paz de 28 puntos, negociada entre Estados Unidos y Rusia, ha generado un terremoto político en Europa y Kiev. El borrador incluye concesiones territoriales dolorosas para Ucrania: la renuncia definitiva a Crimea anexada en 2014, el reconocimiento del control ruso sobre Donetsk y Lugansk, el congelamiento del estatus de Jersón y Zaporiyia, además de la reducción de su ejército a niveles previos a 2022 y la prohibición permanente de ingresar en la OTAN. Para muchos en Ucrania, se trata de una capitulación. Para Moscú, es una victoria diplomática. Para Washington, una salida pragmática de un conflicto que drena recursos sin perspectiva de resolución militar. Y para Europa, un dilema que ha expuesto su falta de coherencia estratégica.

 Occidente y la diplomacia perdida

Las reacciones de Francia, Alemania y Reino Unido han sido de rechazo o reservas públicas, invocando la defensa de principios democráticos y equilibrios de poder. Sin embargo, esta postura revela una peligrosa ceguera moral: mientras se discuten mapas y zonas de influencia en despachos de Bruselas, la guerra sigue cobrándose vidas humanas cada día.

Organizaciones humanitarias documentan que el conflicto ha generado más de 500,000 bajas militares según estimaciones conservadoras, millones de desplazados internos y refugiados, y destrucción de infraestructura civil valorada en cientos de miles de millones de dólares.

La diplomacia europea parece más preocupada por preservar su influencia geopolítica frente a Rusia y Estados Unidos que por detener el sufrimiento de millones de personas atrapadas en el conflicto. El discurso sobre «defender Ucrania hasta la victoria» suena noble en conferencias de prensa, pero cada mes de guerra prolongada significa más ciudades destruidas, más familias rotas y más generaciones traumatizadas.

 El dilema histórico de Zelenski

Volodímir Zelenski enfrenta una decisión que definirá su legado. Firmar el acuerdo significaría aceptar la pérdida de aproximadamente el 20% del territorio ucraniano reconocido internacionalmente y limitar la soberanía del país mediante restricciones militares permanentes. Pero prolongar la guerra implica más muertes, más destrucción y un futuro aún más incierto para una población exhausta.

La pregunta es inevitable: ¿qué pesa más, la integridad territorial abstracta o la vida concreta de los ciudadanos? La dignidad de un pueblo no se mide solo en fronteras dibujadas en mapas, sino en su capacidad de sobrevivir, mantener cohesión social y reconstruirse después del trauma. Ucrania ya ha demostrado su resistencia durante tres años; ahora debe decidir si esa resistencia se expresa mejor continuando una guerra sin horizonte claro de victoria o aceptando una paz imperfecta que permita reconstrucción.

 La paz como deber moral, no como derrota

Los acuerdos de paz rara vez son justos en el sentido ideal. Son, más bien, compromisos imperfectos que buscan detener la violencia cuando ningún bando puede imponer victoria absoluta. La historia demuestra que las guerras terminan en negociaciones, no en victorias totales. El Tratado de Westfalia que terminó la Guerra de los Treinta Años en 1648, los Acuerdos de Helsinki que reconocieron fronteras europeas tras la Segunda Guerra Mundial, incluso los acuerdos de Dayton que detuvieron la guerra de Bosnia: todos implicaron concesiones dolorosas que en su momento fueron denunciadas como traición pero que con el tiempo se reconocieron como mal menor frente a la continuación indefinida de la violencia.

En este caso, la paz, aunque incompleta y dolorosa, puede ser el único camino para preservar la vida y abrir la posibilidad de reconstrucción nacional. Aceptar la paz no es capitular ante Rusia sino asumir la responsabilidad de salvar a un pueblo del desgaste interminable de la guerra. Las fronteras pueden negociarse en el futuro cuando correlaciones de fuerza cambien; las vidas perdidas no se recuperan nunca.

 Occidente debe abandonar la retórica sin riesgos

Occidente debe abandonar la retórica beligerante que no asume costos directos y reconocer que la prioridad no es la geopolítica sino la humanidad. Es fácil para líderes europeos y estadounidenses exigir que Ucrania continúe luchando cuando no son sus ciudades las bombardeadas ni sus hijos los movilizados. La valentía moral no consiste en prolongar guerras ajenas desde la distancia segura de capitales occidentales.

Zelenski, por doloroso que sea, debería considerar la firma del acuerdo como un acto de responsabilidad histórica hacia su pueblo. La paz no es una concesión a Rusia sino un deber hacia los ucranianos que siguen muriendo en trincheras, huyendo como refugiados o sobreviviendo en ciudades sin luz ni agua. Los principios abstractos sobre integridad territorial no alimentan familias ni reconstruyen hospitales.

La verdadera valentía no está en prolongar la guerra indefinidamente esperando una victoria que puede no llegar nunca, sino en tener el coraje de detenerla cuando la continuación solo promete más sufrimiento sin perspectiva clara de mejores condiciones de negociación. Esa es la decisión más difícil que un líder puede tomar, pero también la más humana.

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