Panorama Opinión. La histórica alianza estratégica entre Europa y Estados Unidos atraviesa su período de mayor incertidumbre desde 1945. No se trata de un simple y pasajero desacuerdo diplomático, sino de un choque frontal entre dos visiones del orden mundial que cuestionan la arquitectura de gobernanza global diseñada por Occidente bajo el liderazgo estadounidense. Se está ante las evidencias de un cambio de paradigma derivado de la evolución de la política exterior de la Administración Trump hacia un unilateralismo transaccional sustentado en la doctrina American First. Este nuevo enfoque sustituye el tradicional liderazgo por consenso sobre el cual se construyó dicha alianza por el realismo pragmático que busca garantizar la hegemonía global de Estados Unidos frente a los desafíos de nuevas potencias que como la República Popular de China han emergido como rivales de consideración. En definitiva, la relación transatlántica vive una de las transformaciones más profundas del siglo XXI, transitando el accidentado camino de la unión basada en principios compartidos hacia una dinámica sujeta a la negociación de intereses estratégicos particulares.
El nuevo escenario geopolítico: del multilateralismo al transaccionalismo. La dinámica geopolítica global está condicionada por una profunda transformación de las relaciones de poder en Occidente, articulada en torno a tres ejes fundamentales:
1. Del multilateralismo institucional al unilateralismo transaccional. El orden internacional de posguerra (1945), diseñado bajo el liderazgo y la tutela de Estados Unidos mediante instituciones como la ONU, el FMI, el Banco Mundial y la OTAN, se basaba en la premisa de que un sistema consensual de reglas claras y estables beneficiaba sus intereses como potencia dominante a largo plazo. La doctrina estadounidense actual rompe con dicha lógica al considerar que la arquitectura de gobernanza global ha terminado favoreciendo más a las potencias rivales como China. Bajo el nuevo enfoque transaccional, las alianzas ya no se miden por valores compartidos o lealtades históricas, sino por un balance inmediato de costo-beneficio.
2. La brecha de percepción estratégica entre Europa y Estados Unidos. Ambos actores operan hoy bajo lecturas contrapuestas del mismo mapa geopolítico en tres ámbitos clave: Gobernanza: Mientras Europa defiende las instituciones multilaterales como el único andamiaje de seguridad efectivo para contener el caos internacional y los grandes choques de intereses entre actores, Washington, en cambio, percibe que las mismas están erosionando su soberanía y limitan su capacidad de acción para proyectar su poder a nivel internacional.
Comercio: La Union Europea sostiene que el libre comercio y la integración económica son pilares indispensables para la estabilidad global, en tanto que Estados Unidos ven los superávits comerciales europeos, especialmente el alemán, como una práctica desleal que perjudica su industria nacional.
Seguridad: El interés estratégico de Estados Unidos ha pivotado hacia la competencia con China, por lo que está otorgando mayor importancia a la región Indo-Pacífico, exigiendo que Europa se comprometa con este nuevo enfoque o en cambio asuma el costo de la seguridad en su propio territorio, como se evidencio con la presión de Trump para que los aliados europeos se comprometieran a aumentar la inversión militar a un 5% del PIB para el 2035. Por su parte, el bloque europeo enfrenta la incertidumbre de ver peligrar la histórica garantía de defensa estadounidense justo en un contexto de desestabilización en sus fronteras orientales, ante un rival como Rusia, frente al cual tiene la gran desventaja de depender energéticamente en una gran proporción.
Crisis de confianza en la OTAN: La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), como una parte fundamental de la Alianza Estratégica Transatlántica, sufre las consecuencias de la crisis de confianza que afecta la relación entre Europa y Estados Unidos y que en el caso específico de esta organización ha debilitado su unidad monolítica y cohesión estratégica, impactando directamente el apoyo a Ucrania y su capacidad de respuesta global ante otros escenarios geopolíticos demandantes. La OTAN concebida en 1949 como un bloque de contención militar frente a la Unión Soviética, bajo el principio de defensa colectiva, (artículo 5), atraviesa por una profunda crisis de eficacia provocada por las tensiones internas, visiones divergentes y el giro hacia la autonomía de sus socios.
Vulnerabilidad interna: El flanco oriental de la Alianza sufre de grandes inconvenientes para fortalecerse debido a la alineación de gobiernos europeos como Hungría y Eslovaquia con Moscú. Esto ha entorpecido el apoyo militar a Ucrania, debilitando las sanciones económicas y generando filtraciones de inteligencia. Rusia aprovecha estas fisuras para ejecutar con éxito su guerra híbrida desde el interior de la propia organización. La administración de Donald Trump ante esta realidad optó por un enfoque unilateral para negociar directamente con Vladimir Putin un acuerdo de paz que luce estancado por los desacuerdos entre Kiev y el Kremlin sobre los territorios ocupados y el estatus de Ucrania en la OTAN.
