Por Michael Matos
Panorama Opinión. En un país donde los anuncios suelen tener más ruido que resultados, el Ministerio de Educación ha dado un paso que merece atención. La activación de la llamada “mesa de los cinco pilares”, impulsada por el ministro Luis Miguel De Camps, es una señal alentadora de que el sistema educativo podría, al fin, sentarse a hablarse con sinceridad.
Este espacio reúne a los actores esenciales de la educación: maestros, estudiantes, padres, sociedad civil y servidores públicos. Es un reconocimiento explícito de que la transformación educativa no se impone desde el poder, sino que se construye desde el consenso. Y eso, en tiempos de polarización y desencuentros gremiales, ya es un avance.
Porque, seamos francos: la educación dominicana no necesita más discursos, sino estructuras permanentes de diálogo, concertación y rendición de cuentas.
Sin embargo, este anuncio no puede verse como una victoria en sí mismo. Nuestro país ha acumulado mesas, pactos y comisiones que nacen con entusiasmo y mueren en la inercia burocrática. Basta recordar el Pacto Educativo 2014-2024, que dejó más diagnósticos que soluciones.
Allí quedaron identificadas las fallas que hoy siguen intactas: la baja calidad de los aprendizajes, la brecha tecnológica, la infraestructura escolar deficiente y el divorcio crónico entre el Ministerio de Educación y la ADP.
Por eso, si esta mesa pretende marcar una diferencia, debe hacerlo desde los hechos.
No basta con hablar de transparencia y participación: hay que publicar las actas, los acuerdos y los indicadores que midan avances reales.
Si no hay resultados verificables por ejemplo, cumplimiento del calendario escolar, mejora en lectura y matemáticas, inversión efectiva en educación inicial, el país volverá a sentir que todo fue otra puesta en escena con lenguaje de consenso y fondo de inercia.
Dicho esto, es justo reconocer que Luis Miguel De Camps llega con una impronta distinta: menos política, más técnica; menos propaganda, más gestión. Su actitud conciliadora y su visión de “educación como reto de todos” puede devolverle al sistema educativo algo que había perdido: credibilidad institucional.
Pero esa visión necesita el respaldo de un gobierno que muchas veces prioriza la foto sobre la reforma. La educación no se salva con buena voluntad ni con marketing institucional.
Se salva con planificación, continuidad y voluntad de escuchar incluso lo incómodo.
El ministro ha abierto la puerta del diálogo; ahora toca mantenerla abierta sin miedo al debate ni a la autocrítica. Celebrar esta iniciativa es justo. Pero vigilarla es un deber.
Porque el verdadero cambio educativo no empieza cuando se inaugura una mesa: empieza cuando se cumplen los compromisos que se firman sobre ella.