Opinión

El diablo sabe tu nombre, pero solo Dios te llama “hijo mío”

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Panorama Opinión. I. El teléfono que suena en la madrugada

Hay una imagen que no me abandona esta mañana de domingo, mientras afuera los niños corren tras huevos de colores y las familias se sientan a mesas largas. Imagino un teléfono. Suena en una habitación oscura. Al otro lado de la línea, una voz que conoce su nombre. Pero no lo pronuncia para salvarlo. Lo pronuncia para señalar con el dedo.

El Diablo, dice una antigua tradición que C.S. Lewis recreó con escalofriante precisión en sus Cartas del diablo a su sobrino, conoce su nombre. No porque le importe, sino porque necesita saber a quién acusar. A quién destruir. A quién recordar, una y otra vez, que no es suficiente .

En el libro de Lewis —esa sátira brillante donde un demonio mayor llamado Escrutopo instruye a su sobrino Orugario en el arte de la tentación— hay una lección que quiero que sostenga en sus manos esta mañana: el demonio no necesita inventar pecados nuevos. Solo necesita que usted olvide que ya fueron pagados .

Escrutopo escribe a su sobrino: “La ruta más segura al infierno es gradual. No se trata de que el paciente cometa grandes maldades, sino de que se acostumbre a las pequeñas. De que la fe se vuelva aburrida. De que la oración sea un gesto vacío” . El Diablo sabe su nombre, sí. Pero no lo dice con amor. Lo escupe como una acusación. Como un fiscal que ha esperado toda la eternidad para este momento.

Hoy, Domingo de Resurrección, quiero proponerle algo distinto: que devuelva la llamada. Pero no al que acusa. Al que llama por nombre para redimir.

II. El Dios que baja al foso

Porque si el Diablo conoce su nombre para señalarlo, hay Alguien más que lo conoce para salvarlo. Y esa es la historia que hoy celebramos los cristianos, aunque muchos la hayan reducido a conejos y chocolates.

No. Lo que celebramos es más extraño y más hermoso que cualquier mito pagano adaptado por la costumbre. Celebramos que Dios bajó. Que el Creador del universo —el mismo que puso las estrellas en su sitio y contó la arena del mar— se metió en el fango de nuestra historia. Nació en un pesebre, sudó como obrero, lloró como amigo, sangró como criminal.

Pero la Resurrección no empieza el domingo por la mañana. Empieza el viernes en la cruz. Y el Sábado Santo en el silencio más absoluto que la historia haya conocido.

Los teólogos puritanos, esos hombres de mirada intensa y pluma incendiaria, entendieron esto como pocos. John Owen, a quien muchos consideran el más grande de los teólogos puritanos, dedicó su obra cumbre —La muerte de la muerte en la muerte de Cristo— a desentrañar una pregunta que a nosotros, modernos y distraídos, nos parece casi irrelevante: ¿Por quién murió Cristo realmente? .

Owen planteaba un trilema que aún hoy hace crujir los dientes de los predicadores de oídos suaves:

· Si Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres, entonces todos los hombres deberían salvarse. Y como no es así, esa opción es insostenible.

· Si Cristo murió solo por algunos pecados de todos los hombres, entonces nadie puede salvarse, porque el pecado que falta —la incredulidad, por ejemplo— quedaría sin cubrir.

· La única opción que queda es que Cristo murió por todos los pecados de algunos hombres: los elegidos, aquellos que el Padre le dio antes de la fundación del mundo .

Esta es una doctrina dura. No es para los débiles de estómago espiritual. Pero es, si me permite decirlo, la única que hace justicia a lo que realmente ocurrió en el Gólgota. Cristo no murió por una posibilidad abstracta. Murió por personas concretas. Por usted. Por mí. Por cada uno de los que el Padre ha puesto en sus manos.

III. Las siete palabras que cambiaron el universo

El otro gran puritano, John Flavel, escribió un libro hoy casi olvidado pero indispensable: Las siete declaraciones de Cristo en la cruz . Flavel se tomó el tiempo de mirar, palabra por palabra, lo que el Salvador dijo mientras moría. Y encontró allí un mapa del amor divino que ningún filósofo podría haber trazado.

La primera: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Flavel comenta: “Aquí vemos que Cristo ora por sus verdugos antes de orar por sí mismo. Su amor es más ancho que nuestro rencor” . El Diablo le susurra que guarde rencor. Cristo le enseña a perdonar antes de que la herida termine de sangrar.

La segunda: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Un ladrón arrepentido, un criminal justamente condenado, recibe la promesa del paraíso no por sus méritos —no tenía ninguno— sino por su fe. Flavel anota: “La gracia de Cristo no examina los antecedentes penales. Solo mira el corazón que se vuelve hacia Él” .

