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30 fugaces años

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Panorama Opinión. Tres décadas en Europa: tiempo más que suficiente para ver cambiar el mundo… y descubrir que a veces lo hace en apenas dos semanas, sin avisar y sin pedir disculpas.

Carlos Gardel inmortalizó aquella sentencia que todo latinoamericano lleva tatuada en el alma: “veinte años no es nada”. Pues bien, si veinte años no son nada, treinta son apenas el arranque. Lo advirtió también Séneca, con su elegancia estoica: no es corta la vida que tenemos, sino mucho la que desperdiciamos. Yo, que recién conmemoré mis tres décadas en Europa sin desperdiciar un solo desengaño, puedo certificar ambas sentencias con lujo de detalles y alguna que otra cicatriz invisible.

El desorden mundial de las grandes potencias

Mi llegada a Italia en la primavera de 1996 tenía el objetivo de hacer una maestría, pero el destino tenía otros planes. Aterricé en un continente que acababa de estrenar los Acuerdos de Schengen —ese experimento audaz de fronteras abiertas— y que en 1998 vivía con horror los bombardeos de Kosovo, mientras yo, desde la bota italiana, miraba arder los Balcanes con esa mezcla de incredulidad y nostalgia que solo entiende quien tiene tierra querida lejos. No es que en el ocaso del siglo XX en Europa se amarraran los perros con longaniza, pero ciertamente todavía el horno estaba para galleticas y bizcochitos. Muy pronto aprendí que no hay mal que por bien no venga y que muchas veces una ventana se cierra para que se abra una puerta.

Cuando eres extranjera, cada peldaño alcanzado representa el doble del esfuerzo. El adjetivo “extracomunitaria” no sólo reflejaba que procedíamos de fuera de la Comunidad Económica Europea: era la etiqueta perfecta para colocarte en un escalón más bajito, amén de que era implícito que cada dama migrante era una trabajadora sexual. Tal era el estigma, que incluso yo misma había desarrollado un rechazo ideológico hacia el destino infausto de muchas hijas de Quisqueya, hasta que vi con mis propios ojos que la soga siempre se rompe por el lado más fino y que es sumamente fácil coger piedra para los más chiquitos. Son innumerables las historias de connacionales atrapadas en redes de trata, otras son auténticas víctimas de familias en la tierra de origen, alcancías siempre repletas e indispensables para resolver el drama de turno. Y en ese triste inventario, no faltaban quienes, lejos de ser víctimas, destacaban en lo negativo con una dedicación que merecía premio: aquellos que en verdad corren y con más empeño vuelan.

La escalada no fue breve, pero sí muy interesante. En 2010, por tiempo de permanencia, buena conducta y religioso pago de impuestos, se me reconoció el derecho al pasaporte italiano: nunca un punto de llegada, sino una meta más en el camino. La ironía del momento no era menor: Europa entera temblaba con la crisis de deuda soberana que amenazaba con llevarse por delante al euro y a Grecia de propina, mientras yo completaba tranquilamente mi primera metamorfosis europea. El entusiasmo en la batalla por la integración de otros compatriotas desembocó en un empeño político acertado en aquel momento.

En 2014 abandoné la bota italiana con destino a ese hermoso país en los Alpes, donde aprendí que el reloj no es un objeto sino una religión y que de cualquier yagua vieja sale tremendo alacrán: bancos privados que mueven millones que se alojan en cualquier anónimo edificio. Luego llegué a la locomotora del continente, entre 2017 y 2019, a tiempo para ver la despedida política de Angela Merkel y en medio de la asombrosa indefinición alemana para conformar gobierno: Jamaica, GroKo, KoKo, NoKo… quien sea de allá sabe perfectamente de qué hablo. La eficiencia germana, tan celebrada, demostraba que donde quiera se cuecen habas. Suecia llegó después, con su silencio que no es indiferencia sino el más alto signo de respeto, y donde la igualdad, cuando es real, no necesita proclamarse.

El privilegio de servirle a mi tierra como diplomática me llevó a conocer a más dominicanos de todas las edades: sueños realizados para muchos, rotos para tantos otros. En este largo caminar aprendí que las traiciones no guardan pasaporte y llegan siempre del lado menos esperado: la compatriota que jura ser “tu hermana de sangre” mientras desliza el puñal por tu espalda, el colega que te abraza en público y te socava en privado. La geografía cambia, la humanidad no tanto.

Pasada la pandemia de 2020 —ese paréntesis que suspendió el mundo y nos recordó que la vida se interrumpe sin previo aviso— llegó el país de los molinos de viento y los tulipanes, famoso por su mentalidad abierta y su tolerancia. Una oportunidad para confirmar que la competencia entre mujeres, en la vida laboral, política o personal, suele ser más soterrada pero igual de despiadada, y que las traiciones más inesperadas provienen de quienes menos imaginas, sean de uno o de otro género.

Vista general de edificios residenciales durante un día lluvioso en un suburbio al sur de Beirut, cerca del Aeropuerto Internacional Beirut-Rafik Hariri, Líbano, 15 de marzo de 2026. EFE/EPA/Wael Hamzeh.

Hoy, desde la Madre Patria —tierra que con sus luces y sombras ha moldeado nuestra historia— cierro estas páginas con varias verdades aprendidas a fuego lento. Que hay que aprender a decir que no: en nuestra cultura se disfraza de “casi seguro que sí”, y decirlo con respeto es también un acto de amor. Que verdaderamente es mejor solos que mal acompañados: no es amargura, es higiene. Y que nunca debemos perder nuestra identidad ni renegar de nuestros orígenes. Una cosa es hablar inconscientemente con una melodía distinta; otra es pretender que nuestro idioma se nos ha olvidado.

Treinta años. Seis países europeos, desplazamientos por trabajo y esparcimiento en cuatro continentes. El euro, el Brexit, una pandemia, guerras que creíamos extintas y una inteligencia artificial que nadie sabía pronunciar en 1996. He visto a Europa construirse, ampliarse, dudar de sí misma y reinventarse.

Y mientras tanto, yo también. No vine a ser europea, pensaba quedarme sólo dos años y sin darme cuenta me convertí también en ello, y hoy sufro y me desespero ante la evidente inestabilidad que se avecina. Mis amadas metáforas dominicanas siguen presentes, enriquecidas por las de otras latitudes; mi acento se ha transformado, pero sigo diciendo chisme y no entuerto, sigo diciendo popi y no pijo, y trato de encontrar humor en las adversidades, que es, a fin de cuentas, la mayor habilidad que nos regaló el Caribe.

Si Gardel tenía razón y veinte años no son nada, entonces treinta son sólo el principio. Lo cual, permítanme ser franca, me parece a la vez esperanzador… y ligeramente agotador.

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