Por: Kirsis Días | 18 de Mayo, 2026
Un país conmocionado, aturdido, escandalizado. Una situación inenarrable de horror e incredulidad. ¿Rabia, envidia, poder, vanidad, dinero? Todavía no se conoce a fondo qué llevó a estos dos jóvenes a terminar con la vida de un inocente y ¡de qué manera! Sin contar las supuestas o verdaderas complicidades involucradas.
Primo de la víctima y autor intelectual del crimen; entregó al niño y participó activamente en su trágico asesinato.
Amigo de Redondo Llenas y coautor del asesinato; ayudó en el rapto y colaboró materialmente en el hecho de sangre.
Niño dominicano de 12 años y víctima de un brutal asesinato cuyo móvil profundo y ensañamiento continúan siendo un misterio insondable.
El niño José Rafael Llenas Aybar es engañado por su primo, Mario Redondo Llenas, con una falsa exhibición. Redondo y Juan Manuel Moliné Rodríguez lo trasladan al arroyo Lebrón, asesinándolo brutalmente.
El cuerpo sin vida del menor José Rafael Llenas Aybar es hallado flotando en el arroyo Lebrón, presentando treinta y cuatro puñaladas, atado de pies y manos con cinta adhesiva.
Tras rápidas requisas en sus viviendas coloniales, las autoridades policiales detienen formalmente a los sospechosos Mario Redondo Llenas y Juan Manuel Moliné Rodríguez, quienes confiesan su participación en el crimen.
El sistema judicial de Santo Domingo condena al autor intelectual, Mario José Redondo Llenas, a la pena máxima de treinta años, y a su cómplice, Juan Manuel Moliné Rodríguez, a veinte.
Tras un recurso de apelación interpuesto por la defensa, los jueces ratificaron las condenas originales, confirmando treinta años para Mario Redondo Llenas y veinte años de prisión para Juan Manuel Moliné Rodríguez.
El condenado Juan Manuel Moliné Rodríguez sale finalmente en libertad de la cárcel de Najayo tras cumplir íntegramente su sentencia de veinte años de prisión por la coautoría del crimen.
Mario José Redondo Llenas sale en libertad condicional definitiva tras cumplir la pena máxima de treinta años en prisión por la autoría intelectual y material del asesinato de su primo.
A pesar de las estrictas órdenes contrarias provenientes de las más altas esferas del poder, el entonces jefe de Homicidios, coronel Rafael Oscar Bencosme Candelier, asumió grandes riesgos personales para investigar y contextualizar el asesinato. Su valiente esfuerzo, respaldado posteriormente por el fiscal Francisco Domínguez Brito, permitió la judicialización criminal directa contra los dos jóvenes imputados.
El magistrado Alexis Henríquez Núñez enfrentó graves amenazas desde diversos escenarios sociales, empresariales y diplomáticos para que detuviera las indagatorias. El caso tomó forma legal gracias a su firmeza frente a estos poderes e incluso descubrió que uno de los policías asignados a su custodia pertenecía en secreto al entorno de los sospechosos.
Un papel semiborrado con un número telefónico, caído en la escena del crimen, inició el proceso de instrucción. La investigación criminal tomó un rumbo impactante al descubrir agendas de rituales satánicos que involucraban directamente al esposo y al hijo de Teresa Meccía de Palma, entonces embajadora de Argentina, quienes evadieron la justicia gracias a su inmunidad diplomática.
Los especialistas José Miguel Gómez y Jonathan Bravo coincidieron en que los agresores presentaban un marcado trastorno de personalidad antisocial, caracterizado por el egocentrismo, la manipulación y una ausencia total de arrepentimiento. Tras treinta años de reclusión, la liberación de Redondo Llenas sin recibir la terapia adecuada cuestiona severamente la eficiencia del sistema penitenciario nacional.
La frialdad sobrecogedora fue la constante, el silencio obstinado, el compañero diario de los interrogatorios. Miradas solapadas, complicidades ocultas, amenazas y al final, un juicio de fondo que terminó en dos condenas a 30 años, aunque a uno de los acusados se le redujo la pena en Apelación, por haber ¿cooperado? con la justicia.
Los recuerdos afloran lentamente, para convertirse en un raudal de remembranzas de quienes, en su momento, formaron parte de las investigaciones y el proceso judicial llevado a cabo, y que en este mes de mayo culminó con la liberación de Mario José Redondo Llenas, primo hermano de la víctima y perpetrador principal del asesinato.
Juan Manuel Moliné Rodríguez fue liberado hace diez años, sin que se sepa qué ha sido de su existencia.
Lo cierto es que es necesario recordar para que la sociedad sepa lo sucedido y se puedan adoptar medidas tanto legales como a lo interno de la familia, para evitar este tipo de sucesos, es la opinión de algunos entrevistados.
El caso conmocionó a la sociedad entera, al punto, que muchos de los que actuaron como agentes y auxiliares de la justicia en su momento, prefieren quedar en el anonimato, mientras otros hablan de lo sucedido de manera directa.
Entonces coronel, jefe de Homicidios, Rafael Oscar Bencosme Candelier, logró, pese a órdenes contrarias de muy arriba, contextualizar el asesinato, aunque fueron tantas las trabas, que solo pudo, en su momento, acusar de manera directa a los dos amigos, pero los entrevistados, todos, reconocen el esfuerzo realizado por el oficial policial, y los riegos asumidos.
Al respecto, el fiscal del Distrito Nacional, que sustituyó a Zoila Martínez –estamos en plena etapa de cambio de gobierno, 1996–Francisco Domínguez Brito, reconoce la labor realizada por Bencosme Candelier y recuerda una entrevista con Moliné Rodríguez, en la que este dijo “no supe o no pude decir que no”, respecto a su complicidad en el asesinato del menor, aunque la desaparición de la vestimenta del menor empañó un tanto la investigación, ya que era pieza clave para determinar y esclarecer situaciones.
Fue en el proceso de Instrucción del asesinato, llevado a cabo por el entonces juez de Instrucción de la Séptima Circunscripción del Distrito Nacional, Alexis Henríquez Núñez, que el caso tomó forma, a partir de las indagatorias y la detención de los principales acusados, este magistrado también enfrentó amenazas de todo tipo y desde diversos escenarios. Para que desistiera de las investigaciones, relata a Panorama.
