Por Karen Serrata
Panorama Opinión. En República Dominicana, hace tiempo venimos observando cómo la agenda del movimiento feminista se ha ido reduciendo, casi exclusivamente, al tema de los derechos sexuales y reproductivos, especialmente el aborto. Más recientemente, se han sumado con fuerza a la defensa de las parturientas haitianas en hospitales públicos dominicanos. Aunque ambos temas tienen su espacio dentro del debate de derechos humanos, preocupa que el feminismo criollo se haya alejado casi por completo de las verdaderas prioridades de las mujeres dominicanas y de las múltiples brechas de género que aún persisten en nuestro país.
¿Dónde están las voces feministas alzándose con la misma intensidad por la violencia intrafamiliar que sufren miles de mujeres dominicanas a diario? ¿Dónde están sus campañas sobre la informalidad laboral femenina, la falta de acceso a servicios de salud integral, el desempleo que afecta mayormente a mujeres jóvenes o las madres solteras que crían solas sin ningún respaldo institucional ni social? ¿Dónde están sus propuestas concretas para cerrar la brecha salarial o para impulsar políticas públicas con enfoque de género real, no solo simbólico?
Lo que vemos es un movimiento cada vez más desconectado del territorio, de los barrios, de las mujeres campesinas, de las trabajadoras informales, de las adolescentes sin orientación ni oportunidades. En lugar de ser un vehículo de transformación para las dominicanas, se ha convertido en un espacio ideologizado, distante de las vivencias cotidianas de la mayoría de mujeres en este país.
Viendo el contexto actual y cómo se está manejando la agenda feminista en el país, muchas de nosotras —que sí creemos y luchamos por los derechos de las mujeres— ya no sabemos si llamarnos feministas o no. Porque lo que hoy enarbolan quienes se presentan como voceras del feminismo dominicano no se corresponde con nuestras preocupaciones, con nuestras luchas, ni con las prioridades más urgentes de la mujer dominicana de a pie.
No se trata de ignorar los derechos de nadie. Se trata de reenfocar. De volver al origen. De priorizar a las dominicanas que enfrentan feminización de la pobreza, falta de acceso a la justicia, abandono del Estado y violencia estructural. Un feminismo verdaderamente comprometido no puede ser selectivo ni responder solo a modas o agendas internacionales. Tiene que ser local, empático, real.
Más que una crítica, este es un llamado a la reflexión. Si el feminismo dominicano quiere seguir siendo una fuerza legítima de transformación social, necesita mirarse hacia adentro y preguntarse a quién está sirviendo realmente. Volver la mirada a las mujeres dominicanas, a sus luchas cotidianas, a sus carencias estructurales y a sus esperanzas postergadas es una urgencia impostergable. No se trata de renunciar a principios ni de excluir a nadie, sino de reenfocar la agenda con honestidad y sentido de pertenencia. Un feminismo que no representa ni escucha a las mayorías femeninas del país corre el riesgo de quedarse solo, hablando por mujeres que ya no se sienten parte. Y eso sería, sin duda, la mayor derrota de una causa que nació para dignificarlas a todas.