Panorama Opinión. _ La política exterior estadounidense, envuelta en discursos de democracia y derechos humanos, revela una contradicción brutal cuando se examina bajo la luz de 2026: su aplicación es selectiva y responde exclusivamente a intereses geopolíticos y económicos. Esta «doctrina del doble rasero» se manifiesta en el trato radicalmente diferente hacia regímenes autoritarios aliados como Arabia Saudita y hacia adversarios como Cuba, Venezuela o Irán.
El secuestro de Maduro: cuando violar soberanía se llama «operación policial»
El 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses ejecutaron la «Operación Determinación Absoluta» en Caracas, secuestrando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores. Llamémoslo por su nombre: fue un secuestro transfronterizo que violó flagrantemente la soberanía territorial de Venezuela para extraer a un jefe de Estado sin proceso de extradición, sin orden internacional verificable y sin respeto al derecho internacional.
El gobierno estadounidense aseguró que era una misión policial contra un «narcoterrorista». Pero el presidente Donald Trump fue brutalmente honesto sobre el verdadero objetivo: «Vamos a tomar el control de las enormes reservas de petróleo» y administrar el país durante una transición. Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo, 300,000 millones de barriles, y la operación representa una aplicación moderna de la Doctrina Monroe bajo el concepto «América primero»: excluir a China y Rusia del hemisferio y asegurar recursos estratégicos mediante la fuerza.
Durante su primera audiencia en Nueva York, el propio Maduro declaró: «Fui secuestrado y sigo siendo el presidente». Expertos en derecho internacional coinciden: sin extradición formal, esto es un secuestro de Estado, no justicia internacional.
Cuba: sesenta años de castigo colectivo llamado «promoción de la democracia»
Tras el secuestro de Maduro, miles de cubanos protagonizaron la tradicional «Marcha de las Antorchas» en enero de 2026, este año con marcado carácter de protesta antimperialista y solidaridad con Venezuela. El contexto es de presión extrema: Washington evalúa imponer un bloqueo naval total a las importaciones de petróleo de la isla.
El bloqueo económico contra Cuba dura más de sesenta años. No es sanción quirúrgica contra líderes sino castigo colectivo que encarece y dificulta la obtención de medicamentos y alimentos, convirtiéndose en el principal obstáculo para el desarrollo de la isla. La narrativa estadounidense sobre «promover la democracia» en Cuba contrasta brutalmente con su trato a Arabia Saudita, monarquía absoluta donde decapitan opositores y las mujeres carecen de derechos básicos.
La aplicación selectiva de principios es sistemática y documentada.
Arabia Saudita, el aliado intocable: Monarquía absoluta sin elecciones, sin parlamento, sin libertad de prensa. Decapitó 81 personas en un solo día en 2022. Bombardea Yemen causando una de las peores crisis humanitarias contemporáneas. Asesinó y descuartizó al periodista Jamal Khashoggi en su consulado en Estambul. Respuesta estadounidense: venta masiva de armas por miles de millones de dólares y alianza estratégica inquebrantable. Base de la relación: petróleo, contratos de defensa y contención de Irán.
Cuba, el enemigo ideológico: Sistema de partido único con elecciones limitadas. Respuesta estadounidense: bloqueo económico total por más de seis décadas que castiga a toda la población. Base de la relación: enfrentamiento ideológico heredado de la Guerra Fría que ya no tiene justificación geopolítica pero se mantiene por presión del lobby anticastrista en Florida.
Venezuela, el objetivo petrolero: Gobierno autoritario con elecciones cuestionadas y represión documentada. Respuesta estadounidense: secuestro de su presidente mediante operación militar, control forzado de su petróleo y ocupación disfrazada de «transición democrática». Base de la relación: control de las mayores reservas petroleras del planeta y expulsión de influencia china y rusa del hemisferio.
Irán, el adversario geopolítico: República islámica con elecciones limitadas y represión a protestas. Respuesta estadounidense: sanciones de «máxima presión» que colapsan su economía y amenaza constante de ataques militares. Base de la relación: rivalidad por hegemonía en Medio Oriente y alianza con Israel.
El patrón es cristalino: cuando se trata de adversarios, se invocan derechos humanos y lucha contra el narcoterrorismo para justificar intervenciones y sanciones devastadoras. Cuando se trata de aliados estratégicos, esos mismos principios se archivan en favor de realpolitik e intereses económicos. La credibilidad moral de la política exterior estadounidense queda así pulverizada.
El secuestro de Maduro, el bloqueo asfixiante contra Cuba y las sanciones que matan civiles en Irán, en contraste brutal con la indulgencia hacia Arabia Saudita que comete atrocidades documentadas, exponen una política exterior que ha abandonado cualquier pretensión de coherencia ética. Es una política que utiliza el derecho internacional de forma instrumental y cínica, aplicándolo con rigor implacable a los enemigos e ignorándolo completamente con los amigos.
La lección es inquietante: el derecho internacional parece aplicarse solo a países sin arsenal nuclear. Venezuela puede ser invadida, su presidente secuestrado. Cuba puede ser asfixiada durante décadas. Pero Rusia, China, Pakistán o Corea del Norte, todos con armas nucleares, reciben amenazas pero nunca invasiones. La disuasión atómica se ha convertido en el único escudo real contra la «justicia» selectiva de Washington.
Esta lógica de poder crudo, que algunos analistas denominan retorno a la «diplomacia de las cañoneras» del siglo XIX, no solo genera inestabilidad y sufrimiento masivo en los países intervenidos sino que erosiona el orden multilateral y hace del mundo un lugar más peligroso e impredecible. Cuando el país que proclama defender el derecho internacional lo viola sistemáticamente según le convenga, pierde toda autoridad moral para exigir que otros lo respeten.
La pregunta que nadie en Washington quiere responder es simple: ¿por qué Venezuela merece intervención militar por ser autoritaria mientras Arabia Saudita merece alfombra roja por serlo? La respuesta es incómoda pero evidente: porque uno tiene el petróleo que Washington quiere controlar sin competencia china, y el otro tiene el petróleo que Washington necesita comprar sin alternativas. El resto es propaganda.