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La justicia en pausa: el tiempo, el mejor abogado de la corrupción en República Dominicana

Justicia

Arrestos espectaculares, expedientes voluminosos y promesas de cambio. La lucha contra la corrupción en República Dominicana parece avanzar… hasta que entra a los tribunales. Allí, entre incidentes, aplazamientos y tecnicismos, los casos más emblemáticos corren el riesgo de morir lentamente. Aparenta un sistema que, lejos de castigar el dolo, parece diseñado para agotar los plazos, extinguir las acciones penales y garantizar que el tiempo sea el mejor abogado defensor del poder.

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En República Dominicana, la justicia parece escrita por un guionista que insiste en repetir, década tras década, la misma escena inicial. El espectador dominicano ya conoce el montaje: arrestos espectaculares de madrugada, cámaras de televisión captando rostros de poder caídos, chalecos antibalas y cascos que intentan ocultar la vergüenza de quienes ayer dictaban cátedra de moralidad, acompañados de promesas oficiales de un «antes y un después» en la lucha contra la corrupción administrativa.

Sin embargo, cuando las luces de los reflectores se apagan y los expedientes —pesadas moles de papel y bytes— entran finalmente en los tribunales, el guion vira bruscamente hacia un suspenso interminable que suele culminar en el más absoluto de los silencios.

Lo vivimos con el Plan Renove en los albores de los 2000; lo presenciamos con el Caso PEME, los Super Tucanos y el polémico contrato de Sun Land. Más recientemente, el país fue testigo del terremoto institucional de Odebrecht, donde la montaña de pruebas de alcance continental terminó, en suelo dominicano, pariendo un ratón de sentencias mínimas o descargos fundamentados en la recurrente «falta de pruebas».

Hoy, situados en el primer trimestre de 2026, los nombres en la palestra han cambiado —Medusa, Calamar, Coral, Antipulpo—, pero el aroma que emana de las salas de audiencia es peligrosamente familiar. Es el olor de la dilación estratégica.

Betty Gerónimo

Mientras los imputados de ayer hoy caminan libres por las calles de Santo Domingo, los procesos actuales parecen haber entrado en un coma inducido por incidentes procesales, lecturas maratónicas de miles de páginas y una «mora judicial» que ya no se mide en meses, sino en años de estancamiento.

¿Estamos ante una verdadera persecución del delito o simplemente asistiendo a una nueva temporada de la serie más larga de nuestra historia: la impunidad planificada?

La respuesta reside en el análisis de los hilos técnicos que están enredando los casos actuales y cómo, siguiendo el rastro de viejas experiencias, el país corre el riesgo de ver, una vez más, cómo el reloj se convierte en el aliado más eficaz del desfalco.

Crónica de un estancamiento

Identificar el estado actual de estos procesos es fundamental para entender los retos estructurales de la justicia dominicana. dA marzo de 2026, varios de los expedientes más ambiciosos iniciados entre 2020 y 2023 continúan activos, pero enfrentando lo que expertos denominan «cuellos de botella» insalvables. El uso constante de recursos procesales por parte de las defensas ha transformado las etapas preliminares en juicios de desgaste.

Iniciada en 2021, la Operación Medusa es, quizás, el caso más emblemático del pantano judicial. Con el exprocurador general Jean Alain Rodríguez como figura central, el expediente cuenta con más de 12,000 páginas de acusación. A la fecha actual, el proceso sigue empantanado en la etapa de juicio de fondo. Apenas este mes de marzo de 2026, los tribunales denegaron nuevas solicitudes de levantamiento de impedimento de salida al principal acusado, una medida que se repite de forma circular sin que se vislumbre una sentencia definitiva.

El retraso en Medusa es un caso de estudio: una cantidad masiva de incidentes procesales, licencias médicas recurrentes de los múltiples imputados y la lectura obligatoria de un expediente kilométrico que ha tomado años agotar. Sin rubor, y con la seguridad de quien conoce las debilidades del sistema, Carlos Balcácer, líder del equipo de defensa del exprocurador, advirtió proféticamente en febrero de 2026: “Aquí se van a lanzar incidentes nunca oídos, nunca juzgados y nunca vistos en República Dominicana”. La advertencia, al parecer se cumplirá al pie de la letra.

La Operación Calamar, que estalló en 2023, involucra a exministros de alto perfil como Donald Guerrero, José Ramón Peralta y Gonzalo Castillo. Se trata de un presunto desfalco relacionado con expropiaciones irregulares de terrenos y financiamiento ilícito de campañas políticas. A marzo de 2026, el caso apenas se encuentra en su etapa preliminar.