Un papel semi borrado, con un nombre y teléfono, es la primera pista para el inicio de una investigación, que estuvo revestida de amenazas, pero que al final, se llevó a cabo para pasar al juicio de fondo, ponen en evidencia los poderes a que se enfrentaron todos los que formaron parte de la investigación que llevó a la condena final, capítulo que cierra en este 2026 con la puesta en libertad de Mario José Redondo Llenas. El papel se le había caído en la escena del crimen a Moliné.
En este caso hubo, desde rituales satánicos hasta tráfico y consumo de drogas, como atestigua el exjuez de Instrucción Alexis Henríquez Núñez, quien hace revelaciones hasta hoy inéditas en el transcurso de la investigación judicial.
Una revista publicada en Puerto Plata, llegó a las manos del magistrado, en la que había un calendario de rituales satánicos, llevados a cabo en distintos puntos del país, inició una segunda etapa en la investigación criminal, que terminó con la inclusión del esposo y uno de los hijos de la entonces embajadora argentina en el país, Teresa Meccía de Palma.
Saltos en la memoria, van hilando una trama de maldades anteriores cometidas por los confesos asesinos, que iban desde robos menores, hasta cobros compulsivos bajo amenazas a estudiantes del colegio Loyola, en donde estudiaron.
Dos personalidades oscuras, englobadas dentro de lo que en psiquiatría se denomina como trastorno de la personalidad antisocial, protagonizaron uno de los sucesos más escalofriantes a nivel criminal en el país.
El asesinato de 34 puñaladas y luego un corte a nivel de la arteria yugular (decapitación), de José Rafael Llenas Aybar, primo hermano de Mario José Redondo Llenas, quien fue liberado sin haber recibido terapia alguna en la cárcel Najayo hombres, donde ha estado recluido durante 30 años, pone entredicho la eficiencia del sistema penitenciario nacional desde siempre.
Uno de los protagonistas en materia judicial, que tuvo a cargo la investigación preliminar que dio por resultado el sometimiento formal a la justicia, habla a Panorama sobre el caso, que todavía conmociona por las particularidades que le dieron origen, y la saga de imitaciones que devinieron después. Lo malo se pega y se reproduce, dice uno de los entrevistados que pidió reservas de su nombre.
Alexis Henríquez Núñez conserva, tanto en su memoria como en el papel, todo el tortuoso proceso de investigación judicial. Nos prestó el proceso de Instrucción que mantiene encuadernado, con paginas amarillentas por los años, pero que permite desglosar todo un entramado de situaciones anómalas, lo que, sumado a los recuerdos imperecederos, colocan de nuevo en el tapete el asesinato y sus consecuencias posteriores.
Recuerda que después de hallar el cuerpo del menor en el arroyo Lebrón, a nivel del kilómetro 22 de la autopista Duarte, la entonces fiscal, Zoila Martínez, le encomienda personalmente el caso. A partir de ahí, todo fue un enfrentamiento entre fuerzas de poder, policiales, sociales, empresariales y diplomáticas, que trataron de frenar las investigaciones bajo todo tipo de amenazas, personales y familiares, hasta infiltración directa en las investigaciones. Uno de los policías asignados a la custodia del juez, resultó ser un empleado de Luis Ángel Palmas de la Calzada, asignado por los altos mandos policiales a la embajadora.
Lograr armar un caso en ese momento fue tarea de titanes. Henríquez Núñez agradece, hoy, 30 años después, a todos los que de una u otra manera, ayudaron a conformar un expediente que terminó en juicio y condena final, aunque dos de los imputados escaparon gracias a la inmunidad diplomática.
Este fue un episodio de atrevimiento y osadía del juez de Instrucción, quien incluyó en el expediente al esposo y uno de los hijos de la entonces embajadora de Argentina, Teresa Meccía de Palmas, a pesar de tener inmunidad diplomática por lo establecido en la Convención de Viena de 1961 y el Código Benavente de Derecho Internacional.
Luis Ángel Palmas de la Calzada, esposo de la diplomática, cuyo mérito principal fue pertenecer a la temida triple A (Alianza Anticomunista Argentina) brazo ejecutor del peronismo luego de Perón y Martín Palmas Meccía, hijo, forman parte de la providencia calificativa del entonces juez de Instrucción Henríquez Núñez, quien solicitó al gobierno argentino retirar el fuero de inmunidad diplomática a la familia.
El asunto llegó lejos, tanto, que, durante las investigaciones, el juez se encontró con celebración de actos satánicos, tráfico de estupefacientes, intentos de secuestro y contrabando de vinos, sin excluir la trata de blancas, desde el país hacia Argentina, un expediente bastante pesado que involucró a la embajadora y su familia. Pero eso es harina de otro costal.
Tiempo después, se enteró que Carlos Menem, había concedido la petición y había retirado la inmunidad de los argentinos, pero el presidente Joaquín Balaguer, ordenó silenciar el asunto, ya que esperaba la máxima condecoración del gobierno argentino, cosa que nunca ocurrió, y las relaciones entre ambas naciones se enfriaron un poco, relata Henríquez Núñez y lo confirma personal de la Cancillería dominicana, que trabajó en la época, pero quiere reservas de sus nombres.
Entonces coronel, jefe de Homicidios, Rafael Oscar Bencosme Candelier, logró, pese a órdenes contrarias de muy arriba, contextualizar el asesinato, aunque fueron tantas las trabas, que solo pudo, en su momento, acusar de manera directa a los dos amigos, pero los entrevistados, todos, reconocen el esfuerzo realizado por el oficial policial, y los riegos asumidos.
Al respecto, el fiscal del Distrito Nacional, que sustituyó a Zoila Martínez –estamos en plena etapa de cambio de gobierno, 1996–Francisco Domínguez Brito, reconoce la labor realizada por Bencosme Candelier y recuerda una entrevista con Moliné Rodríguez, en la que este dijo “no supe o no pude decir que no”, respecto a su complicidad en el asesinato del menor, aunque la desaparición de la vestimenta del menor empañó un tanto la investigación, ya que era pieza clave para determinar y esclarecer situaciones.
Fue en el proceso de Instrucción del asesinato, llevado a cabo por el entonces juez de Instrucción de la Séptima Circunscripción del Distrito Nacional, Alexis Henríquez Núñez, que el caso tomó forma, a partir de las indagatorias y la detención de los principales acusados, este magistrado también enfrentó amenazas de todo tipo y desde diversos escenarios. Para que desistiera de las investigaciones, relata a Panorama.
