Por Susy Aquino Gautreau
Panorama Opinión. Los sismos que han sacudido a Venezuela nos han impactado incluso en la distancia. Ver el dolor de su gente, las familias desmembradas y la tristeza que hoy arropa a esa nación ha conmovido al mundo entero.
Los bebés y niños rescatados se han convertido en símbolos de esperanza, mientras los cadáveres recuperados, incluidos los de un edificio donde se celebraba una fiesta infantil, nos recuerdan la fuerza letal e impredecible de la naturaleza.
En medio de tanto dolor también emerge la valentía, la resiliencia y la bondad de ese bravo pueblo que, pese a todo lo que ha sufrido durante años, no ha permitido que le arrebaten su esencia.
Hemos visto a personas salir en busca de sobrevivientes y sacarlos de entre los escombros, muchas de ellas sin ningún entrenamiento para ello. Se han movilizado impulsadas por la buena voluntad, la solidaridad y la humanidad. Han creído en Dios y han clamado su nombre incluso en los peores momentos, aferradas a la esperanza de encontrar más vidas.
Reconocemos en los venezolanos tantas características afines, cualidades que suelen manifestarse en los momentos más aciagos, cuando la vida parece verse cercada por la muerte. Son gente educada y trabajadora que, a lo largo de la historia, también han tendido su mano a nuestro país.
Allí encontró refugio nuestro prócer Juan Pablo Duarte durante su exilio, y décadas más tarde ocurrió lo mismo con el profesor Juan Bosch. También acogieron a dominicanos que debieron exiliarse durante la dictadura de Trujillo y, años después, a miles que emigraron en busca de oportunidades durante la bonanza económica de las décadas de los setenta y ochenta.
A ello se suman los acuerdos de cooperación económica, como el Acuerdo de San José en los años ochenta y Petrocaribe en la década de los dos mil. Durante este último período, además, Venezuela aprobó financiamientos para obras de infraestructura en República Dominicana por aproximadamente 173 millones de dólares.
Más que datos y cifras, entre República Dominicana y Venezuela existe un lazo de hermandad que se extiende hasta la familiaridad y la cultura. Billo Frómeta, por ejemplo, siendo dominicano llegó a convertirse en una de las figuras musicales más queridas y representativas de Venezuela.
Algunos, como es mi caso, aprendimos a querer a esa nación a través de su música, sus programas de televisión y los lazos familiares nacidos de tantos matrimonios entre dominicanos y venezolanos, que nos regalaron primos, tíos y sobrinos de sangre «domizolana».
Que Dios proteja a ese bravo pueblo y nos permita devolverle un poco de la solidaridad que, de manera tan genuina, siempre nos ha mostrado.