Las audiencias continúan siendo aplazadas sistemáticamente para que las defensas presenten argumentos de nulidad. Aquí, el factor de retraso ha sido la separación de expedientes por motivos de salud de algunos implicados y la complejidad intrínseca de las pruebas periciales sobre terrenos que datan de décadas atrás. Cada peritaje es un nuevo pretexto para detener el reloj judicial.

Las Operaciones Coral y Coral 5G, un entramado que vincula a una red de corrupción militar y policial encabezada por el mayor general Adán Cáceres Silvestre, exjefe de seguridad presidencial. Aunque el juicio de fondo entró recientemente en su fase de conclusiones y el Ministerio Público ha solicitado penas de hasta 20 años, el camino ha sido tortuoso. La naturaleza del entramado, que utilizó instituciones castrenses y religiosas para el lavado de activos, ha permitido una fragmentación del proceso debido al gran número de empresas e imputados vinculados, prolongando un veredicto que la sociedad esperaba hace años.

Operación Antipulpo es el caso que más ha avanzado. En agosto de 2025, se emitieron sentencias condenatorias contra Alexis Medina Sánchez (7 años) y otros implicados. Sin embargo, en 2026 el proceso sigue «vivo» de forma artificial. Se mantienen abiertas líneas de investigación y medidas de coerción contra imputados añadidos posteriormente, y la mayoría de las condenas están en fase de apelación, lo que significa que, técnicamente, ninguna sentencia es todavía irrevocable

Los «científicos» de la dilación

Las defensas actuales no están innovando; están perfeccionando estrategias que ya resultaron exitosas en el pasado. El espejo de Odebrecht —donde la mayoría de los imputados fueron descargados— o el Caso PEME —que terminó en acuerdos que la sociedad civil criticó como impunidad disfrazada— sirve de guía para los juristas de hoy.

La ingeniería de la demora se basa en tres pilares tácticos que los tribunales dominicanos parecen incapaces de contener: La «indefensión» por volumen: En el caso Medusa, este ha sido el argumento estelar. La defensa alega que es físicamente imposible analizar 12,000 páginas de pruebas en los plazos legales ordinarios. Bajo el estandarte del derecho a la defensa, solicitan aplazamientos constantes que los jueces, temerosos de una nulidad posterior, suelen conceder.

La nulidad de pruebas periciales, en la que, se ataca frontalmente la validez de los informes de la Cámara de Cuentas. Si una defensa logra demostrar que un peritaje se obtuvo sin respetar el debido proceso, el castillo de naipes de la acusación se desploma. Las audiencias se pierden en discusiones técnicas sobre formularios y procedimientos administrativos, alejándose del fondo del robo al erario.

Finalmente, la apuesta a la extinción de la acción penales el «botón de pánico» del sistema. El Código Procesal Penal establece un plazo máximo para la duración total de un proceso (normalmente 4 años). Mediante recusaciones a jueces e incidentes menores, las defensas buscan que el tiempo expire. Una vez vencido el plazo, el caso debe cerrarse por ley, independientemente de la culpabilidad del acusado.

La crítica de la sociedad civil

Participación Ciudadana, en sus informes de febrero y marzo de 2026, ha mantenido un tono crítico sobre la efectividad de las reformas judiciales actuales. Aunque el Poder Judicial promueve el programa de «Mora Cero» y la digitalización de expedientes, estas mejoras no parecen permear los casos de alta complejidad política y económica.

La organización señala que el objetivo de eliminar el atraso judicial no se ha traducido plenamente en los procesos de corrupción administrativa. La denominada «Chicana» (maniobra legal para retrasar un proceso) sigue siendo la norma. El informe advierte que la lentitud no es solo un problema técnico, sino el resultado de una cultura judicial permisiva. “Los jueces, en lugar de ejercer un control estricto de los plazos y sancionar la «litigación temeraria», permiten que el proceso se diluya en el tiempo, debilitando la confianza ciudadana”.

Miguel de la Rosa, abogado, resalta que el objetivo de las defensas no es necesariamente demostrar la inocencia, sino «fragmentar el proceso y arrebatarle al tribunal el control del ritmo judicial».

En este escenario, la justicia deja de ser un derecho para convertirse en una cuestión de capacidad económica: gana quien tiene los recursos para prolongar el litigio hasta que la ley obligue a cerrarlo.

