Panorama Opinión. El sábado pasado, 19 de julio, recibí una llamada a las 5:13 de la mañana. Automáticamente, antes de siquiera tomar el teléfono o levantarme de la cama, supe por la hora que algo grave estaba pasando.
Era María, la joven que trabaja en la casa de mi madre, quien con voz nerviosa me dijo:
Jeffrin, Jeffrin… la doña está mala.
Mi madre, que enfrentaba un cáncer en etapa 4, ya estaba en casa. Los médicos me habían dicho que, lamentablemente, no había nada más que hacer.
Los dos últimos días, mami tuvo mucho dolor, y el desenlace que sabía que era inevitable lamentablemente se acercaba… pero uno nunca está listo para aceptar algo así.
Le pedí que me pusiera al teléfono a la enfermera que la acompañaba en ese momento. Me la pasó y, con voz firme y compasiva, me dijo:
Señor Jeffrin, su madre vomitó tres veces, no durmió nada… y ahora no tiene signos vitales. Su madre no responde.
Le pedí que llamaran al 911, y yo también lo hice de inmediato.
En ese momento lo supe. Aunque traté de mantener la calma, minutos después volví a llamar y la noticia fue confirmada ya por los paramédicos del 911: mi madre había muerto.
No tengo palabras para describir lo que sentí en ese instante. Parte de mí de mi esencia, de mi vida, de mi corazón y de mi todo se desprendió para siempre.
Ya en un escrito anterior había hablado de lo que significaba mi madre amada para mí. Pero hoy, con estas líneas, quiero despedirme de ella.
Mami, es que no hay forma de expresar con palabras todo lo que significó tu presencia… ni todo lo que deja, desde ahora, tu ausencia.
Los hijos honran a sus padres con su comportamiento. Y yo, mami, te prometo que, donde quiera que estés, mi vida será mi manera de honrarte.
Con cada acto, con cada paso, con cada decisión digna…
Agradezco inmensamente a todos los familiares y amigos por su presencia, sus llamadas, sus mensajes de solidaridad y su cariño sincero hacia nuestra familia.
Hace ya cuatro años, increíblemente también un día 19 pero de febrero despedí a mi padre. Y ahora, al perder a mi madre, siento que algo se rompe definitivamente por dentro.
Es un vacío tan inmenso que solo le pido a Dios que me dé fuerza para aprender a vivir con esto.
Sin embargo, me queda el consuelo de haber estado con ella en su lecho, día tras día, acompañándola en su dolor, en todas sus citas y estudios médicos, en sus silencios… en fin, en sus últimos suspiros.
Esa experiencia me marcó para siempre. Me enseñó que, como dije en la funeraria, ya no habrá en mi vida grandes alegrías, pero tampoco grandes tristezas.
Porque después de su partida, ¿qué felicidad puede venir y qué tristeza puede superarla?
De niño pude ser malcriado, como dicen. Pero cuando uno adquiere conciencia y se convierte en padre, entiende el verdadero valor de una madre y el respeto que un hijo debe tenerle.
Mami sabía que ella era todo para mí, y yo todo para ella.
Hoy me da paz escuchar a sus amigas, a sus familiares, a personas que no conocía y que se acercaron en la funeraria para decirme lo que mi madre hablaba de mí, cómo la traté, cómo estuve a su lado en cada momento.
Qué bonito fue escuchar todo eso.
Créanme: me dio paz, me dio consuelo.
Y me dio también la profunda esperanza de saber que mi madre se reencontró con papi, no solo físicamente.
Le ruego a Dios y lo hago cada día en mis oraciones que también lo haya hecho espiritualmente, y que hoy estén, donde estén, juntos.
Y a ti, mami amada, te digo lo mismo que escribí en la lápida de mi padre, Livio Pacheco, con los versos de una canción que el gran cantautor mexicano Joan Sebastián le escribió a su hijo, ido a destiempo:
“Con tu recuerdo viviré,
lo que me resta por vivir.
Primero Dios y gracias a mi fe,
nos volveremos a reunir.”
Hasta siempre, mi mami amada y querida.
Tu hijo, Jeffrin Pacheco, te ama eternamente… hasta mi muerte.
La vida…