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La Global Expo Osaka: una aventura bajo la lluvia con sabor dominicano

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Panorama Opinión. El 13 de abril marcó la inauguración en Osaka de la Global Expo, un faro de innovación y encuentro cultural que, desde su primera edición en Londres en 1851, ha impulsado la colaboración internacional y el progreso. Estas exposiciones universales, vitrinas de los avances más disruptivos de la humanidad, se han convertido en citas ineludibles con la historia. La Expo de Osaka no fue la excepción, erigiéndose sobre la isla artificial de Yumeshima –literalmente, la Isla de los Sueños–, una audaz proeza de ingeniería que desafió las aguas de la bahía para levantar pabellones y espacios de diálogo donde antes solo danzaban las olas.

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Para mí, la inscripción a este evento fue una promesa de ser testigo directo de la historia, una emoción que compartí con mi joven compañero de aventuras, Cosme Jr. Sin embargo, la amenaza de un clima adverso sobre Osaka sembró en él: escepticismo. Desde que dejamos la comodidad del hotel, un aguacero persistente se convirtió en nuestra escolta hasta la Global Expo. Parecía que el mismísimo Zeus Pluvio, desorientado geográficamente, había decidido mudar su residencia a la bahía nipona. Pero, empapados de ilusión avanzamos con la firme convicción de que la historia, a menudo, se escribe bajo pésimas condiciones climáticas.

En medio de este diluvio, la bandera dominicana ondeaba gallarda en lo alto de un pabellón. Nuestra tricolor inyectó en mi pecho un cálido orgullo.

Nuestra llegada a la Expo fue más parecida a un desembarco como si fuéramos náufragos recién rescatados. En las inmediaciones, un grupo de manifestantes marchaban contra la Global Expo, según ellos por los daños medioambientales inherentes a la construcción de la isla artificial.

Completamente mojados, nos refugiamos en el área designada. Tras una amable indicación, fuimos hacia la entrada principal, solo para vernos inmersos en una suerte de laberinto acuático, desviándonos de un punto a otro, la Expo nos sometía a una prueba de paciencia bajo la lluvia torrencial.

El agua fluía de nuestras ropas, encharcaban nuestros pies. Resignado al punto de rendirme, exclamé a Cosme jr.: -“creo que lo más sensato es regresar al hotel. La búsqueda de la entrada es una locura, estamos completamente perdidos”-. Su respuesta, sin embargo, me detuvo en seco. -“¡Papi, pero mira, ahí está la entrada! ¡Estamos tan cerca, justo enfrente!”-. Y, efectivamente, allí resplandecía la entrada, un monumental portal a la modernidad que inexplicablemente había permanecido oculto tras la cortina de agua, como un espejismo revelado. La lluvia continuaba implacable. -“No, vámonos”- enfaticé.  -“Papi, ¿pero si estábamos tan cerca de la historia?”-, a seguidas soltó una gran carcajada.

Cuando el tiempo avance inexorable y mis cabellos se tornen plateados y mi rostro se arrugue por la experiencia de los años, el recuerdo de esta carcajada bajo la lluvia inclemente de Osaka será, sin duda, la anécdota más entrañable y la más bella historia que atesoraré de mi paso por la Global Expo.

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