Horas antes de la primera redada contra inmigrantes en Puerto Rico, en Barrio Obrero, epicentro de la comunidad dominicana que vive en la isla asociada a Estados Unidos, ya se rumoraba que en cualquier momento se presentarían los Agentes del Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE por sus siglas en inglés).
Algunos dominicanos en condición irregular tenían varios días sin salir de sus residencias, pero a otros la necesidad económica y la obligación de trabajar los empujaba a exponerse en las calles.
Era sábado y en la Plaza Barceló, localizada en esta zona, una joven ilegal dominicana vendía empanadas con temor, dispuesta –así dijo a Panorama– a “quitarse los zapatos y correr” si se presentaban los agentes migratorios.
¡Aquí todos estamos asustados!, destaca.
A pesar de la tensión, el negocio fluía con normalidad y mientras vendía empanadas conversaba con la periodista, que de repente se vio rodeada de inmigrantes ilegales que con timidez accedieron a conversar bajo el compromiso de proteger su identidad. Todos dominicanos marcados por la pobreza que decidieron arriesgar su vida en yola, buscando un sustento digno en una patria que le ofrece oportunidades que no encuentran en su natal República Dominicana.
“Yo vine en Doble A, agua alante y agua atrá”, bromea la joven de las empanadas para relatar cómo fue su llegada a la isla hace dos años. Recuerda que abordó la yola con un grupo de 55 dominicanos y por la carga se volteó.
Trabajando en construcción en Puerto Rico, otro de los jóvenes presentes en el lugar asegura que ha podido mejorar su vida, sin embargo, destaca que el proceso del viaje es de mucha dificultad.
“La lucha que se coge para montarse y de camino te agarran, no es fácil, a mí me pasó una vez cuando salí de la costa de Nagua; son viajes difíciles por el frio, el hambre, la gente se marea, no es fácil”, relata el joven de 35 años quien trabaja desde las 5 de la mañana para generar ingresos y enviar dinero a sus hijos en República Dominicana.
“Allá en construcción ganaba 20 dólares al día y aquí me gano 80 al día, la diferencia es muy alta”, manifestó.

Se estima que en Puerto Rico residen de manera regular más de 59,286 dominicanos; de los ilegales no se tienen registros estadísticos.
En los viajes en yola funciona todo un entramado que va desde el territorio dominicano hasta tierras puertorriqueñas; se trata de un negocio clandestino donde los organizadores ganan con poca inversión. Sin salvavidas, muchos sin saber nadar, los dominicanos acceden a pagar montos que oscilan entre US$3,500 y US$7,000, por un viaje a la suerte, sin garantías de nada. Cuando llegan, muchos sin un lugar donde vivir, trabajan en construcción, manejo de camiones, de meseros o cocinando en restaurantes o en salones de belleza en el caso de las mujeres.
Llegan por varios puntos de las costas y esquivan las autoridades migratorias ocultándose entre los matorrales. Una odisea difícil de explicar en palabras, por lo que fuimos hasta allá, ¿qué tan lejos queda la costa de Santurce a donde suelen llegar?
Recorrimos varios kilómetros en carro, unas dos horas sin parar, por lo que, pudimos notar que, para llegar a Barrio Obrero, los inmigrantes necesitan ser trasladados y este traslado forma parte de la organización de estos viajes.
La costa no está visiblemente custodiada, ¿cómo se enteran de la llegada de las yolas? un boricua de unos 65 años que recorría la playa respondió: aquí tu no ves a nadie uniformado, pero cualquiera puede ser un agente encubierto y reportar la llegada.
Dado el carácter clandestino de la migración irregular, resulta complicado cuantificar cuántos dominicanos hay en Puerto Rico. Algunos, muy pocos, ingresan de manera regular y luego adquieren un estatus irregular al vencerse el plazo de permanencia estipulado o al realizar una actividad no autorizada como trabajar, la forma más común son los viajes en yola y, más recientemente, la llamada «Vuelta por México».
Diversos estudios indican que los dominicanos emigran principalmente en busca de una mejor calidad de vida, y las historias en esta dirección lo confirman y abundan.




