Panorama Opinión. Al leer que “la inclusión dejó de ser un discurso”, quiero creerlo. De verdad quiero. Porque sé que algo se ha movido. Se habla más. Se nombra más. Se ve más. Y eso importa. Pero también sé que no basta.
Es cierto: este 2025 trajo avances, visibilidad, planes, cifras, mesas de trabajo, documentos bien escritos. Se habló de accesibilidad, de trato digno, de derechos. Se recorrió el país. Se entregaron ayudas. Se abrieron espacios. Y todo eso suma. No lo niego. No sería justo hacerlo.
Sin embargo, hay una distancia enorme entre que la inclusión esté en el discurso público y que esté realmente en la vida cotidiana.
Porque la inclusión no se mide solo en informes ni en eventos. Se mide en miradas. En silencios. En incomodidades. En la forma en que una madre entra a un lugar con su hijo y siente, sin que nadie diga nada, que estorba. Se mide cuando un niño es rechazado en una escuela “porque no tenemos cómo manejar eso”. Se mide cuando un seguro médico cubre lo mínimo, regatea terapias y convierte cada avance en una lucha administrativa. Se mide cuando la diferencia incomoda.
A veces siento que como país hemos avanzado en aprender qué decir, pero no en cómo sentir. Hemos aprendido el lenguaje correcto, pero no la empatía real. Decimos “inclusión”, pero todavía miramos raro. Decimos “derechos”, pero suspiramos cuando alguien necesita más tiempo, más paciencia, más comprensión. Decimos “todos somos iguales”, pero esperamos que el que es distinto se adapte, se calle o se esconda. Y ahí está la deuda social.
Porque incluir no debería ser un acto heroico ni una política especial. No debería requerir campañas ni explicaciones constantes. Incluir debería ser lo natural, lo obvio, lo humano. Nadie debería tener que agradecer por ser aceptado. Nadie debería sentirse una carga por existir como es.
Como madre, no quiero solo visibilidad. Quiero tranquilidad. Quiero que un niño neurodivergente pueda estar en un aula sin que lo vean como un problema. Quiero que las madres podamos entrar a un espacio sin calcular si habrá paciencia o rechazo. Quiero que una condición no sea motivo de lástima, ni de miedo, ni de molestia. Quiero que no tengamos que explicar tanto.
Quizá la inclusión dejó de ser solo un discurso. Sí. Pero todavía no es una vivencia plena. Todavía duele. Todavía cansa. Todavía exige que las familias se vuelvan activistas por necesidad, no por elección.
Ojalá el próximo paso no sea solo institucional, sino cultural. Que no se trate solo de planes a diez años, sino de gestos diarios. Que no se mida solo en números, sino en dignidad. Que no sea algo que “se hace por otros”, sino algo que se asume como parte de todos.
Porque al final, no estamos pidiendo favores. Estamos reclamando lo más básico: pertenecer sin pedir permiso.