El Ártico y Groenlandia: La competencia entre la Unión Europea y Estados Unidos se ha trasladado al control del norte global. El interés de Washington por Groenlandia responde a una estrategia clave: controlar las reservas de tierras raras de Groenlandia que son las mayores fuera de China, vitales para la industria tecnológica y de defensa. Al igual que tener una mayor presencia sobre las nuevas rutas de navegación que se abrirán con el deshielo del Ártico, así como disponer de un importante enclave para la defensa avanzada de Estados Unidos. Tanto Dinamarca, apelando a su soberanía, como la Unión Europea se oponen firmemente al considerar la isla como un activo estratégico importante para su propio peso político.
Ruptura en Oriente Medio: Las acciones de Washington en el estrecho de Ormuz han disparado los costes energéticos, golpeando la economía europea que depende del suministro de fuentes externas. Gobiernos como los de Francia, Reino Unido y España, entre otros, han cuestionado la estrategia estadounidense, rechazando la subordinación de la eurozona, priorizando la diplomacia multilateral y su propia seguridad energética.
3. Hacia la autonomía estratégica: La incertidumbre sobre el compromiso y liderazgo de Estados Unidos que flota hacia la región del Indo-Pacífico ha forzado a la Unión Europea a impulsar su propia y costosa autonomía estratégica, buscando consolidar capacidades de defensa independientes, una política exterior unificada y soberanía tecnológica para dejar de operar como un socio menor de una alianza trasatlántica desequilibrada, que sin embargo, no parece estar cerca de disolverse, pero sí de mutar. Lo que se evidencia es la caducidad de un *contrato original* que se necesita actualizar de acuerdo con la realidad de las relaciones internacionales y los intereses geopolíticos del presente. La hegemonía occidental dependerá de la capacidad de ambos bloques socios para renegociar un nuevo equilibrio que reconozca que el mundo del siglo XXI ya no es el de la posguerra y que en el presente existen otros polos de poder en otras latitudes que reclaman una mayor participación en la toma de decisiones sobre la gobernanza global.
Durante la Guerra Fría, el intervencionismo estatal en Occidente funcionó como un mecanismo de contención frente al comunismo soviético y de control contra las crisis económicas. Tras la caída de la URSS, este modelo dio paso a la postmodernidad financiera, caracterizada por la desregularización financiera, la reducción impositiva y la libre movilidad del capital transnacional. En busca de máxima rentabilidad, mano de obra barata y libre de la amenaza comunista, el capital occidental se trasladó hacia países con estados fuertes que ofrecieran garantías operativas. La República Popular de China capitalizó magistralmente esta transición mediante un modelo de capitalismo de estado, (socialismo con características chinas), evolucionando de ser la fábrica del mundo inicialmente hasta convertirse en la actualidad en el centro de la innovación global, demostrando que el libre mercado no es exclusivo del liberalismo occidental. El consecuente cúmulo de divisas ha permitido a Pekín desplegar una sólida expansión estratégica y financiera en el Sur Global, (África, América Latina y Asia), desafiando directamente la hegemonía de Estados Unidos. Por el contrario, la estrategia occidental – priorizando la especulación financiera y la imagen cultural sobre la producción real-, fragmentó sus propias economías. En Estados Unidos, este componente especulativo provocó el vaciamiento de la base industrial, el estancamiento salarial y una severa dependencia del capital extranjero para financiar su abultado déficit. La gobernanza global y la hegemonía occidental, articulados históricamente en torno a la alianza entre Europa y Estados Unidos, atraviesan una grave crisis de confianza debido especialmente, a la ausencia de un enemigo común, rol que antes cumplía la Unión Soviética.
Actualmente, los intereses estratégicos se encuentran bifurcados. Europa identifica a Rusia como su amenaza existencial e inmediata, manteniéndose fiel a los principios fundacionales de la Unión Europea y la OTAN. Estados Unidos, de manera acertada, finalmente empieza a establecer la importancia suprema del enfoque estratégico del Indo-Pacífico para contener a China, su principal amenaza hegemónica. La postmodernidad no solo ha traído divergencias en las prioridades de seguridad e intereses compartidos que bloquean cualquier reacción coordinada para reimpulsar el poder la otrora gran sociedad transatlántica, sino que también ha quebrado el relato colectivo que unía a las sociedades occidentales.
Esta erosión de la identidad y el empantanamiento democrático actual debilita la cohesión interna y la búsqueda de consenso político para administrar una serie de temas internos conflictivos como son el migratorio y la mutación de las luchas por los derechos civiles hacia las denominadas políticas de identidad, produciendo además una distracción que afecta el diseño y el desarrollo de una política exterior coherente con estrategias y objetivos claros y sostenibles en el tiempo frente a potencias hegemónicas rivales cuyos estados y gobiernos fuertes han logrado manejar sus problemas internos para enfocarse en su expansión geopolítica, proyectando su poder hegemónico y afianzamiento como potencia global.