La tercera: “Mujer, he ahí tu hijo. He ahí tu madre” (Juan 19:26-27). En medio de la agonía, Jesús no está obsesionado con su dolor. Está asegurando el futuro de su madre. Flavel ve aquí una lección: “El amor verdadero no se vuelve narcisista ni siquiera en la cruz. Cuida de los suyos hasta el último aliento” .

La cuarta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Este es el grito que rompe el cielo. El Hijo experimenta el abandono que nosotros merecíamos. El puritano Thomas Watson escribió: “Cristo fue desamparado para que nosotros nunca lo fuéramos. Su grito de orfandad es nuestra adopción eterna” .

La quinta: “Tengo sed” (Juan 19:28). La humanidad de Cristo asoma en un susurro. Richard Sibbes, otro de los grandes puritanos, reflexiona: “Él tuvo sed de agua para que nosotros nunca tengamos sed de justicia. Su necesidad física es nuestra provisión espiritual” .

La sexta: “Consumado es” (Juan 19:30). En griego, una sola palabra: Tetelestai. No es un suspiro de derrota. Es un grito de victoria. La deuda está pagada. El libro está cerrado. El Diablo puede acusar, pero ya no tiene facturas que presentar.

La séptima: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). Flavel concluye: “Cristo muere como vivió: confiando. Su muerte no es un colapso, es una entrega. Y esa entrega se convierte en nuestro modelo” .

IV. El Diablo no descansa, pero usted sí puede

Usted pensará, querido lector, que después de la Resurrección el Diablo se dio por vencido. Nada más lejos de la verdad. Lewis lo retrata con una honestidad brutal: los demonios no se rinden. Simplemente cambian de táctica.

En Cartas del diablo a su sobrino, Escrutopo instruye a Orugario sobre tres grandes estratagemas que el maligno usa para mantener a los hombres lejos de la libertad verdadera .

Primera: el aburrimiento. El demonio mayor le recuerda al novato: “El enemigo (así llaman los demonios a Dios) quiere hombres que hagan cosas. Nosotros queremos hombres que solo sientan. Si logramos que el paciente se contente con emociones religiosas sin actos de obediencia, lo tenemos atrapado” . El Diablo sabe su nombre, y sabe también que lo más peligroso para su reino no es el pecador escandaloso, sino el cristiano aburrido que deja de orar, deja de servir, deja de amar.

Segunda: la desintegración. Escrutopo explica que los humanos son “anfibios” —mitad espíritu, mitad animal— y que la clave de la tentación es separar esas dos mitades. Que el cristiano ore pero no sirva. Que ayune pero no ame. Que vaya a la iglesia pero no mire a su hermano necesitado. “La oración sin obras”, dice el demonio, “es el perfume favorito del infierno” .

Tercera: la invisibilidad. El demonio no quiere que usted sepa que está siendo tentado. Prefiere que sus pensamientos malos le parezcan naturales, razonables, incluso virtuosos. “No le impidas orar”, instruye Escrutopo, “solo haz que ore pensando en sí mismo. Que ore para sentirse bien, no para encontrarse con Dios. Que ore para tranquilizar su conciencia, no para rendir su voluntad” .

¿Reconoce alguna de estas estratagemas en su propia vida? Yo sí. Las reconozco todas. Por eso este domingo no es solo un día para vestir de blanco y comer con la familia. Es un día para declarar: el Diablo conoce mi nombre, pero ya no tiene poder sobre él.

V. La puerta que solo se abre desde adentro

Hay un pasaje de la Escritura que los puritanos amaban citar y que hoy quiero dejar caer sobre usted como un martillo suave pero firme. Está en Apocalipsis 3:20. Jesús dice:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.”

La imagen es tan doméstica que a menudo perdemos su filo. Jesús no está irrumpiendo. No está pateando la puerta. No está exigiendo entrada como un acreedor furioso. Está llamando. Suavemente. Como un amigo que llega de noche y no quiere despertar a toda la casa.

Pero hay algo que los comentaristas modernos pasan por alto y que los puritanos sabían bien: la puerta tiene manija solo del lado de adentro. Usted tiene que abrir. Dios no violará su voluntad. Puede llamar mil veces, pero la decisión de abrir es suya.

El pastor puritano John Flavel escribió: “Cristo llama hoy. Puede que mañana haya pasado de largo. No porque su amor se canse, sino porque nuestro corazón se endurece” . El Diablo sabe su nombre, pero no puede abrir la puerta por usted. Solo puede gritar desde afuera: “No eres digno. Ya fracasaste demasiadas veces. Mejor ni intentes abrir.”

Y entonces Jesús, desde el mismo umbral, susurra: “No te preocupes por lo que hay dentro. Yo entro con mi propia luz. Solo abre.”

VI. El pensamiento milenario y la esperanza que no avergüenza

Hay una palabra que los cristianos hemos dejado caer en desuso, y es una lástima. Esa palabra es milenaria. No me refiero a las especulaciones cronológicas sobre el fin del mundo —que tanto daño han hecho— sino a la certeza profunda de que la historia tiene un destino, y que ese destino es la restauración de todas las cosas.