Premeditación, complicidad, eliminación de pruebas, ausencia de sentimientos, es lo que revelan los Considerandos expuestos en las páginas 59 y 60 de la providencia calificativa 001-97, de fecha 28 de enero de 1997, para solo poner un ejemplo.
Una carta escrita por Mario José Redondo Llenas, en la computadora de su padre, Mario Raúl Redondo, solicitando rescate por su primo y borrada por su padre, constituyen una clara muestra de que hubo complicidades afectivas en el caso, lo que corroboró también Moliné Rodríguez, al aceptar participar en el secuestro.
Toda una trama de novela de horror y sangre, todavía mantiene en zozobra al magistrado Henríquez Núñez, 30 años después, cuando manifiesta, “hay muchos elementos complejos, difíciles de asimilar, que persisten hoy día, degradación moral, ética, juntas inadecuadas, recordar, este caso es penoso y doloroso para mí, hoy”, confiesa.
José Miguel Gómez, psiquiatra, docente y escritor, dice que, en su momento, la comisión encargada de realizar el estudio conductual de Redondo Llenas y Moliné Rodríguez, determinó psicopatía en ambos acusados, de distinta manera, claro, explicando que este tipo de comportamiento tiene unos lineamientos específicos que se unen a otros trastornos conductuales, pero al final, convergen en un patrón de comportamiento parecido, pero no igual.
En este sentido, afirma que la falta de sentimientos, de arrepentimiento, la manipulación, egocentrismo, forman parte de la sintomatología psicopática, que fue la definida por los tres profesionales de la conducta, que, en su momento fueron los encargados de hacer el análisis a ambos acusados.
De igual manera opina Jonathan Bravo, psicoterapeuta en ejercicio, quien no puede emitir un juicio determinante, debido a que no conoció, de manera directa el caso, al manifestar que los trastornos de los dos asesinos pueden inscribirse en el espectro de la sociopatía y psicopatía.
Lo que sigue rondando las mentes y los sentimientos de quienes participaron de manera directa, de una forma u otra en el caso, es la frialdad exhibida por ambos acusados, la falta de arrepentimiento, uno de los investigadores judiciales, afirma que, durante el juicio penal, Redondo Llenas, “no soltó una lágrima, a pesar de todo su teatro”.
Lo mismo expresa Alexis Henríquez, quien añade, que, el padre de Redondo Llenas le confesó durante la investigación, que era mitómano, aunque uno de los investigadores, afirma que fue el padre quien le inculcó los sentimientos de envidia y retaliación que terminaron en un asesinato horrendo y horrible, que no se borra de la mente de quienes en su momento vivieron el “espectáculo” en que se convirtió el juicio que culmina en este mes de mayo con la liberación de Mario José Redondo Llenas,
quien estudió en la cárcel, pero no recibió la terapia necesaria para su real y verdadera reinserción social.
La misma incógnita persiste. ¿Podrá reinsertarse a una sociedad cambiante después de 30 años? Un asunto de primer orden, en el que los protagonistas judiciales insisten es: “una sociedad cada día más permisiva, con esquemas sociales cambiantes y un culto a la violencia social en todos los sentidos”, constituye un caldo de cultivo para que suceda cualquier cosa.
Tras cumplir tres décadas de prisión, Mario Redondo Llenas mantiene firmemente su declaración original de 1996, señalando a Luis Palma de la Calzada como el autor intelectual adulto del asesinato. Redondo lamenta que las autoridades de la época consideraran su testimonio como una simple estrategia para evadir culpa, catalogando hoy de estéril cualquier reclamo judicial debido al fallecimiento de Palma.
A pesar de las graves acusaciones y de un posterior dictamen de juicio en contumacia, la familia Palma Meccia abandonó apresuradamente República Dominicana en agosto de 1996. Amparados bajo el artículo 31 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, gozaron de total inmunidad jurisdiccional penal, impidiendo que la fiscalía ejecutara requisas o allanamientos en su residencia oficial.
El Ministerio Público de la época, representado por el entonces fiscal Francisco Domínguez Brito, descartó formalmente cualquier manipulación de la delegación extranjera en el asesinato. La hipótesis judicial ratificada sostiene que Redondo y Moliné Rodríguez actuaron solos, motivados exclusivamente por ambiciones financieras y consumismo, utilizando teorías de influencia diplomática para intentar atenuar la gravedad de sus condenas.
Redondo Llenas rechaza la etiqueta de psicópata impuesta de manera ligera por los profesionales de la conducta durante el juicio, argumentando que su comportamiento carcelario contradice dicho diagnóstico. Asimismo, denuncia el total abandono del sistema penitenciario, el cual interrumpió sus terapias psicológicas tras los dos primeros años y omitió evaluaciones previas a su inserción definitiva en la sociedad.
Una investigación mal realizada, dinero, status, poder, pueden dar un giro inesperado al sentido de justicia. En el crimen del niño José Rafael Llenas Aybar, no queda claro, cuál influyó, lo que sí, 30 años después cobra sentido que no todos los involucrados en este cruel asesinato pagaron con cárcel, al parecer, quien orquestó el plan, fue dejado en libertad.
En 1996, durante el proceso judicial, Mario José Redondo Llenas, señalaba a Luis Palma de la Calzada, esposo de la entonces embajadora de Argentina en el país, Teresa Meccía de Palmas, como parte conceptual del crimen, tres décadas después la versión persiste.
“Yo dije como mejor pude en Instrucción, hace 30 años, que yo estuve primero por iniciativa propia pero eventualmente perdí el control por un vínculo que tenía con unas personas que en aquel momento, en mi inmadurez, lo vi como una situación que podía manejar y eventualmente me di cuenta que no tenía esa capacidad, y yo a través de una serie de situaciones, que ya las dije en Instrucción, dieron paso a que esas personas fueran sometidas”, respondió Redondo Llenas al preguntarle durante la entrevista exclusiva con Panorama, si recibió instrucción de alguna persona.
¿Quién más que él podría revelar quiénes participaron en la planificación de aquel asesinato? ¿Si en esa época se creía que lo decía para descargarse de culpa, ahora, tras salir y cumplir su condena, por qué mantiene la implicación de terceros, específicamente, de Luis Palma?
