Panorama Opinión. En la mañana de ayer, el Papa León XIV celebró la misa del Corpus Christi en la Plaza de Cibeles de Madrid ante más de un millón de fieles. Un pontífice que desde su primera homilía prometió ser “un faro que ilumine las noches oscuras del mundo”, que en Pascua advirtió que “nos estamos acostumbrando a la violencia”. Sus palabras interpelan a quienes más fuerte aplauden.
Y hay mucho que interpelar.
La careta de la virtud ajena
Hace apenas días, el mundo supo que Dominique Dupuy, la ex canciller haitiana que acusó a República Dominicana de racismo y xenofobia ante la OEA, la ONU y Human Rights Watch, enfrenta graves denuncias de corrupción y nepotismo. Mientras encabezaba la misión diplomática haitiana ante la Unesco, Dupuy habría asignado un contrato a su propio esposo, generando un desembolso superior a los 215,000 dólares en fondos del Estado. Del empobrecido y colapsado Estado haitiano. La misma señora que señalaba con el dedo a Santo Domingo. La misma.
El hacha que corta la mano que la empuñó
El Partido Revolucionario Moderno llegó al poder montado sobre una potente ola mediática, sobre las alas de las redes sociales. La Marcha Verde, los videos virales, los grupos de WhatsApp: ese fue el vehículo. Hoy, ese mismo partido aprobó en el Congreso, con su mayoría búlgara, un Código Penal que entra en vigor el 6 de agosto y que la propia industria periodística ya llama ley mordaza. Persio Maldonado, presidente de la Sociedad Dominicana de Diarios —quien en un principio no le dio mayor importancia al asunto e incluso defendió la legislación— acaba de encender las alarmas: el artículo 208, que establece prisión y multas por difamación en redes sociales, medios escritos y plataformas digitales, es contrario a decisiones previas del Tribunal Constitucional y podría desalentar las denuncias ciudadanas. “Cuando tú haces leyes draconianas normalmente pueden asustar. Y tal vez el miedo es la mayor presión que puede ejercerse contra la libertad”, advirtió. Que sea Maldonado —no un activista, no un opositor— quien lo diga, lo dice todo. Sin haber entrado en vigor, ya hemos asistido a condenas a connotados comunicadores. El olor a preso se siente por doquier. Mientras tanto, algunos protegidos por el poder no rinden cuentas por la negligencia que cegó la vida de centenares de personas en la discoteca Jet Set y arruinó la de sus huérfanos y familiares. En materia de doble moral, al PRM no le gana nadie. La escuela de los fariseos y escribas tiene siempre sus inscripciones abiertas.
La generosidad que mira a las urnas
España, el país que ayer acogió al Papa con flores y voluntarios, aprobó en abril una regularización que podría beneficiar a entre 500,000 y 840,000 personas en situación irregular. Basta demostrar cinco meses de residencia ininterrumpida, eximiendo a los solicitantes de presentar oferta de trabajo, unidad familiar o situación de vulnerabilidad. Entre los regularizados figuran miles de dominicanos, que en su gran mayoría llegaron al país en situación migratoria regular, se han integrado, trabajan, pagan impuestos y comparten los valores cívicos y culturales de la sociedad española. Son, precisamente, la excepción que confirma la regla: la inmensa mayoría de quienes se acogen a esta regularización no reúnen esas condiciones. Suena a “derribar muros”. Pero Sánchez lleva meses en caída libre de popularidad y las elecciones se acercan. Regularizar a medio millón de personas sin integración verificable no es caridad: es captación de voto con toga de santo.
Lo que el Papa no puede decir, pero nosotros sí
Dupuy acusaba mientras saqueaba. El PRM legisla para silenciar lo que usó para hablar. Sánchez abraza al Papa y regulariza votos. Y en Quisqueya, entre tanto, los feminicidios crecen un 36.4% en lo que va de 2026, y solo cuatro de cada treinta mujeres asesinadas habían denunciado antes de morir. El ruido de la doble moral ahoga el llanto de las que ya no pueden alzar la voz.
La fe sin coherencia es teatro. Y el teatro, por más bien montado que esté, no salva a nadie.