Panorama Opinión._ República Dominicana no escapa a una realidad mundial. Estamos viviendo una nueva era en la que los cambios a nivel de información han provocado transformaciones estructurales y significativas. Hemos pasado de competir por ideas a competir por narrativas. La verdad, pura y simple, ha dejado de ser un valor democrático para transformarse en un elemento que se maquilla, se manipula o se elimina cuando incomoda, cuando enfrenta a quienes manejan los estamentos de poder; y ojo, no solo me refiero al poder político.
Estos dos últimos artículos de opinión a publicar en este 2025 y el primero del 2026 he decidido dedicarlos a temas que llaman a la reflexión, iniciando por uno que toca a todo el que trabaja en periodismo y comunicación.
Lo más grave de todo esto es que nos estamos acostumbrando. Ya el escenario se percibe como algo normal, algo de lo que los facultados y preparados en materia de información e investigación, dígase los periodistas, debemos muchas veces defendernos y luchar en contra.
Lamentablemente, los periodistas de formación y vocación estamos viviendo una terrible amenaza: me refiero al intrusismo. Muchas veces a un “influencer” se le suele confundir con periodista, cuando su misión simplemente es vender un mensaje determinado a la comunidad que le sigue.
Todo esto ha provocado que la información oficial, o incluso la propaganda, ya no llegue en forma de discursos formales; ahora los anuncios más importantes llegan por redes como X, Instagram, TikTok o YouTube, dando pie muchas veces a la distorsión, los memes, entre otros recursos, aprovechados para manipular o desinformar. La prisa que provocan estos métodos a la hora de confirmar lo fidedigno de la información ha llevado incluso a medios reconocidos y con credibilidad a caer en el “gancho”.
Hoy, los resultados de acciones y ejecutorias se miden en likes, tendencias y titulares, no en resultados reales. Los gobiernos se están centrando en invertir más en el “control narrativo” que en la resolución de fondo y real de los problemas estructurales. Y la oposición juega el mismo juego. Es una guerra de percepciones, no de soluciones.
El resultado de todo esto es una ciudadanía saturada y desorientada, incapaz de sentarse a analizar y distinguir información de propaganda, lo real de una creación de inteligencia artificial. Ya no importa si algo es cierto; importa si se vuelve viral.
Es la era de la posverdad. Funciona porque no busca convencer, busca confundir.
Los relatos siempre serán manejados; para eso existe la comunicación efectiva y el manejo de crisis. Pero todo lo que se sostiene sobre la falsedad y lo irreal nos golpeará tarde o temprano. Como dice el refrán: “la mentira puede sostenerse por un tiempo, pero no para siempre”.
Es un deber ciudadano leer, analizar y pensar lo que cada quien nos informa y nos comunica, porque de lo contrario muere la democracia y, por consiguiente, la libertad.
Por: Danilsa Vargas