Lo que el país pierde ante el “saqueo”

Mientras el reloj procesal corre, el daño al Estado dominicano se profundiza. Hemos pasado de esquemas de sobornos por obras (como Odebrecht) a entramados de extracción directa de fondos públicos (como Calamar o Medusa).

En el pasado, aunque con sobrecostos, quedaba una carretera o una presa. En los casos actuales, el dinero fue drenado mediante expropiaciones irregulares y nóminas fantasma, dejando un vacío absoluto. Los montos citados en los expedientes actuales son exponencialmente mayores que los de hace 20 años. Solo en casos recientes se mencionan cifras que superan los RD$19,000 millones.

La gravedad de estas cifras no debe medirse solo en su valor nominal, sino a través del costo de oportunidad. Ese dinero, que debió financiar escuelas, tecnificación hospitalaria o infraestructura energética hace años, se perdió para siempre. Esto obliga al Estado a tomar deuda externa para cubrir esos huecos.

El ciudadano dominicano termina pagando tres veces: Primero, por el robo directo del capital, segundo, por el «interés compuesto» del desarrollo perdido (la falta de salud y educación que resta productividad al país); y por los intereses de la deuda generada para reponer lo sustraído.

Históricamente, el Estado dominicano recupera menos del 1% de lo distraído en grandes casos cuando los procesos se dilatan más de cinco años. Mientras el Estado invierte millones en auditorías y persecución fiscal, el patrimonio recuperado suele ser casi nulo comparado con el desfalco original.

El engranaje del poder

La corrupción administrativa no opera en el vacío. Es una simbiosis orgánica entre el poder político y el músculo empresarial, alimentada especialmente durante las campañas electorales. El financiamiento privado a candidatos no suele ser una donación altruista, sino una inversión de capital. Al llegar al poder, el actor político devuelve el favor mediante licitaciones a medida o privilegios fiscales.

Esta arquitectura de complicidades garantiza una protección mutua. La «puerta giratoria» entre el servicio público y los directorios corporativos asegura que quienes deben supervisar los fondos sean antiguos socios o futuros empleados de quienes los ejecutan. Cuando un expediente intenta avanzar, choca con un muro de influencias donde el statu quo es la prioridad absoluta.

El lobo en el redil: la decadencia institucional

A esta compleja trama se suma un ingrediente amargo: la infección interna. El reciente escándalo que involucra al fiscal adjunto del PEPCA, Aurelio Valdez Alcántara, coloca una capa adicional de sombras sobre la justicia. Cuando los propios encargados de custodiar la prueba y perseguir el delito son sospechosos de transacciones ilícitas, el daño es irreversible.

Un fiscal corrupto controla la «custodia de la prueba». Si un expediente «no llega a nada», no siempre es por ineficiencia técnica; a veces es por sabotaje desde adentro. Sus vínculos previos en investigaciones como Medusa plantean una duda razonable y dolorosa: ¿Cuántos expedientes que hoy están en el limbo pasaron por manos de funcionarios bajo sospecha?

La impunidad, bajo esta luz, no es un error del sistema, sino un producto diseñado mediante la cooptación de los mecanismos de defensa del Estado.

La sentencia del olvido

Al parecer, para los casos de corrupción administrativa en República Dominicana, el destino está escrito en las mismas páginas de inercia que sus predecesores. Casos como Senasa 2.0 o las secuelas de las actuales operaciones corren el riesgo de mutar en una coreografía de dilaciones infinitas cuyo único fin es enfriar el interés público y desgastar la memoria colectiva.

El destino de un expediente amarillento que se suma al archivo de la impunidad confirma una premisa preocupante: en este país, el robo al erario es un crimen que prescribe en el olvido. La persistencia de este patrón revela que la justicia ha sido reducida, con frecuencia, a un ejercicio simbólico de relaciones públicas.

El desafío para el sistema judicial en este 2026 no es solo emitir un fallo, sino demostrar que puede romper el bucle de la espectacularidad fallida. De lo contrario, seguiremos siendo una nación que arresta para la foto de portada, pero que libera en el silencio de los tribunales vacíos. Porque una justicia que tarda tanto en llegar, que se pierde en el laberinto del calendario y los tecnicismos, termina pareciéndose demasiado —quizás de forma deliberada— a la impunidad total.

La historia está observando. Mientras el reloj marca las horas en el Palacio de Justicia, el futuro de la institucionalidad dominicana pende de un hilo que el tiempo, con su paciencia infinita, amenaza con cortar.

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