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Cuando la naturaleza nos enseña sobre la traición 

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Por: Lic. Jeffrin G. Pacheco Reyes 

Panorama Opinión. A veces, la vida nos da lecciones en los lugares más simples. Esta vez, me tocó aprender algo profundo, irónicamente, en mi propio hogar. Estaba leyendo tranquilamente cuando, de pronto, me quedé observando una planta que había sembrado meses atrás.  Mirándola con detenimiento, noté que la parte más débil y doblada era, precisamente, la planta original. La que sembré con mis propias manos, con cariño y dedicación. Con el paso del tiempo, esta se reprodujo y, a su alrededor, nacieron nuevas ramas: más erguidas, más vistosas. A simple vista parecen parte del mismo conjunto… pero al mirar bien, comprendí algo inquietante: esas nuevas plantas no están acompañando a la vieja. La están desplazando.  Sí, han ocupado su espacio, la empujan lentamente hacia un rincón, la debilitan como si quisieran sacarla del juego. Irónicamente, están eliminando a la planta que les dio vida. 

Entonces me golpeó una idea que no esperaba: la traición no es exclusiva del ser humano; también existe en la naturaleza. La vemos en los árboles que buscan la luz a costa de oscurecer a otros, en las raíces que compiten por el agua, en los seres vivos que olvidan de dónde vienen con tal de seguir creciendo… sin importarles si tienen que aplastar a los demás.

Esta escena vegetal me recordó muchas situaciones de la vida. En nuestras relaciones personales, en los entornos laborales, en nuestras instituciones… ocurre lo mismo. A veces, quienes sembramos, quienes cuidamos, terminamos siendo arrinconados por aquellos a quienes un día dimos todo.

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Pero como todo en la naturaleza, también es una lección. Una advertencia. No toda traición es personal; a veces es simplemente parte del ciclo de la vida. Y aunque eso no la justifica, al menos nos prepara para verla venir… incluso en el jardín.

En lo personal, hasta pena me dio ver esa escena en el tarro: plantas luchando por sobrevivir. Yo sembré esa plantita con tanto amor e ilusión. Talvez por eso me tocó más de lo normal. Recordé entonces una película que vi hace más de veinte años y que siempre recomiendo: el perfecto asesino (Léon: The Professional). Su protagonista, Léon, un asesino a sueldo, tenía una costumbre peculiar: cada día regaba su planta, la sacaba al sol y la cuidaba con esmero. Aquella mata era su única conexión con la vida, con lo humano, con lo frágil.

Y al observar mi propia planta, entendí que esto no es tan distinto de lo que ocurre allá afuera. Por ejemplo, lo que pasa ahora mismo en África: leones devoran cebras, gacelas, búfalos, incluso jabalíes, mientras un grupo de turistas observa desde la seguridad de un jeep, grabando la escena para luego subirla a programas como Animal Planet. Y nosotros, desde nuestras casas, al perder la señal del canal, decimos: “¡Qué triste!”. Pero no podemos hacer nada. Solo mirar.

Porque, al igual que en la naturaleza, en la vida hay momentos en los que solo somos testigos del curso inevitable de los hechos. Y eso, también duele.

Nos guste o no, debemos aceptar que las flores que brotan donde otras se marchitaron no solo nos hablan del ciclo vital, sino que nos recuerdan que, algún día, también nosotros seremos reemplazados.

Es lo que los sabios han llamado siempre: la ley de la vida.

La vida.

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