Panorama Reportaje._ El Gran Santo Domingo adolece de un problema visceral. El desagüe de cañadas, despeñaderos y escorrentías directamente a las cuencas media y baja de sus principales ríos y afluentes trae consigo un cúmulo de problemas y desgracias, que ya van siendo predecibles.
La condición de insularidad, no solo limita el problema a esta gran zona urbana y superpoblada. No, abarca toda la nación y cada vez que llueve, a cántaros, por vaguadas, tormentas o temporada de huracanes, la situación de inseguridad aumenta. Y es que, en este país, hasta el día más claro, llueve, y sin aviso.
En Santiago, el corazón del Yaque ya no late de tantos desperdicios y sedimentación, que llegan desde 60 cañadas que desembocan y desaguan en su cuenca media y baja, aunque los trabajos se hacen, es cierto, eso es innegable. Aunque habría que preguntarse, ¿de qué manera?
Entonces, moldura de cajón, saneamiento, túneles para el curso del agua, parques ambientales en sus alrededores ¿y la limpieza de estas estructuras? Una parte del problema de siempre y de años, sumado a la cantidad de desperdicios que se vierten diariamente en estos cursos de desagüe y drenaje final, con la carga de contaminantes que implica, convierten en zona de peligro las áreas periféricas, cada vez que amenaza lluvia.

Kilómetros y kilómetros de varillas, cemento, concreto y blocks en el saneamiento y el problema persiste
Una serie de planes para lograr la eliminación parcial del peligro que estos cursos de agua provocan, se inician en los primeros gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), iniciando con la de Guajimía, en Santo Domingo Oeste y una de las mas peligrosas a orillas del río Isabela, la del Diablo, en el empobrecido barrio de La Zurza, en el Distrito Nacional.
Pero los problemas se vuelven reiterativos y cada vez que se avecina un problema atmosférico, de la magnitud que sea, el peligro se abate sobre los habitantes de estas zonas, que conforman parte de los cinturones de miseria en los que el hacinamiento, la falta de educación ambiental y la imprevisión de los gobiernos, las convierten en alerta roja ante cualquier evento natural.
Aunque justo es reconocer que los problemas que conllevan en sí, los desbordamientos de estos cursos de agua sin control, no es culpa de las autoridades. Por ejemplo, en esta gestión gubernamental se ha llevado a cabo un programa de saneamiento de cañadas y escorrentías, en el Gran Santo Domingo, que incluye decenas de kilómetros, específicamente 45 en sus inicios, y que puede elevarse antes de 2028, de continuarse con el planeamiento establecido.
Pero hace falta algo más que voluntad gubernamental. Gran parte de los desechos industriales, sin tratamiento alguno, en muchos casos, llegan a los cauces de los ríos, de manera directa, por estas vías, lo que constituye una amenaza latente para los moradores y el medio ambiente circundante.
Ejemplos, los tenemos en cantidades industriales. El río Haina, recibe diariamente un flujo importante de contaminación de industrias que funcionan en sus alrededores, lo mismo el Higuamo, en San Pedro de Macorís, el Soco, en el Seibo y ni hablar del Yaque del Norte, en Santiago, desde su cuenca media en plena ciudad corazón hasta su desembocadura en Montecristi y los principales del Distrito Nacional, Ozama e Isabela, ya no aguantan más carga de desechos sólidos, líquidos y gaseosos.

Venid los moradores del campo a la ciudad. El éxodo migratorio de los 60,70 y 80’s
A raíz del ajusticiamiento del tirano Rafael Leonidas Trujillo Molina, y la conformación de gobiernos provisionales e impopulares, el país vivió el primer éxodo migratorio masivo de mediados del siglo XX, y el campesinado, especialmente el de la rica región del Cibao, dirigió sus pasos hacia la nueva meca, la ciudad capital, ante el temor de quedar sin nada, por una política subliminal publicitaria extranjera apoyada por los gobiernos de turno. El comunismo “les quitará todo”.
Esta primera oleada humana, inicia la creación de los cinturones marginales de miseria y entre los primeros asentamientos se encuentran las orillas del Ozama, en la parte oeste, en donde surgen asentamientos urbanos sin control, con el consiguiente peligro con cada crecida. La historia no es nueva, es reincidente.
La creación de parques industriales, denominados zonas francas, en los años 70 y 80, provoca un nuevo éxodo migratorio, a fin de trabajar en estas empresas, cargando mucho más el hábitat de miseria de zonas periféricas de estas empresas, que mantuvieron la economía nacional a su antojo pagando salarios ínfimos, disfrutando de exención de impuestos a la mercancía final producida y vendida en el exterior. Eran empresas extranjeras funcionando en sistemas político-económicos diferentes.