De los viajes en yola a la Vuelta por México
La novedad de hace unos años de los viajes de dominicanos hacia la Isla del Encanto, son la denominada “Vuelta por México”, los dominicanos salen de manera regular hacia un destino en Centroamérica, aprovechando las políticas de visado más flexibles, para luego emprender un recorrido por Mesoamérica con el objetivo de llegar a la frontera entre México y Estados Unidos, y desde allí ingresar a territorio estadounidense evitando los controles establecidos.
Durante su estancia en Puerto Rico, Panorama conversó con un dominicano que hizo este recorrido.
“Yo pagué seis mil dólares. Yo lo hice de Santo Domingo hasta Guatemala en avión y luego tomé una guagua que me dejó en la frontera con México donde tomé otra guagua Monterey que es la frontera con Texas, ahí me detuvieron, pero me soltaron al otro día porque vieron que no tenía conflicto con la ley en mi país, de ahí me fui a Nueva York donde duré alrededor de tres meses pero allá la vida es difícil y vine para acá porque cuando me soltaron Migración me dio un permiso por cinco años para ver mi caso ante un juez y eso me permitía estar dentro de Estados Unidos hasta que llegó Trump y revocó esa medida”.
El último domingo de enero fue utilizado por los agentes de ICE para la primera redada contra inmigrantes en estado irregular. Dominicanos con y sin documentos fueron arrestados de manera indiscriminada: ¡eso fue una cacería de brujas!, denunciaban, mientras el vacío en la Placita Barceló fue tan notorio como la indignación de la comunidad de dominicanos en la zona a quienes solo les resta esperar el desenlace de este capítulo.
Historias de ayer y de hoy que erizan la piel
Dos décadas en Puerto Rico y aún mantiene su acento criollo. Su historia es como la de una heroína, pero basada en hechos reales.
El hambre que pasaba junto a sus hijos en Villa Duarte, Santo Domingo este, la empujó a salir en yola un abril de 2005 desde La Romana hacia esta isla ubicada a unas 332.6 millas náuticas.

“Yo era madre soltera, tenía mis cinco hijos pequeños, pasábamos hambre, necesidad de ropa, uniforme, a veces conseguíamos una sola comida al día, a veces tenía que salir a pedir a la calle, lloraba, me desesperaba, el padre de los más pequeños estaba preso, era difícil”, cuenta la mujer a Panorama bajo la discreción de guardar su identidad por su condición migratoria irregular que aún mantiene.
Antes de salir del país, dejó una carta a sus hijos acompañada de una “comprita” y salió con miedo –confiesa– a buscar un mejor futuro.
“El organizador de los viajes era un enamorado y no tuve que pagar nada; en ese viaje que salí había personas que tenían más de seis meses intentando irse en yola y habían fracasado. Salimos de día y duramos dos noches y dos días en el mar, cuando llegamos dijeron en la yola: nos están viendo, nadie puede decir el nombre del capitán y dije ya nos agarraron, pero recuerdo que venía orando y dije: Dios mío calma tus aguas y ciega a todo el que no pueda ver, tú sabes mi necesidad, yo estoy haciendo esto por mis hijos, cuando levanté la cabeza lo teníamos en frente pero ellos no nos veían, y cuando llegamos a Puerto Rico que logramos entrar por Aguadilla, me dijeron que nos dejaban a mitad del mar y había que nadar y cuando llegamos dijeron salgan que estamos en tierra, yo no lo podía creer”, relató.
Con hambre, sin saber nadar y sin salvavidas, la mujer que desde que salió de suelo dominicano adquirió estatus migratorio ilegal, lloraba por haber dejado a sus hijos solos en especial a los dos más pequeños con cuatro y siete años. Sabía que había tomado un riesgo en el que ponía en juego su vida.
“En el medio del mar tú solo ves agua, cielo y tiburones que se acercan a la yola; estaba arrepentida, en la yola dos se desmayaron por el hambre; entramos de tarde por Aguadilla, pero nos quedamos en unos montes hasta anochecer, bebimos agua de caballo sucia porque veníamos deshidratados, comimos tamarindo verde amargo. Vimos una patrulla y salimos corriendo todos, era de madrugada y nos perdimos, entonces los rescatistas (personas que viven en las montañas en casas de boricuas), te dan ropa y comida, pero cobran 400 dólares por llevarte donde un amigo o familiar, yo no tenía a nadie y llamé a Santo Domingo para que una amiga empeñara mi lavadora, mi televisor y su cadena, eso hizo 275 dólares, fue lo que pude pagar, duré unos cinco días esperando a que llegara el dinero”.
Tras el pago “el rescatista” la dejó en la Plaza Barceló, en Barrio Obrero, donde duró tres días sin poder dormir.
“Ahí no se duerme porque se ve de todo y tenía miedo de que me pasara algo; un dominicano me dio diez dólares, un pica pollo y dos poloshirt. Al tercer día, pude conseguir una habitación donde pagaba 35 dólares y salí a buscar trabajo; conseguí uno limpiando carne donde los chinos, me pagaban a tres dólares la hora, los primeros cincuenta dólares que hice fue para enviárselo a mis hijos, a las dos semanas cambié de trabajo y comenzó a mejorar mi situación. Nunca quise casarme por negocio ni por amor, seguí luchando y lo que pensaba era juntar un poco de dinero e irme, pero después vi que mis hijos podían estudiar en colegio, le compré trates y decidí quedarme porque vi que les podía dar calidad de vida”, manifestó.
Ocho años después de haber llegado a Puerto Rico, la vida le vuelve a poner otro desafío: el diagnostico de un cáncer en etapa tres en uno de sus senos y posteriormente otro más agresivo en la otra mama, por el cual los doctores le informaron que le quedaba un mes de vida.
Sin sus hijos y fuera de su país, asegura que nunca perdió las fuerzas de luchar por su vida.
“Nunca me derrumbé, me operaron, me dieron radioterapia, quimioterapia, perdí todo el pelo, las pestañas, pero siempre tuve mucha gente buena a mi alrededor y me puse a vender comida en mi casa, se supone que el cáncer regresa cada cinco años y estamos en 2025, le gané dos años y lo estoy esperando para volver a enfrentarlo”, enfatizó.
Alquiló un local para poner una cafetería, que siempre estuvo llena hasta la llegada de la nueva política migratoria de Donald Trump, ahora por la ausencia de dominicanos en las calles el negocio no genera lo que producía antes.
En las dos primeras semanas la gestión de Trump ha deportado alrededor de 195 dominicanos, entre ellos acusados de infringir las leyes de inmigración.
Dominicanos dueños de negocios
Restaurante El Camarón
En Puerto Rico muchos dominicanos han tenido la oportunidad de trabajar de manera honesta y progresar llegando a convertirse en dueños de negocios como supermercados, restaurantes, salones de belleza, colmados, cafeterías y otros; el dueño del restaurante El Camarón es un ejemplo de trabajo digno.
Llegó en yola en 1983 a la Isla del Encanto consciente de que no tenía posibilidad de conseguir una visa. En territorio dominicano su subsistencia dependía del trabajo con el machete.