“Me refiero a su esposo, vamos a decir que ahí, era el adulto, pero qué vamos a lograr ahora que no logró un proceso que lo sometió a justicia y que en la providencia calificativa que se me entregó ellos fueron imputados, esto ahora, lo veo estéril y tengo el suficiente conocimiento para decirle a usted, que estoy seguro de que esto puede generar interés, pero no hay ninguna vía legal para hacer justicia a esas personas y si usted me pregunta yo me siento reconciliado con mis 30 años y voy a cargar con ese dolor siempre”, agrega a su respuesta.
A pesar de estar señalados y quizás por el velo de la inmunidad diplomática que les protegía, las autoridades judiciales no determinaron su posible implicación y permitieron la salida del país de la familia Palma Meccias, en agosto de 1996; una salida apresurada que a su llegada a Argentina generó interrogantes. Los medios argentinos hablaban de un allanamiento por parte de la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD), a la vivienda de la embajadora en Santo Domingo, tras la denuncia de supuesto tráfico de drogas. Destacan que, en la casa encontraron impactos de balas en las paredes y capsulas de bala en el suelo. Sin dudas, acumulaban un cuestionable historial.
“Cuando estaba en Instrucción el juez investigándome y claro, no por las razones que lo creo ahora, pero en aquel momento yo me lo creía que ellos eran muy importantes y que ellos podían manipular las cosas. Y pensando que era así, yo le decía al magistrado Alexis, que ya no es juez, hecho yo un guiñapo, yo le decía magistrado esto no tiene sentido, esto no va para ningún lado. Y no tengo quejas con él porque hizo lo que pudo, porque en ese momento yo no tenía conocimiento para saber lo que iba a pasar, yo no sabía que ellos tenían inmunidad diplomática, ni sabía cuáles implicaciones tenía eso, eso no lo sabía. Entonces, terminó siendo un muchacho que hoy le dice, no rehúye de esa responsabilidad como adulto, un muchacho más o menos solo, porque yo tuve un abogado casi un año después de que me pusieran en Instrucción. Terminé siendo yo solo con el cariño de mi familia. Y desde entonces, resulta que los argentinos o que el señor Palma me lo inventé yo, uao”, recuerda decepcionado Redondo Llenas.
Los registros de prensa indican que, tras abandonar Santo Domingo, la familia se estableció en la ciudad Mar del Plata, en Argentina. Pero, en 1998 pese a que un tribunal consideró procedente juzgarlos en contumacia, figura jurídica hoy inexistente, no se instrumentó ningún proceso judicial en su contra debido a lo establecido en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961, cuyo artículo 31 dispone que los agentes diplomáticos gozan de inmunidad de la jurisdicción penal del Estado receptor. Además, están protegidos frente a la jurisdicción civil y administrativa, no están obligados a testificar y no pueden ser objeto de medidas de ejecución, salvo excepciones específicas que no vulneren la inviolabilidad de su persona o residencia.
Tener en frente a una Justicia incrédula a su testimonio sobre el señor Palma, al principio, confiesa, le resultaba frustrante.
“Eventualmente, lo acepté y llegué a la convicción de que lo único que yo podía hacer era cumplir con la responsabilidad mía. Caerle atrás a fantasmas porque ya son fantasmas no solamente es estéril desde el punto de vista mío ahora, porque cuando pude, hice lo que pude, y luego pagué el precio y acepté que la realidad se acomodara, y claro, ya daba trabajo, pena hablar de los argentinos, hablar del señor Palma porque si se hablaba de eso podía considerarse una atenuante, la gente se convenció de que yo no merecía ninguna consideración y ya ellos no estaban aquí, entiendo que se hizo un esfuerzo de traerlo, entiendo que eso fue infructuoso, así que ya no tenía sentido, porque cuando me ponía a hablar de alguien que ya estaba fuera del país y no había forma de traerlo, entonces, era, este tipo lo que está tratando de descargar su culpa sobre otro”, continúa su relato.
En la actualidad tras el fallecimiento de Palma de la Calzada, asegura que nunca quiso descargarse de responsabilidad, solo informar lo que sabía, como una forma de esclarecer lo sucedido como le pedían los jueces.
“Que seguramente era incoherente e incompleto, lógico. Yo era un muchacho”, añade.
Escuchando todo lo que has dicho hasta ahora, actuaste bajo la influencia del esposo de la embajadora de Argentina en esa época, ¿solo de él o también de su hijo?, se le pregunta intentando tener algo más de información a pesar de su idea de ya para qué.
“Es muy complejo reconstruir eso tanto tiempo después. Cuando se habla de influencia en una situación penal, que, por cierto, es difícil demostrarlo, entonces, se siente que eso de alguna manera recalibra la culpa, porque una persona que actuó bajo coacción o bajo algún grado de coacción, no puede ser igual de responsable penalmente, humanamente no puede ser igual de responsable, que una persona que ha actuado libremente, felizmente. En aquel momento, porque para saber quién yo era, qué podía ocurrir conmigo, qué tan influenciable yo podía ser, había que ponderar cuál era la estructura de mi persona en ese momento al margen de mi juventud, esa es una oportunidad que ciertamente la hubo, hubo la posibilidad de verificar más o menos qué tipo de persona yo era”, argumenta.
Pero, lamenta que en lugar de evaluar si fue inducido a cometer el crimen, los responsables del caso, permitieron el dictamen de un diagnóstico médico con el que a la fecha difiere.
“Yo no quiero entrar en ponderaciones para la que no tengo la calificación profesional del trabajo que hicieron los sicólogos y los psiquiatras que hace 30 años me vieron, una o dos horas aquí y de ahí salieron a la televisión. No me voy a poner en eso y pienso que no tiene mucho sentido. Lo que creo es que ese diagnóstico que se dio y del que todavía hay gente que porque tengo las cejas juntas dice que parezco psicópata, a ese nivel de ligereza podemos llegar, pero si usted revisa cuáles son las condiciones para recibir un diagnostico como ese probablemente yo no las cumplía en aquel momento, pero si revisa cómo me he manejado desde entonces, y quizás alguien dirá es un psicópata y está simulando, pero 30 años simulando, no se puede”, concluye y con esto cerró los detalles ofrecidos sobre la familia diplomática a la que, según estas declaraciones, una vez un sistema de justicia débil permitió que partieran libres sin pagar por el plan macabro que armaron.
