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¿Incidencia, coincidencia o tendencia?

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Panorama Opinión. En geopolítica no existen los eventos aislados. Cada crisis, cada intervención, cada cambio de régimen forma parte de un entramado más amplio en el que los intereses —no la moral, no los sentimientos— son los únicos actores constantes.

Una, dos, tres… siete veces

Pedro, uno de mis profesores del máster en Relaciones Internacionales, repetía que si algo sucede una vez es una incidencia; dos veces, una coincidencia; tres veces, una tendencia. Entonces, ¿qué decir ante la séptima repetición del mismo patrón?

Palacio Nacional

El sábado 28 de febrero se produjo un ataque conjunto israelo-estadounidense; la televisión oficial iraní confirmó la muerte del Ayatolá Alí Jamenei —Guía Supremo de la República Islámica desde 1989— en la mañana de ayer, 1 de marzo. Con él desaparece la figura central de la Revolución Islámica y su doctrina del “gobierno del jurisconsulto”, el principio según el cual el poder supremo del Estado corresponde a la más alta autoridad religiosa —un concepto sin equivalente en Occidente, a caballo entre la teocracia y la tutela espiritual del poder político—.

Irán representa el séptimo y último objetivo de una lista de desestabilización gubernamental —que incluía a Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia y Sudán— revelada originalmente por el general Wesley Clark —excomandante supremo aliado de la OTAN— en 2007, como plan del Pentágono gestado tras los atentados del 11 de septiembre (11-S).

La partitura y sus intérpretes

Académicos como Jeffrey D. Sachs —exdirector del Earth Institute de la Universidad de Columbia, asesor de Naciones Unidas y voz crítica de la política exterior estadounidense— sostienen que tras el 11-S se consolidó una estrategia compartida entre los neoconservadores de Washington y el gobierno de Benjamín Netanyahu. Esta visión se apoya en el documento A Clean Break de los años 90, que proponía reconfigurar la región mediante la iniciativa israelí contra Siria, Hezbolá e Irán. Aunque el plazo inicial de cinco años no se cumplió, la secuencia de intervenciones se ha ejecutado con notable fidelidad al orden trazado.

Conviene subrayar que estas tesis —por documentadas que sean— forman parte de un debate académico y político abierto, no de una verdad establecida. Hay analistas que las suscriben y analistas que las cuestionan. Precisamente porque en cualquier conflicto la verdad es la primera víctima, y todos los actores —sin excepción— libran con igual intensidad la batalla por el relato.

El martirio de Jamenei y la batalla por el relato

Numerosos analistas y expertos en seguridad se formulan una pregunta sin respuesta clara: ¿por qué Jamenei —y otros miembros de su familia y del alto mando del régimen— permanecían en su residencia pese a la certeza del ataque? ¿Fue un error de seguridad o un martirio voluntario y consciente?

La narrativa oficial iraní presentó su muerte como una ascensión celestial en el mes sagrado del Ramadán. Un presentador visiblemente conmocionado de la televisión estatal iraní lo anunció con estas palabras —según la traducción al inglés disponible—: “… la gran nación de Irán, y ante la noble Ummah islámica, Su Eminencia, el Imán Jamenei, al beber el dulce néctar del martirio en el sagrado mes del Ramadán, ha ascendido al excelso reino celestial.” El lenguaje no es casual: construye de inmediato una narrativa de sacralidad y resistencia proyectada hacia la comunidad islámica global.

En este escenario, la información se utiliza como arma. Circulan reportes no verificados de decenas de miles de víctimas atribuidas al régimen durante las protestas internas de este año; en el extremo opuesto del relato, se denuncian ataques de la coalición contra una escuela femenina donde habrían fallecido 85 alumnas. Ninguna de estas afirmaciones ha sido verificada con rigor independiente. El análisis riguroso exige mantener distancia crítica frente a los relatos de todos los bandos.

Irán: El Séptimo Eslabón y su Rol Global

Tras la caída o desestabilización de Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia y Sudán, Irán se consolidó como el objetivo final de un mapa de intervenciones diseñado décadas atrás. A pesar de resistir años de sanciones, ciberataques y el bombardeo de junio de 2025, el panorama cambió drásticamente el 28 de febrero de 2026.

Sin embargo, el análisis debe ser ecuánime: la República Islámica no fue un actor pasivo. Durante años, Teherán fue señalado por buscar el arma atómica, financiar a grupos como Hezbolá y Hamás, y abogar por la desaparición de Israel. Además de su posible vinculación con los ataques del 7 de octubre de 2023, Irán expandió su influencia mediante redes en América Latina (especialmente en Venezuela e incluso en Haití) y se convirtió en un exportador clave de drones militares utilizados en conflictos desde Ucrania hasta el Sahel. El Irán de Jamenei era un jugador con agenda propia y la voluntad firme de ejecutarla.

Cuando el perro come perro

Hay un elemento que merece atención especial. El refrán italiano cane non mangia cane —un perro no se come a otro perro— da por sentado que quienes comparten linaje se protegen. Hoy vemos que en el mundo islámico esa lógica se tambalea: Arabia Saudí, principal rival regional de Irán y bastión del islam sunita, no solo no ha condenado el ataque, sino que se ha posicionado, de facto, del lado de Washington y Tel Aviv. Al-Qaeda —cuyo enemigo declarado es precisamente Occidente— se ha manifestado contra Irán. Y Marruecos ha protestado enérgicamente denunciando el uso de misiles y drones iraníes contra territorios del Golfo, con ataques a hermanos de fe islámica en los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Jordania, Qatar, Baréin y Arabia Saudita.

La fractura entre el islam sunita y el chiita no es nueva, pero pocas veces ha quedado tan expuesta. ¿Acaso los intereses estratégicos se impondrán sobre cualquier lazo de solidaridad religiosa o civilizatoria?

Un número infinito de preguntas

La muerte de Jamenei no cierra un capítulo: abre, de forma violenta, un escenario de incertidumbre radical. ¿Quién será su sucesor dentro del sistema y con qué legitimidad? ¿Podría esta crisis abrir la puerta a un cambio de régimen más profundo, con figuras como el exiliado Reza Pahlaví —hijo del Sha depuesto— recibiendo respaldo occidental? ¿Sobrevivirá el sistema de gobierno teocrático iraní? ¿Cómo responderán Hezbolá y los hutíes? ¿Qué papel jugarán Rusia y China? ¿Está la administración Trump preparada para gestionar —interna y externamente— las consecuencias de lo que ha desencadenado? ¿Se reanudarán atentados en Occidente por parte de islamistas radicalizados? ¿Se dispararán los precios del petróleo?

Ante la magnitud de los hechos, es arriesgado hacer previsiones. La única predicción posible es, precisamente, lo esencialmente imprevisible del actual contexto internacional. Y esa imprevisibilidad es, paradójicamente, lo más previsible de todo.

En geopolítica no hay incidencias, no hay coincidencias. Hay tendencias. Y esta tendencia, que arrancó en los escombros del 11-S, acaba de alcanzar su séptimo episodio. Si la historia sirve de guía, tampoco será el último. Los grandes imperios no suelen calcular bien el precio de sus últimas victorias.

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