Panorama Opinión. En una era obsesionada con los rankings de millonarios y la acumulación espectacular de capital, una pregunta fundamental se desvanece en el ruido financiero: ¿qué pesa más al final del camino, la fortuna amasada o la responsabilidad por el legado recibido? Mientras el mundo celebra la riqueza nueva, en República Dominicana cinco nombres de la centenaria élite empresarial escriben, con acciones silenciosas pero contundentes, una respuesta ejemplar. Para los Vicini, Corripio, Bonetti, Risek y Fanjul, el verdadero balance no se consolida en los estados financieros globales, sino en la integridad intransferible de un apellido. Su historia no es la del self-made man que parte de cero, sino la del custodio que recibe una antorcha encendida hace generaciones y tiene el deber sagrado —y la habilidad ejecutiva— de hacerla brillar más.
El legado no se hereda; se asume. Y en ese acto de asunción, estos representantes de la tercera y cuarta generación han demostrado que los valores inculcados en la mesa familiar son el activo invaluable, el «gen ético» que impulsa sus decisiones mucho más que cualquier cálculo de rentabilidad. Son faros que prueban que en el sector privado dominicano no todo está perdido, que el capitalismo puede —y debe— tener rostro humano y columna moral.
Felipe Vicini Lluberes: la renuncia como primera actitud de Gobierno
La saga Vicini, quizás la fortuna más longeva y de valor más difícil de cuantificar del país, encontró en Felipe Vicini Lluberes un líder que comprendió que gobernar un imperio diversificado era un arte superior a cualquier sueño personal. Dejó atrás sus aspiraciones de cineasta para fundar INICIA, un modelo de gobierno corporativo que será, cuando se escriba su historia, un caso de estudio en las escuelas de negocio. No se trata solo de administrar bienes, sino de crear velor con ética e integridad. Su liderazgo transformó un conjunto de holdings en un sistema articulado por principios, donde la sostenibilidad y el buen gobierno son tan importantes como el rendimiento financiero. Vicini enseña que el primer deber del heredero es, a veces, sacrificar la vocación en el altar de la responsabilidad, para construir algo más grande que uno mismo.
Manuel Corripio Alonso: la sinfonía de la transmisión generacional
Si el abuelo Manuel Corripio García creó el capital semilla de la nada, y su hijo José Luis «Pepín» Corripio Estrada llevó el conglomerado a la escala multimillonaria con proverbial humildad, a Manuel Corripio Alonso le tocó la tarea aparentemente imposible: hacerlo mejor. Como miembro más longevo de la tercera generación, asumió el mando con una gallardía que oculta la inmensa presión del apellido. Su éxito radica en una sinfonía de transmisión generacional donde sus hermanos lo apoyan con una unanimidad admirable. Bajo su batuta, el grupo no solo agrega millones de dólares cada año, sino que consolida una cultura de unidad familiar y excelencia operativa. Corripio Alonso demuestra que el legado más valioso que se puede preservar y potenciar es la armonía y el propósito compartido en la familia propietaria.
Ligia Bonetti: allanando el camino con preparación y orgullo
En un entorno tradicionalmente masculino, Ligia Bonetti emerge como el ejemplo de que la preparación, la visión y el carácter no tienen género. Como Presidenta del Grupo MERSID le ha costado más de lo justo que sus múltiples logros e implementaciones estratégicas sean referentes en Iberoamérica. Sin embargo, con la tenacidad de una oveja reina que llena de orgullo a su padre, José Miguel Bonetti Guerra, y a su tío Roberto Bonetti Guerra (graduado de Wharton), ha demostrado ser «la mejor de la cosecha». Su tío no dudó en darle apoyo irrestricto, confiando en su capacidad. Hoy, Ligia no solo dirige con excelencia; alfalta el camino para las mujeres latinoamericanas que vienen detrás, probando que cuando se tiene la preparación y el deseo de hacer las cosas por el buen camino, no hay barrera que no se pueda derribar. Su liderazgo es un legado doble: el empresarial y el de la equidad.
Héctor José Risek: el motor de una familia unida más allá de las fronteras
El Grupo Risek, con raíces que se remontan a principios del siglo XX, es un ejemplo de resiliencia y diversificación visionaria. Héctor José Riset maneja un imperio que trasciende fronteras, desde el agroindustrial —siendo un icono en cacao orgánico— hasta las inversiones bursátiles que hacen historia cada día. Pero su rol más crucial quizás sea el de protector y motor de una familia unida. Su administración prueba que se pueden lograr éxitos fiduciarios monumentales mientras se es el cemento que mantiene cohesionado a un clan. En Riset, el legado es tanto tangible (plantaciones, fábricas, portafolios) como intangible: la unidad familiar como principal activo y el compromiso con el desarrollo nacional desde la base agrícola.
La Dinastía Fanjul: la maestría en la continuidad estratégica
Al mencionar legados que trascienden fronteras, es imperioso incluir a la familia Fanjul, cuyo imperio azucarero y de bienes raíces es un paradigma de adaptación y continuidad estratégica. Tras el exilio de Cuba, los hermanos José «Pepe» Fanjul Jr. y Alfonso «Alfy» Fanjul Jr., hijos del patriarca, no solo reconstruyeron el negocio familiar sino que lo elevaron a una escala global, gobernando desde Florida y República Dominicana con una división de roles magistral: uno como el rostro político y el otro como el operador ejecutivo. Pero el verdadero testamento de su éxito en la custodia del legado se vislumbra en la preparación de la cuarta generación. José «Pepe» Fanjul III, el hijo mayor de Pepe Fanjul Jr., no es un heredero ocioso. Se ha forjado dentro de Florida Crystals Corporation, aprendiendo el negocio desde sus cimientos operativos y estratégicos, con un claro enfoque en la transición hacia la energía renovable. Su trayectoria, diseñada bajo el mismo modelo de preparación progresiva y bajo perfil que caracterizó a su padre, asegura que el «gen ético» del custodio —la comprensión de que se administra un legado, no una simple fortuna— se transmita intacto. En los Fanjul, la herencia no es un cheque en blanco, sino un manual tácito de gobierno, poder y preservación familiar escrito a lo largo de un siglo.
Estos cinco nombres son antídotos contra el cinismo. En tiempos donde la desconfianza hacia el sector privado es alta y muchos asumen que toda gran fortuna es cómplice de la corrupción gubernamental, ellos demuestran que se puede operar a gran escala con limpieza, ética e integridad. Su reputación es un tesoro construido peso a peso, dólar a dólar, a lo largo de décadas, y no están dispuestos a dañarla por una ganancia efímera. El dinero bueno y viejo no necesita, por un peso más, manchar el nombre de sus antepasados.
Este artículo no fue solicitado por ellos. Se escribe porque en una sociedad sedienta de referentes, callar estos ejemplos sería una irresponsabilidad. La reputación tarda una vida en construirse y un instante en destruirse. Hoy, toca a los Vicini, Corripio, Bonetti, Riset y Fanjul —y a otros como ellos— actuar en consecuencia, sabiendo que hay ojos jóvenes observando. Para esos jóvenes, especialmente los más desvalidos, el mensaje es claro: sí se puede hacer las cosas bien. La riqueza material puede ser efímera, pero el legado de un buen nombre, la integridad operativa y el compromiso con un país perdura por generaciones.
República Dominicana tiene en ellos cinco faroles. Que su luz guíe no solo a las próximas generaciones de empresarios, sino a una nación entera que necesita creer, otra vez, en el valor de hacer lo correcto.