El Nuevo Testamento enseña que aquellos que mueren en Cristo van inmediatamente a Su presencia —“hoy estarás conmigo en el paraíso”, le prometió Jesús al ladrón— pero también enseña que habrá una resurrección final, un cielo nuevo y una tierra nueva, donde el bien sea finalmente recompensado y el mal, finalmente derrotado .

C.S. Lewis exploró esta tensión en su libro El Gran Abismo (también traducido como El Gran Divorcio). En esa obra, Lewis imagina un viaje en autobús desde el Infierno —una ciudad gris y monótona donde los fantasmas viven atrapados en sus propios rencores— hasta las praderas del Cielo .

Lo interesante es que casi todos los fantasmas deciden regresar. No porque Dios los expulse, sino porque prefieren su infierno conocido al cielo que los confronta con su propia pequeñez. Un fantasma se niega a dejar su rencor. Otro, su lujuria. Otro, su orgullo intelectual. “El Cielo”, escribe Lewis, “no es un lugar para los que quieren seguir siendo ellos mismos a toda costa. Es un lugar para los que están dispuestos a morir para nacer de nuevo” .

El pensamiento milenario —el que sí vale la pena recuperar— nos dice que la vida eterna no es solo más vida, es otra vida. Una vida donde el amor no se cansa, donde el perdón no se agota, donde la alegría no tiene sombra. Y esa vida comienza hoy, para quien abre la puerta.

VII. Lo que usted celebra hoy define su mañana

Termino, querido lector, con una pregunta que no necesita respuesta pública pero sí íntima. Es Domingo de Resurrección. Usted puede estar en una iglesia, en su casa, o en ningún lado. Puede creer todo esto, puede creerlo a medias, o puede no creer nada.

Pero la pregunta es: ¿de qué lado de la puerta quiere quedarse?

El Diablo conoce su nombre. Lo ha susurrado en la oscuridad. Lo ha usado como prueba en su contra. Lo ha presentado ante el tribunal de su conciencia una y otra vez. “Mírate”, te dice. “Mira lo que hiciste. Mira lo que dejaste de hacer. Mira lo que pensaste. No hay esperanza para alguien como tú.”

Pero Dios —el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos— también conoce su nombre. Solo que lo dice de otra manera. Lo dice como lo dijo el Padre en el bautismo de Cristo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”

Sí, usted ha fallado. Sí, ha caído. Sí, ha hecho cosas de las que se avergüenza. Pero la Resurrección es la declaración oficial de que el fracaso no tiene la última palabra. El último grito no es “consumado es” en la cruz, sino “ha resucitado” en la mañana del domingo.

VIII. El llamado que sigue sonando

Apocalipsis 3:20 no es un verso para moribundos. Es para gente ocupada, distraída, agotada, tentada. Gente como usted. Como yo. Jesús está llamando. No con un megáfono celestial, sino con un susurro que se cuela entre el ruido de su día.

Si usted escucha su voz hoy —este domingo 5 de abril de 2026— y abre la puerta, Él promete no solo entrar, sino cenar con usted. En la cultura judía, compartir la mesa era el gesto de intimidad más profundo. Significaba: “Eres de los míos. No eres un extraño. Eres familia.”

El Diablo quiere que usted crea que es un extraño. Que sus pecados lo han descalificado. Que su pasado es un muro que no puede saltar. Pero el mensaje de la Resurrección es que el muro ya fue derribado. No por usted, sino por Cristo.

El ladrón de la cruz no tuvo tiempo de hacer buenas obras. No alcanzó a bautizarse. No dio limosnas. Solo dijo: “Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” Y Jesús respondió: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”

Esa es la gracia que celebramos hoy. No la que premia a los perfectos, sino la que rescata a los arrepentidos. No la que exige pureza previa, sino la que la otorga como regalo. No la que busca héroes, sino la que hace héroes de cobardes que dijeron “sí” a tiempo.


IX. Epílogo para los que aún dudan

No voy a pedirle que tome una decisión apresurada. Las decisiones apresuradas rara vez son sinceras. Pero sí le voy a pedir algo: que no se vaya de esta lectura sin haber respondido, al menos en silencio, a la pregunta que Jesús le hace desde el umbral.

“¿Quieres abrir?”

El Diablo le susurra que no sirve. Que ya intentó antes y fracasó. Que es hipócrita. Que es incoherente. Que sus amigos se burlarán. Que su familia no entenderá. Que la iglesia está llena de gente falsa. Que usted no es lo suficientemente bueno.

Pero Dios —el que lo formó en el vientre de su madre, el que contó los cabellos de su cabeza, el que vio caer a Pedro y lo levantó, el que encontró a Pablo cuando aún respiraba amenazas— le dice algo distinto. Le dice: “Hijo mío. Hija mía. Ya pagué. Solo entra.”

La decisión, como la manija de la puerta, está de su lado.

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