Estas empresas contrataban personal, especialmente femenino para trabajos de más de diez y doce horas al día, y esta vez, el éxodo fue básicamente femenino y en provincias con un status económico muy bajo, según señala Miguel Ceara Hatton en un ensayo de 2018, titulado “La sociedad dominicana: una historia de pobreza, abandono e inamovilidad social”, promoviendo la desigualdad y la sobrepoblación de sectores alrededor de la ciudad.
San Pedro de Macorís, Distrito Nacional, Duarte y otras provincias sufrieron el embate de esta nueva migración laboral, lo que produjo un exceso de cinturones de miseria, lo que, unido al desarrollo sin control de las principales urbes dominicanas, han dejado en estado de indefensión a los moradores de zonas peligrosas, a pesar de los constantes saneamientos y construcción de parques temáticos en sus alrededores.

Entre INAPA y las corporaciones de acueducto y alcantarillado
Cerca de 15 instituciones trabajan en el aprovisionamiento, distribución y acceso de agua a la población dominicana, aunque pocas veces se da la importancia a una de las principales, el Instituto Nacional de Aguas Potables y Alcantarillado (INAPA), porque no debemos olvidar que, en cada accidente en una cañada, los afectados son los munícipes de todo el país.
Sin embargo, como entidades autónomas, con presupuesto propio, las corporaciones de acueducto y alcantarillado en el país, son las responsables de llevar a cabo los trabajos de adecuación, mantenimiento y saneamiento de cañadas y escorrentías, la dirección de todo, recae en el INAPA, creado mediante la Ley 5994, de 1962, durante el Consejo de Estado presidido por Rafael Filiberto Bonelly Fondeur.
Cada entidad presenta su programa de saneamiento y control de estas aguas residuales, pero el problema se mantiene en tiempo y espacio. ¿Por qué?
El ingeniero civil Luis Ariel Sánchez, quien trabajara en el INAPA, expone las causas y consecuencias de esta situación que se ha convertido en tema de preocupación tanto para los que viven en las inmediaciones de estos lugares, como para las autoridades, y el problema vuelve a ser la superpoblación y el crecimiento extremo de la ciudad, que no permite que estas aguas circulen por su cauce normal, y se vuelvan enemigos públicos de la sociedad.
El crecimiento acelerado y anárquico de las urbes citadinas dominicanas, y en especial las de las grandes ciudades, no permiten la absorción de las aguas que caen. “En los años 50, cuando llovía en Santo Domingo, el suelo absorbía buena parte del agua. Hoy, con tanto concreto y asfalto esa agua no tiene donde infiltrarse”.
Es decir, que se queda en la superficie, corre más rápido y llega de golpe a los puntos bajos, es decir a las cañadas y escorrentías periféricas. Es física básica, explica. Más impermeabilización = más escorrentía = más inundaciones. Así de simple.
El ingeniero agrega que la “recurrencia de las inundaciones urbanas en cañadas y sistemas de drenaje en la República Dominicana responde a una interacción de factores hidrológicos, urbanísticos e institucionales que han superado la capacidad de respuesta del sistema de drenaje natural y artificial.
La interrogante persiste. ¿Por qué después de los saneamientos sigue el curso de desgracias’
Algo muy importante, además del crecimiento caótico citadino y la falta de planificación territorial y políticas dirigidas a resolver la problemática, existen factores, como el cambio climático, y según explica el ingeniero Sánchez, algunas causas de las inundaciones en las zonas donde se encuentran cañadas, son:
Alteración del ciclo hidrológico urbano, lo que significa que “el proceso de urbanización ha modificado significativamente la relación lluvia-escorrentía.
Incremento del coeficiente de escorrentía, que implica, que una mayor proporción del agua de lluvia se desplaza sobre la superficie del terreno en lugar de infiltrarse en el suelo. Este aumento eleva significativamente el riesgo de inundaciones y erosión, ya que genera caudales máximos más altos en tiempos más cortos. Suena parecido a algo sucedido recientemente.
Y lo define de la siguiente manera, “la sustitución de suelos permeables por superficies impermeables (asfalto, hormigón), reduce la infiltración y aumenta el volumen y velocidad del escurrimiento superficial.
Hasta aquí, la preocupación va en aumento, pues la interrogante que surge por necesidad es, entonces, ¿tendremos episodios caóticos cada cierto tiempo en las zonas de desagüe y curso de cañadas, a pesar de su saneamiento? El agua, siempre vuelve a su curso original y ese es uno de los múltiples problemas que afectan a estos canales de agua.
