Opinión

Cuando los líquidos corceles del carruaje de la lluvia pisotean la ciudad

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Los políticos dominicanos pasmaron la democracia,  en un país que pese al crecimiento macroeconómico del que todos se ufanan, no logra alcanzar la plenitud de un desarrollo que se pueda calificar de integral, que impacte de manera positiva a todo el conglomerado que conforma la nación dominicana, tan rica y pródiga, que desde hace más de quinientos años continúa fluyendo sin parar, cual manantial inagotable,  riquezas, para que las elites foráneas y locales carguen con ella, mientras la mayoría perece bajo las patas de la ignorancia y el subdesarrollo.

 

La lluvia llega y nos alecciona, pero no aprendemos, ahora cabalga sobre el carruaje mortal del cambio climático, guiada por dos traviesos aurigas, un niño y una niña, que se ensañan contra los desposeídos que son los que más sufren los estragos.

 

En nuestro país el fenómeno escogió el mes de noviembre para desatar el poder destructor del que es capaz; mientras en nombre del turismo, permitimos que desaparezcan nuestros manglares, barreras naturales contra estos fenómenos, que sequen nuestros humedales y perezca la biodiversidad.  El Ministerio de Medioambiente deja que deforesten las áreas protegidas y las aguas no encuentran raíces de árboles que las absorban, mueren nuestros arrecifes en las costas y cuando cae la lluvia, sin barreras que la contenga, arrasa con todo lo que encuentra a su paso.

 

El 4 de noviembre del 2022, la naturaleza nos dio una terrible demostración de su poder y se llevó entre las alcantarillas unas cuantas vidas de dominicanos, que pasaron  a engrosar las estadísticas. El gobierno actual, en aquella ocasión se rasgó las vestiduras y espolvoreo cenizas sobre sus cabellos, al manifestar que tomaría medidas para que eso no volviera a suceder, pero desde que salió el sol y calentó las aceras y contenes llenos de plástico, todo se olvidó y la ciudad volvió a palpitar en los teteos de la 42.

 

Tal parece que, el Dios de la tormenta, el temido Huracán de los indígenas de la isla, quiso probar de nuevo en noviembre, si las autoridades cumplían con sus promesas y este sábado 18-11-2023, los líquidos corceles del carruaje de la lluvia se desbocaron sobre el país y pisotearon con sus cascos de truenos y relámpagos la ciudad de Santo Domingo, dejando a su paso decenas de muertos, destrucción y luto por todo el país.

 

El gobierno vuelve a rasgarse las vestiduras, le echa la culpa al pasado y de nuevo promete, que esta vez, sí tomará las medidas correspondientes para evitar este tipo de desastres, que propicia la irresponsabilidad de las políticas de estado de todos los gobiernos pasados y presentes, fieles al postulado Balaguerista de que el dinero no se puede invertir en obras que no se ven y por ende no generan votos para la reelección, por lo que nadie trabaja en la base y soporte de la ciudad que son los alcantarillados, pese a que el gobierno ha tomado en lo que lleva de gestión 370 millones de dólares justamente para prevenir desastres naturales y dar mantenimiento viales.

 

La lluvia llega a desnudar a los políticos y presentar el verdadero rostro de las políticas de estado que estos representan, marcadas por el pillaje y la corrupción y divorciadas del carácter humano que debe conllevar cada inversión estatal, puesto que los políticos deben administrar los recursos públicos,  para beneficio de la gente, para proteger a la gente, para garantizar la vida de la gente y procurar el bienestar y la calidad existencial de la gente, no para que la gente continúe muriendo como si tal cosa y el político enriqueciéndose.

 

Este es un país donde nunca ha  existido régimen de consecuencia, tenemos todo tipo de tribunales, administrativos, civiles, suprema corte, ahora tribunal constitucional, pero pese a ello, la figura del régimen de consecuencia brilla por su ausencia;  estoy seguro que si el estado dominicano fuera demandable y tuviera que pagar los daños causados a la población por negligencias como las del alcantarillado de la ciudad, el paso a desnivel entre muchos otros, hace rato que las alcantarillas estuvieran destapadas y hechas las que hicieran falta y la ciudad no se anegaría de agua cada vez que llueve.

 

Porque es verdad que la gente arroja todo a la calle, pero no es, menos verdad, que a las pocas alcantarillas e imbornales no se les da el debido mantenimiento. Pero mi pregunta es la siguiente, ¿Quién le enseña a la gente que la basura no debe ir a la calle, a los contenes? ¿Quién implementa políticas de orientación pública para capacitar a la población y generar ciudadanía responsable? Que sea un contra balance al constante bombardeo de la promoción de no valores, que someten a diario a la sociedad dominicana, mientras los gobernantes gastan años tras años, miles de millones promoviendo la odiosa figura de la reelección.

 

Por Bolívar Mejía

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