Panorama Opinión. El fútbol mundial presume de universalidad, pero cada vez se parece más a un mapa de privilegios, de castigos selectivos, de silencios calculados. Rusia fue apartada con rapidez tras el inicio de su operación militar en Ucrania, mientras otros actores implicados en guerras y bombardeos reciben un trato mucho más flexible. Esa asimetría no es una anécdota, es una señal de que la moral deportiva se aplica según quién sea el afectado, según quién tenga poder dentro del sistema, según quién pueda permitirse el lujo de la impunidad.
Cuando Rusia entró en Ucrania, la FIFA y la UEFA suspendieron de forma inmediata a sus equipos y clubes. El COI también mantuvo restricciones a Rusia y Bielorrusia, reafirmando después esa línea sancionadora. Sin embargo, ante Israel y Estados Unidos, el lenguaje institucional ha sido mucho más cauteloso: incluso cuando hay denuncias graves, incluso cuando hay pedidos formales de suspensión, la respuesta es la cautela. El resultado es incómodo, es revelador, es inadmisible, el deporte internacional castiga con dureza a unos y protege a otros bajo el mismo conjunto de reglas que, al parecer, solo rige para algunos.
La situación de Irán en el Mundial expone esa contradicción de forma casi pedagógica. La selección iraní dormirá en México y viajará a Estados Unidos solo los días de sus partidos, después de que Washington rechazara alojar al equipo durante el torneo. Es una solución logística, sí, pero también un síntoma político, un mensaje institucional, una advertencia disfrazada de pragmatismo. Un Mundial que se vende como celebración global termina imponiendo barreras y excepciones a una selección concreta. En la práctica, la hospitalidad se vuelve condicional, la neutralidad se vuelve decorativa, y la bienvenida universal se revela como un espejismo.
Conviene corregir otro punto, el Mundial de 2026 no lo organiza Estados Unidos solo, sino Estados Unidos, México y Canadá. Esa coorganización no elimina la crítica; la complica. Porque aun siendo sede compartida, el peso estadounidense en infraestructura, en mercado, en decisiones políticas es enorme. Y cuando la sede mayoritaria coincide con una potencia que participa en conflictos al mismo tiempo que controla gran parte del operativo del torneo, la idea de un terreno neutral pierde toda credibilidad. No es un detalle administrativo, es la médula de la cuestión.
La historia de cómo llegó este Mundial a Norteamérica no puede separarse de la crisis de corrupción que sacudió a la FIFA. El caso se aceleró con las investigaciones del FBI, con el derrumbe del liderazgo de Sepp Blatter, con el reacomodo institucional que abrió paso a Gianni Infantino. No hace falta exagerar ni convertirlo en mito, basta recordar que el proceso estuvo marcado por acusaciones de sobornos, detenciones y una profunda pérdida de legitimidad. Desde entonces, la FIFA ha hablado mucho de reforma, pero sigue actuando como una maquinaria donde el poder político y económico pesan más que la coherencia ética. Las palabras cambiaron; el funcionamiento, no.
El gran problema no es que el deporte tenga política, siempre la tuvo. El problema es que la oculta detrás de discursos de unidad mientras administra castigos desiguales. Si una guerra justifica expulsiones inmediatas en un caso, pero en otro solo produce cautela, multas o silencio, entonces ya no hablamos de principios universales, sino de conveniencia geopolítica. Y cuando una selección debe dormir fuera del país anfitrión para poder competir, el mensaje es brutalmente claro, el Mundial no pertenece por igual a todos; pertenece a los que tienen poder, a los que pueden, a los que importan.
El fútbol dice representar al mundo. Pero un mundo en el que unos son sancionados sin piedad y otros protegidos por su peso geopolítico no es un mundo deportivo, es un orden jerárquico disfrazado de fiesta, una ilusión de universalidad, una mentira bien empaquetada.