No se hallaron pruebas físicas directas que los vincularan al asesinato y la tesis que manejó el Ministerio Público durante el juicio, fue que Mario Redondo y Juan Manuel Moliné, actuaron motivados por dinero y consumismo, particularmente por el interés de aparentar un estilo de vida que no podían sostener. Francisco Domínguez Brito, para la época fiscal y quien dio seguimiento de cerca al caso junto a otros investigadores, a la fecha descarta que existieran manipulaciones ejercidas por los diplomáticos para que se cometiera el crimen.
El motivo del secuestro fue dinero”, expresó Domínguez Brito durante una entrevista televisiva en la que, tras la salida en libertad de Redondo Llenas, volvió a referirse a uno de los procesos judiciales más impactantes de la historia criminal de República Dominicana.
“Muchas de estas teorías eran para promover que ellos no debían ser condenados por ese crimen tan atroz, porque fue por influencia y fue una serie de cosas”, afirmó en unas declaraciones que previo a esta entrevista pudieran tener sentido. Ahora, el desconcierto, es sin dudas mayor: ¿la justicia falló permitiendo la condena de solo una parte?
De acuerdo al Código Penal vigente si una persona comete un delito porque otra la influenció mediante promesas, amenazas o abuso de poder, la ley dominicana considera a esa persona «influenciadora» como un cómplice (o autor intelectual).
“Cuando pude y en la instancia que me correspondía, dije todo lo que yo sabía, y yo esperaba que, así como a mí me allanaron en mi casa, que hubieran ido a la casa de él (en referencia al señor Palma), y lo allanaran, pero no”, enfatiza sin titubear Redondo Llenas, ahora de 49 años.
Pero, el motivo del secuestro sigue siendo un cabo suelto en esta historia: ¿dinero, satanismo, ambos?
“No, yo no practicaba el satanismo. La pregunta es válida, pero se hubiera podido responder mejor si otras personas me hubieran acompañado en este proceso, por ejemplo, si el señor argentino hubiera estado conmigo estos 30 años quizás eso se hubiera respondido mejor. Pero, yo no era satánico, no práctico el satanismo eso no es algo que a mí me resulte”.
Por el caso, Los Palmas solo se enfrentaron a la destitución de las funciones diplomáticas de la embajadora, debido a la presión mediática y las acusaciones contra su esposo y su hijo, Martín Palmas Meccia. De ser ciertas estas declaraciones, queda esperar que la justicia divina, haga su parte.
Haciendo énfasis en el diagnostico recibido en 1996, asegura que, hasta ese momento no contaba con un diagnóstico previo al de psicópata, ofrecido durante el juicio.
“No tenía historia de psicopatía hasta ese momento. Y yo escuché las explicaciones una y otra vez que se dieron en el Tribunal y todavía hay gente que recurre a eso porque siento que es una explicación que deja tranquilo a muchos. El hombre es un malvado, siempre fue un malvado, no sabe diferenciar entre el bien y el mal, no le importa, es indiferente y en consecuencia no hace falta otra explicación, siento que fue útil ante cualquier duda de otra cosa”.
Los primeros dos años recibió terapia sicológica, posteriormente, no recibió más visitas de psiquiatras. Una debilidad que también se carga al sistema penitenciario que debería dar seguimiento a la salud mental de los reclusos con este tipo de diagnóstico sea válido o no. Y previo a su salida, un estudio médico que garantice una reinserción segura en la sociedad.
A las puertas de recuperar su libertad, Mario Redondo Llenas confiesa experimentar una compleja mezcla de ansiedad y maduro arrepentimiento. Consciente del irreparable daño infligido a sus tíos y a la sociedad, afirma que vive su culpa día a día, entendiendo que no puede controlar la incredulidad pública y eligiendo transformar su remordimiento en un testimonio de respeto hacia la memoria de la víctima.
Al ser interpelado sobre los motivos y las 34 puñaladas, Redondo alega que en 1996 era un joven influenciable dominado por un afán de figuración y símbolos de poder. Describe haber actuado en un estado «automático» y fuera de sus cabales, reconociendo que los hechos carecieron de orden lógico y que la extrema violencia empleada no obedeció a un plan racional.
El entrevistado reveló que encontró el derecho a pedir perdón a través de la lectura de los evangelios, un hábito inculcado por su fallecido padre. Respecto a Juan Manuel Moliné Rodríguez, confirmó que hablaron escasamente durante el encierro y que, aunque le desea el bien, consideró injusta su estrategia legal de defensa basada en atacarlo para aminorar la propia condena.
Redondo Llenas enfocó sus tres décadas de reclusión en la enseñanza de idiomas y el desarrollo de centros educativos dentro de los recintos penitenciarios, donde además se graduó en Derecho. Tras salir de Najayo, respaldado por su hijo de 21 años, planea trabajar en el sector agropecuario y dictar conferencias académicas para prevenir la delincuencia juvenil en el país.
El ambiente era tenso. Días antes de salir del Centro de Corrección y Rehabilitación Najayo, en San Cristóbal, tras cumplir su condena de 30 años de prisión por el asesinato de su primo José Rafael Llenas Aybar, Mario José Redondo Llenas, accedió a conversar por primera vez con un medio de comunicación.
No era una entrevista común. Ni siquiera un asesinato común. Se trataba de un tema difícil de abordar. Preguntas y respuestas incómodas, y un caso que, de manera casi inexplicable, tres décadas después, lacera el alma.
Aquel joven, de 19 años, que, durante el juicio, fue tan reservado, no derramó una lágrima y poco se le escuchó hablar, ahora, a pesar de los nervios que le provocaba el momento, es quien hace la primera pregunta: ¿Me tienes miedo?, se dirigía al camarógrafo mientras le colocaba el micrófono.
La conversación comenzó con prudencia, pero con la expectativa de responder las preguntas que quedaron en el corazón de la familia de aquel niño asesinado, y de todo un pueblo que lamentó su partida. Respuestas, que, darían un cierre definitivo a una herida que lleva décadas en el corazón de los dominicanos.
Su salida de la cárcel, destaca Mario Redondo, parecería tener una respuesta obvia, pero no.
“La mejor manera de definirlo es que tengo muchas emociones corriendo al mismo tiempo”.
Con una madurez acentuada en su rostro, respira profundo y habla de sus emociones a días de salir en libertad.
