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El día que Cestero se pintó como los Arnolfini

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Panorama Opinión. El viernes a las 10 A.M., la Blandino de la Lincoln se convirtió en el punto de encuentro para despedir los restos mortales del maestro José Cestero, figura insigne de la plástica dominicana que nos dejó a la edad de 88 años.

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Me topé con Vidal y Paul Jandro. A medida que el tiempo transcurría, figuras del ámbito cultural y artístico portaban sus condolencias.

El maestro Vidal, con inagotables anécdotas, rememoraba la admiración a su ídolo juvenil, «el eterno bohemio». Su profundo apego a la Ciudad Colonial, su musa constante, de la que retrató cada rincón, callejones, monumentos, luces y sombras. Vidal nos contó cuando Cestero se pintó a sí mismo junto a su esposa en una versión reinterpretada de la icónica obra de Jan van Eyck, El Matrimonio Arnolfini. La cual fue vendida por setenta y cinco mil pesos de la época, una fortuna de ese entonces.

Paul Jandro, por su parte, lo definió como “el poeta del pincel”. También atesoro remembranzas. Durante años fui propietario de Arte Marie, donde Cestero solía visitarnos con frecuencia. Allí tertuliaba con mi socio y mentor, el siempre recordado don Claudio Luna (E.P.D.). En esas tertulias, advertía la vasta cultura y la profunda lucidez del maestro.

Cestero fue merecedor del Premio Nacional de Artes Plásticas en 2015, el máximo galardón que un artista dominicano puede obtener. Entre sus logros internacionales más destacados se encuentran su participación en el XVII Festival Internacional de Pintura en el Château-Musée de Cagnes-sur-Mer, en Francia, en 1985. La Primera Bienal de Artes Gráficas Italo-Latinoamericana, celebrada en Roma en 1979. La II Bienal de Sao Paulo, Brasil, en 1989, y su presencia en el International Tourism Bourse (ITB Berlín) en 2017, consolidaron al maestro Cestero como un artista de talla mundial.

Vivió su vida apegado a sus convicciones y, sobre todo, a su arte. Fue un hombre auténtico, cuya pasión se reflejaba en cada pincelada y en cada decisión. Ajeno a las formalidades. Prefería su “camisa azul, sus pantalones cortos y sus sandalias”. Dibujaba de memoria. Veía un rostro una sola vez y era capaz de retratarlo al detalle, según Vidal y Paul Jandro. “Un gran maestro”, acotó Vidal.

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Descansa en paz, querido maestro. Que tu vida libre, tu arte sin ataduras y tu espíritu fiel a ti mismo, sirvan de inspiración para todos los que, como tú, eligen vivir y crear a su manera.

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