Panorama Opinión._ He leído con atención el planteamiento de José Luis Taveras sobre David Collado y el denominado “efecto vagón”, esa teoría según la cual muchos terminan apoyando a quien perciben como favorito. Sin embargo, creo que en este caso la realidad es bastante más compleja.
Existe un sector que suele ver a David como una persona privilegiada a quien las cosas simplemente le han llegado por azar. Pero si somos justos con los hechos, esa apreciación resulta incompleta e injusta. Collado no apareció de la nada ni surgió únicamente de una estrategia de marketing. Ha construido su carrera paso a paso: fue diputado por la Circunscripción 1, alcalde del Distrito Nacional y ministro de Turismo. Cada etapa le permitió acumular experiencia, conocimiento y una altísima exposición pública.
Más importante aún, ha transitado por posiciones de alta responsabilidad sin verse envuelto en grandes escándalos de corrupción o cuestionamientos significativos sobre el manejo de fondos públicos. Su sello ha sido una gestión orientada a resultados, algo que incluso sus adversarios suelen reconocer.
Es cierto que tiene un estilo político distinto al tradicional. Proyecta seguridad, éxito y poder; siempre impecable y con una imagen cuidadosamente construida que a algunos agrada y a otros genera rechazo. Pero en la política, cualquier persona que aspire a grandes metas debe comenzar por creer en sí misma; difícilmente se puede convencer a un país de estar preparado para dirigirlo si ni siquiera se proyecta esa convicción.
Otro elemento que suele pasar desapercibido es su prudencia. Hubo momentos en que las encuestas le otorgaban números extraordinarios, incluso superiores a los de figuras con mayor trayectoria. Sin embargo, lejos de dejarse arrastrar por el ego o las presiones de su entorno, optó por esperar. Entendió que en política no basta con tener los números, también hay que saber interpretar los tiempos. No intentó adelantar etapas, desafiar liderazgos ni lanzarse prematuramente a escenarios inmaduros. Esa capacidad de administrar el éxito, controlar las emociones y resistir la tentación de acelerar los procesos es, hoy por hoy, un pilar de su capital político.
Obviamente, se le pueden señalar debilidades.
Para quienes no lo conocen personalmente, puede parecer distante o excesivamente calculado. Además, David necesita fortalecer áreas críticas: conectar de manera más orgánica con los sectores populares, «gragearse» más, como diría el dominicano, abrirse gradualmente a entrevistas sin libreto, confrontar ideas en grandes auditorios y, fundamentalmente, tejer una relación más estrecha con la dirigencia tradicional del PRM, una estructura que históricamente suele ser celosa con las figuras de perfil más empresarial.
Pero estas son áreas susceptibles de mejora que se trabajan con disciplina. Lo que no puede ignorarse es que sus fortalezas superan sus tareas pendientes. Reducir su posicionamiento exclusivo al marketing sería simplificar el fenómeno. La comunicación puede amplificar una figura, pero difícilmente sostiene durante años niveles tan altos de aceptación si no existe detrás una combinación de resultados y gerencia.
Por eso, cuando algunos intentan descalificar las encuestas que desde hace años lo colocan en posiciones privilegiadas, da la impresión de que no cuestionan los números porque sean falsos, sino porque desearían tenerlos. Las encuestas no eligen presidentes, pero reflejan una tendencia sostenida. En política, mantenerse en la cima tanto tiempo no es un accidente ni un mero «efecto vagón». Las personas pueden acercarse inicialmente a quien perciben ganador, pero solo permanecen allí cuando encuentran razones de fondo para respaldarlo.
En conclusión, David Collado ha sabido combinar gestión, posicionamiento y paciencia. Si el proceso interno del PRM se decidiera hoy en las casas de apuestas de Las Vegas, Nevada, es difícil imaginar un escenario donde no aparezca como el claro favorito.
Al final, la historia demuestra que las encuestas por sí solas no hacen presidentes, pero también que muy pocas veces un político se mantiene arriba sin haber construido algo más sagrado que la percepción: confianza. Ahí radica la diferencia entre una moda pasajera y un proyecto con verdadera vocación de poder. Las modas se diluyen cuando cambia el viento; la confianza, en cambio, sostiene los proyectos en el tiempo. Y es precisamente esa confianza la que explica por qué David Collado sigue siendo una de las figuras más determinantes del tablero político nacional.