“Tengo la sensación de arrepentimiento, que he buscado cómo transparentarlo, pero es muy difícil, porque nunca parece ser suficiente. No puedo esconderte que a pesar de los mejores esfuerzos que he podido hacer, siempre resulta chocante que, de forma tan ligera, sin otra ponderación, se descarte esa posibilidad y se diga: no está arrepentido, pero aprendí con el tiempo, que no me puedo concentrar en convencer a nadie porque no está en mi poder, lo que puedo hacer es, vivir ese arrepentimiento, y desde entonces, he tratado de que mi vida sea un testimonio de arrepentimiento donde he estado”, confiesa.
Admite que sale de prisión con ansiedad, temor y con la absoluta conciencia del daño provocado.
“Entré a prisión con 19 años, luego tengo 30 años de una prisión que ha sido muy dura, muy aleccionadora, pero nunca fácil. Siento que me faltan las palabras para poder explicar todo lo que llevo. Pero, intento encontrar un equilibrio para poder hacer lo que hice cada vez que sentí la tentación de desesperarme: vivir un día a la vez. Me ponía metas de llegar al mediodía y al final del día, y así acumulé días, semanas, meses, y nunca se puso fácil”.
A medida que avanza la entrevista, el sentimiento de desconcierto y tristeza es inevitable. ¿Qué llevó a este joven a destruir parte de su vida y la de toda una familia? ¿Problemas familiares? ¿envidia? ¿qué relación tenía con el niño y los tíos?
“Nadie me había hecho esa pregunta en todo este tiempo. La relación que yo tenía con el niño era la que se puede esperar por la diferencia de edad. No andábamos siempre juntos, ninguno vivíamos en la casa del otro, pero era una relación de afecto. Quizás alguien diga, y eso es lo que tú le haces a alguien que le tienes afecto, pero digo, bueno, por eso es más complicado, pero digamos que no había una mala relación, ni con mi primo, ni con mis tíos. El que falté fui yo, el que dañé fui yo, el que rompí el vínculo de confianza fui yo”, responde Redondo Llenas.
Al tiempo, confiesa, que fue alguien muy querido por sus tíos y no tuvo, ni tiene de parte de ellos “absolutamente” ningún reclamo.
“Lo único que puedo decir, es de aquí en adelante, y con esto no estoy salvando ni sanando nada, es que lo siento, que mi arrepentimiento lo he tratado de vivir y concretizar en obras, que no se quede en teoría y para ellos, respeto todo el tiempo”.
Envidia hacia el niño, no existía, afirma ya con un tono de voz y una mirada más apagada; se percibe un cambio de ánimo.
Y ahora, una interrogante inevitable: ¿qué te llevó a cometer ese crimen?, pregunta la periodista de manera directa al asesino confeso del niño Llenas Aybar.
“A lo largo de los años y en cada punto de mi vida, porque la persona que era cuando tenía 19 años y le pudieron hacer esa pregunta, no es la misma ahora. Yo sé que corrió más de una versión y una de esas era que yo era una especie de enfermo mental, yo no tengo una respuesta que yo pueda dar ahora con la que me sienta absolutamente tranquilo”, responde haciendo pausas y tomando tiempo para pensar.
Se aferra al testimonio de que en esa época era muy joven y se juntó con personas equivocadas.
“En un momento dado me movió una ambición, un afán de figuración en términos de acumular símbolos de poder, de ser exitoso como lo entendía yo torcidamente en ese momento, y la gente con la que me juntaba, si te digo eso y que eso está íntimamente vinculado a lo que terminó siendo mi participación en este caso, entonces, va a aparecer gente que va a decir, él está tratando de descargar culpa”.
Olvidemos las conclusiones que se puedan sacar, queremos escuchar tu versión ahora: ¿qué te llevó a cometer ese crimen?, se insiste. La respuesta tardó unos segundos más que las anteriores, y titubeando dijo:
“Yo perdí el control, yo…”, respira profundo y vuelve a pensar. “Me dejé llevar y me coloqué en situaciones que me hicieron sentir que no tenía control, ¿es eso una excusa?, no”.
Sobre la planificación del asesinato, las investigaciones de las autoridades judiciales indican que Mario Redondo Llenas confesó haber recibido un kit de secuestro que incluía un mapa, un beeper, un walkie-talkie y una caja con instrucciones específicas sobre dónde llevar y amarrar al niño. El presunto móvil se gestó inicialmente como un secuestro extorsivo motivado por la ambición económica de los perpetradores. Se dice que antes de decidirse por su primo, los captores consideraron otros objetivos, como la hija del dueño de la Librería Susaeta y el hijo de un empresario de apellido Villeya. 30 años después, se vuelve a tocar este aspecto: ¿qué tiempo duraste planificando el asesinato?
“Yo no recuerdo, no recuerdo, ahora miro para atrás y tengo que decir, que no sé si la palabra planificación cabe en lo que pasó esos días porque planificación implica algún orden lógico, algún sentido, y todo lo que yo hice ese día, no tiene nada de eso, no sé si usted lo ve.
¿El día del asesinato, sentiste alguna duda en tu interior que te dijo, no lo hagas?
“Yo le puedo decir, lo más honesto, es que ese día yo estaba en automático. Si dudé o no dudé, probablemente todo eso ocurrió, por supuesto que tenía miedo, que por alguna razón me convencí de que aquello era algo que no podía evitar. Yo no estaba bien, no estaba pensando claro, esto no es una excusa, pero no estaba pensando claro”, destaca.
¿Estabas bajo los efectos de alguna droga?
En ese momento, no. Por lo menos, no que yo recuerde.
34 puñaladas, ¿por qué?
“Yo intenté explicar en algún momento que si el objeto hubiera sido quitarle la vida a alguien no hacía falta esa cantidad de violencia, pero la participación que yo haya tenido en ese momento no obedeció a un objetivo racional, que podamos decir el plan es este. Este es el camino más corto para llegar ahí”.
Y, ¿a qué obedeció?
“Aunque a usted le resulte insatisfactorio, en ese momento, yo no estaba en mis cabales, yo no estaba bien. Y con eso no pretendo descargarme, y no encuentro una mejor manera de decírselo”.
Con Juan Manuel Moliné Rodríguez, quien fuera su cómplice principal en la ejecución del crimen, asegura que no mantiene ningún contacto.