Otro problema y esta vez tiene que ver con los sistemas de drenaje y flujo de aguas es la reducción de tiempo de concentración, lo que significa que, “la canalización informal del flujo a través de calles y contenes, acelera la llegada del agua a los puntos bajos, generando picos de caudal más altos”. Amén de la pavimentación desigual o mal hecha de muchas calles y cañadas, lo que provoca inundaciones periódicas y persistentes.
La preocupación sigue en aumento, cuando el ingeniero manifiesta que la pérdida de almacenamiento natural, es decir, la cantidad de zonas verdes elimina “zonas de retención temporal, aumentando la carga sobre los sistemas de drenaje, y en lugares, donde no existen ni siquiera alcantarillas, y Santo Domingo Este es un ejemplo, qué podrá esperarse, lo de siempre, inundaciones a granel y no solo de cañadas, sino de calles y avenidas por la imprevisión edilicia, desde que fuera declarado municipio. Cabecera de la provincia Santo Domingo.
Ni hablar de los demás municipios, Norte y Oeste, rodeados de cañadas, infecciones, y vertederos al aire libre, que agudizan el efecto devastador de las inundaciones.
Colapsos, tapones, y mala administración de las escorrentías de las cañadas desembocan en caudal de problemas
Al parecer, no basta con la buena intención de las autoridades y los procesos de saneamiento de estas, sino existe un programa efectivo de orientación y educación ciudadana, ya que muchos de estos cauces son entaponados por todo tipo de desechos, entre los que se incluyen cadáveres de animales, lo que aumenta el nivel de contaminación en época de lluvia, y las subsiguientes inundaciones después de saneadas en los alrededores densamente poblados.
Parecería que tanto la naturaleza como los propios cursos de agua se rebelaran contra la inflexibilidad o tozudez del crecimiento urbano incontenible, y en terrenos en los que fácilmente puede ocurrir cualquier desgracia, se sigue construyendo sin ton ni son, y sin los estudios de terreno necesarios, lo que podría degenerar en una catástrofe de proporciones inimaginables.
Y ahora, ¿qué sigue o se espera?
Los programas de saneamiento de cañadas en el país, “muestran resultados técnicos positivos en las zonas intervenidas, con reducción medible de inundaciones y mejora en la resiliencia ante eventos climáticos” responde el ingeniero Sánchez a la pregunta de la viabilidad del saneamiento que se ejecuta actualmente.
Sin embargo, recalca, que, para obtener efectividad a largo plazo, se necesitan tres factores clave. Primero, continuidad de la inversión para cubrir el 100 por ciento de las cañadas críticas a nivel nacional, tarea que no es fácil desde cualquier punto de vista.
Una correcta gestión de residuos sólidos, unido a un programa de educación ciudadana que cree conciencia en la ciudadanía sobre la necesidad de no obstruir la infraestructura construida. Y un mantenimiento preventivo después de realizada la obra, para “garantizar la durabilidad de estas obras”.
Aunque son paliativos del problema común, lo cierto es que, a nivel de ciudad, el Gran Santo Domingo constituye el mejor ejemplo, el problema radica en toda la cuenca urbana y donde desembocan los desechos de las cañadas, ya que, “aunque sanees una cañada, el caudal sigue aumentando por el nivel de urbanización, por lo que no hay un control de escorrentía en el punto de origen, y lo peor, el sistema pluvial continúa siendo inexistente o deficiente”.
La situación no presenta buenos visos de solución, ciertamente el trabajo de las corporaciones de acueducto y alcantarillado en todo el país, tratan de cumplir su rol. La solución del problema no tiene atisbos de solución, por lo menos el saneamiento y recuperación de estos cursos de agua fatales podría ser un paliativo a largo plazo, si se cumplen las exigencias de rigor.
¿Y cuando el problema es un error humano o la avaricia de quienes han sido favorecidos con la construcción de soluciones en las cañadas? El caso de la cañada de Sabana Perdida ilustra la situación.
Un informe pericial de 2021, firmado por Marcelle Ríos, encargada de proyectos de la CAASD, indica que, “en el proyecto original de la cañada Altos de Sabana Perdida, no fue tomada en cuenta la longitud original, faltando 145 metros lineales, lo que trajo consigo un aumento considerable en el presupuesto”.
¿Cuántos errores de este tipo, han o habrán influido en el aumento de los costos de saneamiento? Dejamos a la imaginación del lector la decisión final.