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Judas y la fragilidad del poder: la traición como fenómeno humano y político

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Por: Pablo Ulloa, Defensor del Pueblo

En los relatos antiguos, los líderes suelen aparecer rodeados de lealtad. Las historias fundacionales tienden a proteger la imagen de quienes encabezan un proyecto. Sin embargo, los evangelios hacen lo contrario: conservan, sin matices ni excusas, la traición de uno de los más cercanos a Jesús. No es un detalle secundario. Es una decisión deliberada que revela una verdad incómoda: incluso en los espacios donde habita la verdad, también puede gestarse la ruptura.

“El que mete la mano conmigo en el plato, ese me va a entregar” (Evangelio de Mateo 26:23). Judas Iscariote no es un adversario externo. Es parte del círculo íntimo. Ha caminado con Jesús, ha escuchado sus enseñanzas, ha visto lo mismo que los demás. Y, sin embargo, decide entregarlo. La traición, en este sentido, no nace en la distancia. Nace en la cercanía.

Los evangelios no la explican con una sola causa. Mencionan el dinero —las treinta monedas de plata—, pero no la reducen a eso. Hay algo más profundo: una expectativa que no se cumple, una comprensión que no alcanza, una decisión que se va formando en silencio. La traición no ocurre de un momento a otro. Se construye. Se justifica. Se permite.

San Agustín lo advierte con claridad: antes del acto visible, hay un proceso interior que lo hace posible. Nadie traiciona de golpe. Primero se convence. Y ahí está el punto central: las grandes fracturas no siempre vienen desde fuera. A menudo nacen dentro, en decisiones pequeñas, casi imperceptibles, que se van acumulando hasta romper lo que parecía firme.

En una comunidad, alguien lo dijo sin rodeos: “uno no se sorprende cuando el problema viene de afuera… lo difícil es cuando viene de adentro”. No hablaba de religión, ni de historia antigua. Hablaba de su experiencia. Y en esa frase se resume una verdad que atraviesa épocas.

Hoy, esa fragilidad tampoco es ajena a nuestra sociedad. Cuando quienes están llamados a sostener principios comienzan a flexibilizarlos; cuando la lealtad se negocia; cuando el interés personal se disfraza de decisión necesaria, lo que se rompe no es solo una relación. Es la confianza. Y cuando la confianza se rompe desde dentro, el daño es mayor. Porque no solo afecta a las personas: debilita las estructuras, distorsiona los procesos y pone en riesgo aquello que debía sostenerse.

Jesús no ignora lo que ocurre. Lo nombra. Lo enfrenta. Pero no responde con la lógica del poder que actúa de inmediato. Permite que la decisión se despliegue, y con ello deja al descubierto una verdad esencial: la libertad humana incluye la posibilidad de fallar, incluso cuando se conoce el camino correcto.

Por eso, la historia de Judas no es solo una advertencia moral. Es una enseñanza estructural. Nos recuerda que ningún sistema —religioso, político o social— está protegido de la fragilidad humana. Y que la fortaleza de cualquier proyecto no depende solo de sus normas, sino de la coherencia de quienes lo sostienen.

Porque, al final, la pregunta no es solo quién traiciona. La pregunta es cómo se llega a ese punto. Y la respuesta —ayer como ahora— no está en grandes decisiones visibles, sino en pequeñas justificaciones que, acumuladas, terminan definiendo el rumbo.

Por eso, más que vigilar únicamente los resultados, el desafío es cuidar las decisiones, los procesos y la coherencia interna. Porque un Estado que funcione para la gente no se construye solo con estructuras, sino con personas que sostienen la verdad, respetan la dignidad y actúan con sentido de bien común, incluso cuando nadie está mirando.

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