“Se sabe que nosotros tuvimos diferencias, pero le deseo el bien, y me sentí contento al enterarme de que está trabajando por ahí en La Vega, pero en los 20 años que tuvo preso creo que hablamos cinco veces, sé que cuesta trabajo pensarlo, pero no fue más de ahí. No quiero hablar mucho porque no quiero hacer con él lo que en un momento yo siento que hizo conmigo. Hoy habiendo estudiando Derecho, entiendo que en un caso donde hay dos personas que están siendo procesadas, una estrategia de la acusación es ir más suave con el segundo para que sirva para martillar el primero. Entonces, en ese proceso él no fue justo. No siento traición, pero me hubiera gustado que él se defendiera sin atacarme. Es decir, para defenderme yo, no tengo que atacar al otro. Es lo que creo, pero no es una crítica porque nosotros éramos muchachos y no lo critico. Aquí adentro llevábamos la vida de forma totalmente diferente”, solo eso accedió a decir.
El exprocurador Francisco Domínguez Brito, recién reveló que, en un momento durante el juicio, cuando imprimían el expediente, una cruz roja salió en tres ocasiones sin que, en el documento de Word, estuviera presente. Lo revisaron una y otra vez, y cuando daban a imprimir volvía a salir la página con la cruz que aún conserva en una caja en Santiago. Analizar su significado, es complejo, pero más allá de esta inexplicable experiencia el caso Llenas Aybar tiene un componente espiritual que a la fecha no se había abordado.
“Cuando estaba en Homicidio en la Policía, me llevaron a ver a mi papá que estaba en el despacho del jefe de la Policía. En el parqueo había gente que me gritaba, gente que no me conocía y no sabía nada, pero yo era el culpable. Y yo recuerdo que me llevaban rápido esposado y yo no miraba. Llegamos al antedespacho y estoy de pie en una esquina, había otras personas, y mientras espero yo siento que alguien se me está acercando y presumo que era un escolta del jefe de la Policía porque andaba con una ametralladora corta, ojalá escuche esto y sepa lo que significó para mí. Él se acercó y yo pensaba que me iba a dar un golpe, y ese señor lo que me dijo fue: Jesucristo te ama o algo así. Sé que me habló de Jesús y de que a pesar de que yo sentía que no merecía nada en ese momento, por lo menos Jesús me amaba. Cuando paso al despacho ahí está mi padre quien murió hace tres años y le digo papi olvídate de mí, olvídate de mí, ustedes no tienen culpa de nada de esto y mi papá me dijo, yo no puedo, tú eres mi hijo, y eso también me lo llevo adentro”, por segunda vez se aflige y esta vez se le aguan los ojos e intenta llorar, pero continúa hablando.
“Ahí me dejó una biblia que era la que usaba para ir a la escuela. Imagínate tú, en mi familia, nadie había caído preso, y papi me deja la biblia que todavía la tengo aquí conmigo. En la escuela había clase de religión, pero yo no le prestaba atención a eso. Y cuando volvimos a Homicidio a esperar los interrogatorios, en un colchón en el piso, recuerdo que abrí la biblia, yo no tenía la costumbre de leerla y comencé a leerla en el antiguo testamento y cuando comencé a ver la rudeza con la que hablaba la biblia yo dije: ¡uao, pero yo no tengo ninguna salvación!
Redondo Llenas, no tenía la costumbre de ir a la iglesia a menos que en el colegio católico, donde estudió, lo llevaran obligado.
“Como dos o tres días después un tío mío me fue a visitar recuerdo que peleó conmigo, me dijo que estupidez es esta, es una barbaridad, y después se calmó y me dijo, estás leyendo la biblia que te dio tu papá, le dije sí, pero está duro eso, lo de Caín, lo de Abel, está duro. Y él me dijo, empieza por los evangelios, y hasta el día de hoy su evangelio preferido es el de San Juan, pero por alguna razón empecé por el de Mateo, porque el de San Juan se me hacía rebuscado, y ahí, fue la primera vez que me sentí que tenía derecho a pedirle perdón a Dios, yo pensaba hasta ese momento que ni siquiera tenía derecho. Aunque la gente dice que si te confiesas y pides perdón no tienes que seguirlo pidiendo, yo lo hago varias veces al día porque pedir perdón me ayuda a cargar con esa pena”, intenta llorar por tercera vez, y ya, en esta ocasión, sus sollozos son en honor a la memoria del niño Llenas Aybar. En ese momento sentí que se me encogió el alma, mientras un sentimiento de tristeza me acompañó durante varios días.
Su hijo tiene 21 años, conoce su verdad, y le pidió estar presente durante su puesta en libertad.
“Siempre digo que estoy vivo por la misericordia de Dios… y entre los regalos grandes que recibí es que pude ser padre. Y mi hijo es un hombre de bien. No sé cómo logré mantener una relación con él todos estos años. Tuve la buena suerte de que su madre siempre fue una persona muy generosa, y lo vi crecer. En ese patio (en la cárcel) en actividades que hacían con los niños lo enseñé a montar bicicleta”, dijo.
En una evidente conmoción que casi lo lleva a llorar, revela una pregunta que le hizo su hijo días antes de su salida de la cárcel.
“Me dijo: papi, tú crees que yo me pueda parar al lado de ti. Y yo le dije, mi hijo, tú haz lo que tú quieras. Y me pregunta que cómo venía vestido, y yo le dije, que se yo, de la cárcel solo se sale una vez. Yo no sé”.
“Nunca le he hablado mentira a mi hijo. Una maestra de él me dio un consejo que yo seguí; me dijo, que debía decirle la verdad, adaptada a cada edad, hasta que ya se hizo adulto lo hablamos abiertamente, no crea que mucho más abierto de lo que he hablado con usted, porque hay cosas que no tengo respuestas que dejen satisfecho, como, por ejemplo, ese día de manera particular qué era lo que me pasaba, no lo logro articular, pero no huyo de la responsabilidad, es lo mejor que puedo hacer”.
El arrepentimiento de haber dado muerte a su primo, de apenas 12 años, lo ha intentado reflejar tratando de hacer aportes pedagógicos, mientras cumplía la máxima condena judicial que existe a la fecha en territorio dominicano.
En el 1998 cuando fue trasladado a la cárcel La Victoria, una de las más pobladas y peligrosas del país, relata que se dedicó a enseñar inglés a los reclusos.
