Panorama Opinión. Eran las siete de la noche y la semioscuridad envolvía la calle Winston Arnaud. Marcel sentía dentro de su carro el peso de la soledad. Tantas veces había temido un momento así, y ahora, con solo unos pocos transeúntes y el ir y venir de los deliverys, la situación era real. Minutos antes había llamado a la asistencia vial, y el jazz suave de Raíces 102.9 apenas disipaba la ansiedad de una espera eterna.
De repente, el espeluznante “clack-clack” (primer golpe) del cañón de una pistola sobre el cristal la sacó de su intento de calma. Un motorista, con el índice, le indicaba la cartera del asiento contiguo. Sin mediar palabra, el asaltante sobó el arma. Marcel, temblorosa, abrió la puerta y entregó el bolso, sin mirar su rostro. Su vida dependía de la entrega sumisa y de la mirada esquiva; de hacer lo contrario podría engrosar la lista de los finados. Los pistoleros se alejaron en vía contraria, perdiéndose en la distancia.
Apenas unos minutos después, la asistencia vial llegó, no solo para socorrer su vehículo, sino para llevarla de urgencias a la clínica Richardson Cruz. Debían contrarrestar la subida de presión arterial y el shock emocional de librarse de la muerte.
Al día siguiente, a primera hora, Marcel se dirigió al destacamento policial de la Ortega y Gasset para interponer la denuncia. Las preguntas del oficial del Dicrim la dejarían aún más perpleja. “Dígame, ¿por qué entregó la cartera?”. “Usted no debió entregarla, a usted la amenazaron con un pedazo de un tubo, ¿usted no se dio cuenta que eso era un tubo?”.
Marcel, que había ido por ayuda, salió del destacamento maltratada. ¿Había actuado mal? Siempre (segundo golpe) le habían aconsejado entregar todo para evitar tragedias. El trato pesado y la reacción del agente del Dicrim, una brecha abismal entre lo ideal y lo real, taladraba su mente. Pero una duda persistía, carcomiéndola: ¿cómo sabía el oficial que era un tubo? ¿Lo habría traicionado su subconsciente, o era esa la cruda y deshumanizada realidad que enfrentan las víctimas?