“A penas pude llegar a un primero de bachillerato y la situación económica me obligó a venir para acá; solo tenía 20 años, pero vivía en una pobreza extrema donde el hambre formaba parte de mis días”, recuerda.
Salió un miércoles a las 10 de la noche y llegó viernes a las 3 de la madrugada. Ese viaje, que le dio la oportunidad de progresar, lo tiene plasmado en un dibujo en su restaurante.
“Éramos 27, no podíamos comer, estábamos a suerte o verdad; recuerdo que llegué descalzo a la casa de mi hermana que vivía aquí, porque los zapatos se quedaron en el mar; dese que llegué me puse a trabajar en un restaurant como ayudante de mesero, después me hicieron mesero, luego de hacer mis papeles alquilé un negocio; siempre le pedía a Dios un restaurancito de diez mesas y mira me dio uno de más de cuarenta mesas”, destaca con esplendida sencillez, la misma que con la prosperidad que exhibe le permite desarrollar cualquier función sin egos.
“Yo recojo y lavo platos, mapeo, cocino cuando falta un empleado, no tengo mente para eso y tengo cuarenta empleados en este negocio”, precisa.
Dueña de salón de belleza
De madre dominicana y padre boricua, Nilsa Lebrón, llegó a Puerto Rico de manera legal a los 22 años.

“La diferencia de trabajar en República Dominicana y Puerto Rico es mucha, con lo que me gano aquí en una semana, allá, aunque me iba muy bien no lo puedo ganar”.
Oriunda de El Seibo, esta estilista quien es ciudadana americana, dijo que en los últimos días ha sentido la baja de clientes por las medidas de anunciadas por Trump.
“Las clientas se sienten asustadas, piensan que si salen la van a deportar. El flujo de clientes ha bajado de manera considerable, eso nos va a afectar por todas partes; conozco algunas que le ha afectado emocionalmente, en especial, las que han llegado recientemente, porque tienen deudas, vienen buscando una mejor vida y se han topado rápido con esta realidad”, indicó.
Detrás de cada inmigrante hay una historia de sufrimiento; habitantes de la tierra que, sin querer, se convierten en infractores de las leyes migratorias. Historias que suman dolor por el abandono de su patria y de sus seres queridos, en especial, de los niños que se crían a la suerte; ¿qué nos espera como sociedad? tristemente en la actualidad el panorama para esta respuesta luce desalentador.