“Un policía que me veía leyendo libros en inglés, que me traía mi familia, me preguntó: Mario tú sabes inglés, por qué no nos das clases. Fue la primera vez que yo después de caer preso encontré algo que podía hacer que le hiciera bien a alguien; empecé a dar clases y desde entonces, nunca me detuve”.
La enseñanza, en un tiempo en que no existía una cultura educativa en la cárcel, la continuó en Najayo hombres cuando volvió a ser trasladado y junto a otros, contribuyó a desarrollar una estructura de formación primaria y universitaria para los privados de libertad. Un proceso que se extendió a la cárcel de La Romana, cuando en su momento fue trasladado al recinto penitenciario de esa localidad.
“Luego regresé nuevamente a Najayo y se construyó, con la ayuda de muchos amigos, el primer y único centro educativo que existe, en las cárceles del país. Primero éramos una monja, las autoridades y yo, posteriormente, se integró una directora, profesores y ya eso camina solo”, detalla.
Estando en la cárcel, estudió a distancia, hizo una licenciatura en Ciencias y Letras, Derechos Humanos aplicado al contexto penitenciario y Derecho.
Durante muchos años coordinó las clases que se impartía a los reclusos. En el área del Centro de Formación Integral de la Pastoral Penitenciaria, ahí pasaba sus días.
“Me la pasé preso en una escuela, podría ser una forma de ver mi cárcel”, comenta.
La biblioteca formaba parte de sus días. Y mientras hacemos un recorrido por los lugares de la cárcel donde pasaba sus horas del día, los reclusos, maestros y estudiantes lo saludan con afecto. Reclusos que han salido en libertad y continúan asistiendo a la cárcel a estudiar, confiesan que Redondo Llenas ha sido su motor de inspiración, algo que me dejó sorprendida.
Dentro de la cárcel de Najayo hay 18 aulas, el ambiente es una escuela típica de República Dominicana. A Mario Redondo, todos los días le tocaba hacer la reflexión diaria.
“Se lee la palabra, se da algún consejo y se da alguna orientación”, explica y más adelante, muestra un terreno que solía sembrar en donde trabajaba de lunes a sábado.
Mostró a Panorama el pabellón donde estaba su modesto dormitorio, donde viven 72 personas, cuatro por habitación. Estando en la cárcel trató de llevar una vida de respeto hacia los demás y nunca sintió que intentaran hacerle daño.
“Yo no he tenido nunca una experiencia que yo sienta que me haya puesto en peligro. Peleé una sola vez, fue a la trompa, di par de trompa, pero me dieron más a mí. Fue por una tontería, fue por un jabón en La Victoria. Después aprendí a usar la cabeza y desde entonces, trato a la gente con respeto y la gente me trata con respeto a mí”.
Siendo su pasión la producción agropecuaria, estando en la cárcel, tomó varios cursos relacionados a este sector y lo aprendido lo puso en práctica en el mismo centro penitenciario. Sembró y crió animales en los terrenos baldíos del centro, y a eso se piensa dedicar, a la agropecuaria.
“Le pido a Dios todos los días poder lograr una combinación de poder trabajar en el campo, me gustan los animales la naturaleza, y poderlo combinar con servicio. Lo que se acaba el cinco de mayo es el tiempo en Najayo, mi pena será para toda la vida, y no sé cómo será el cielo, y no sé si llegaré ahí, pero en esta vida me gustaría hasta el último día poder tener un componente de servicio. No me veo en el Contry Club, no en pantalones cortos, no es que tenga nada en contra de un sitio bonito, pero no es el norte que tengo, seguramente iré a sitios bonitos, pero yo quiero que los años que me queden sean años de actividad buena para mí y para otras personas, eso es lo que yo quiero”.
Está dispuesto a servir en el debate académico de su caso para tratar de que otros jóvenes no lleguen a prisión.
“Esto está lleno de personas muy jóvenes, cada uno con su historia, cada uno con sus preocupaciones. Con el Código nuevo vendrán penas más duras, hay que hacer todo lo posible para evitar que la gente caiga, porque luego es muy difícil”.
Redondo Llenas asegura que el arrepentimiento que siente, se traduce en que si pudiera daría su vida para echar el tiempo y lo que hizo para atrás.
“Como no puedo, como no es posible, entonces doy mi vida para servir a otros, porque el componente del servicio, es algo que me ayuda a vivir con el peso y que me ayuda con esa sensación de culpa y de deseo de enmienda”.
Con una aparente convicción afirma que no recuerda un solo día que no haya tenido que, de alguna forma, acomodarse la cruz en la espalda.
“Y no quiero que diciendo las cosas a las que me dediqué en la cárcel se entienda que con eso pagué lo que hice: ¡yo no puedo pagar lo que hice!, estoy claro en eso y solo puedo vivir con un propósito de enmienda, con respeto y arrepentimiento”, manifiesta.
El caso de José Rafael Llenas Aybar permanece en el imaginario colectivo de la República Dominicana como un doloroso hito de la crónica negra, donde confluyen la tragedia familiar, la brutalidad inexplicable y el misterio institucional. A nivel legal, el proceso cerró formalmente en mayo de 2026 con la liberación de Mario José Redondo Llenas, tras cumplir la pena máxima de treinta años, sumándose a la anterior salida de su cómplice Juan Manuel Moliné Rodríguez. Sin embargo, la conclusión judicial amparada en un simple intento de extorsión económica fallido naufraga ante la saña de las treinta y cuatro puñaladas infligidas al menor, consolidando la firme creencia social de que la verdad histórica fue sacrificada para proteger a sectores poderosos de la época.
Por otro lado, el desenlace del caso invita a una profunda reflexión sobre las debilidades del sistema carcelario y la complejidad de la conducta humana. La reciente e inédita confesión de Redondo Llenas introduce una narrativa de madurez, refugio espiritual y labor pedagógica dentro de la prisión, contrastando con la frialdad psicopática que exhibió durante el juicio de su adolescencia. Aunque el agresor manifiesta un arrepentimiento constante y asume que cargará con una condena moral perpetua, su reinserción a una sociedad cambiante reabre el debate sobre la efectividad de los diagnósticos clínicos y la falta de programas de salud mental continuos en el régimen penitenciario, dejando un eterno velo de escepticismo e impunidad.