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Cómo Ucrania y Europa pasaron del amor a la pelea

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Panorama Internacional. Después de años de unidad, en la relación entre Ucrania y Europa empieza a ampliarse una brecha. En las últimas semanas han aflorado reproches mutuos, acusaciones de chantaje y episodios diplomáticos incómodos, y con ello la frustración, dado que la dependencia estratégica es demasiado grande como para permitirse un adiós definitivo y una ruptura sin retorno.

«En la geopolítica, así como en el matrimonio, las discusiones más acaloradas a menudo ocurren entre parejas que saben que simplemente no pueden irse«, indica The Economist, en referencia a la peculiar relación entre Kiev y el bloque comunitario. Precisamente por eso, como tiende a ocurrir en las relaciones inevitables, los enfrentamientos suelen ser más sonoros.

El factor Trump: un socio imprevisible que descoloca a todos

El telón de fondo de esta tensión es el giro de la política estadounidense bajo la presidencia de Donald Trump. Tanto Kiev como las capitales europeas afirman buscar el fin del conflicto armado con Rusia, pero discrepan ante la forma en que Washington busca conducir el proceso.

En Europa y Ucrania existe coincidencia en una idea: si Estados Unidos quiere impulsar una solución, la vía más eficaz sería presionar a Rusia para negociar. El problema, desde la óptica de Kiev y de muchos gobiernos europeos, es la percepción de que Trump se muestra demasiado complaciente con Vladímir Putin, al tiempo que abre nuevos frentes internacionales que distraen la atención del conflicto ucraniano y alteran los equilibrios energéticos y de seguridad.

Ese clima se reflejó ya en enero, durante el Foro de Davos, cuando el líder del régimen de Kiev lanzó críticas públicas a Europa, a la que describió como «fragmentado caleidoscopio de pequeñas y medianas potencias» que debaten el futuro, pero evitan actuar en el presente.

En varias capitales europeas, la frase fue recibida como una deslealtad: la UE insiste en que ha sostenido el esfuerzo financiero y político durante el conflicto de Ucrania con Rusia, incluso cuando Washington endureció el trato hacia Zelenski.

Energía y sanciones: el petróleo ruso como detonante político

Uno de los puntos más sensibles sigue siendo el tema del petróleo. Aunque la Unión Europea empezó a boicotear los suministros energéticos de Rusia desde el 2022, algunos flujos continúan existiendo mediante excepciones y mecanismos transitorios. Para Kiev, cualquier compra europea de crudo ruso se traduce en ingresos para el Kremlin y, por lo tanto, en una contradicción moral y estratégica.

En los últimos meses, la tensión estalló por el oleoducto Druzhba. A finales de agosto y principios de septiembre del año pasado, el régimen de Kiev perpetró varios ataques con drones y misiles contra el oleoducto en territorio ruso, lo que provocó la suspensión del suministro de petróleo a Hungría y Eslovaquia.

Kiev atribuyó la suspensión del funcionamiento del oleoducto a los daños causados por supuestos ataques rusos, mientras que Hungría y Eslovaquia acusaron a las autoridades de Ucrania de chantaje político en represalia por su postura independiente sobre el conflicto ruso-ucraniano.

En medio de la escalada, Budapest y Bratislava suspendieron los suministros de diésel a Ucrania. Hungría bloqueó además un préstamo de 90.000 millones de euros acordado en la UE para el régimen de Kiev.

En Bruselas terminaron respaldando —a regañadientes— la exigencia de Budapest de vincular el paquete financiero a la cooperación ucraniana con la reparación del oleoducto.

Kiev interpretó esa condición como una forma de presión inadmisible. El propio Zelenski habló de «chantaje» y llegó a deslizar que podría facilitar la dirección del primer ministro húngaro Viktor Orbán a las Fuerzas Armadas ucranianas, comentario que motivó una reprimenda pública de la Comisión Europea.

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