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Las prohibiciones más extremas que aún enfrentan mujeres en el mundo

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Panorama Nacional. Ser mujer es extraordinario. Dar vida es apenas una de las muchas capacidades que históricamente se han romantizado mientras, en paralelo, se levantaban murallas invisibles y no tan invisibles para limitar su libertad. Cada 8 de marzo hablamos de igualdad. De empoderamiento. De participación. Pero mientras en algunos países discutimos techo de cristal, en otros todavía se pelea por el derecho básico a estudiar, a trabajar o simplemente a caminar sola. La igualdad no es una percepción. Es un dato. Y los datos dicen que aún estamos lejos.

Aunque parezca impensable en pleno siglo XXI, estas son algunas de las restricciones legales y sociales documentadas en distintos países:

Afganistán
Prohibición de educación secundaria y universitaria para mujeres.
Restricción para trabajar en la mayoría de empleos, incluidos organismos internacionales.
Obligación de tutela masculina para salir de casa.
Limitaciones severas para aparecer en espacios públicos sin cubrirse completamente.

Yemen
Deben tener un tutor masculino que tome decisiones de movilidad y matrimonio.
Altísimos índices de matrimonio infantil.
Restricciones sociales severas para empleo y participación pública.

Irán
Restricciones en determinados campos laborales.
Leyes de tutela masculina en temas familiares.
Obligación de códigos estrictos de vestimenta en espacios públicos.

Arabia Saudita
Aunque ha habido reformas recientes, persisten limitaciones bajo el sistema de tutela masculina.
Históricamente se prohibió conducir (levantada en 2018).
Restricciones laborales en sectores específicos.

Siria
En zonas bajo control de grupos extremistas, se han impuesto prohibiciones de trabajo y educación.
Altos índices de violencia y desplazamiento que afectan especialmente a mujeres.

Sudán del Sur
Altas tasas de matrimonio forzado.
Violencia de género generalizada en contextos de conflicto.


Según el Banco Mundial, alrededor de 100 economías mantienen leyes que restringen los tipos de trabajos que las mujeres pueden desempeñar, así como cuándo y dónde pueden trabajar. Esto impacta directamente a aproximadamente 2,7 mil millones de mujeres. Por lo que aunque mencionemos solo los lugares extremistas, no hablamos de cultura, hablamos de leyes.

América Latina y el Caribe: desigualdad con maquillaje democrático

En nuestra región no existen prohibiciones tan extremas como las anteriores. Pero la desigualdad económica es profunda y estructural. Datos de la CEPAL revelan que en promedio el 28,6 % de las mujeres en América Latina no tiene ingresos propios. En países como: Guatemala: 51 %, Honduras: 43,5 %, El Salvador: 39,3 % y Costa Rica: 35,8 %.

En contraste, el promedio de hombres sin ingresos propios es 10,4 %. La participación laboral femenina cayó en 2020 al 46 %, frente a 69 % en hombres. Incluso antes de la pandemia, la brecha ya era significativa.

¿Y en República Dominicana?

En República Dominicana no existen leyes que prohíban explícitamente a las mujeres trabajar en determinados sectores. Sin embargo, la brecha salarial persiste, así como la sobrecarga de trabajo no remunerado, ese que se hace en el hogar y que no es pagado moneda de curso legar. Las mujeres dominicanas:

  • Tienen menor participación en sectores mejor remunerados.
  • Asumen mayor carga de cuidado no pago.
  • Enfrentan niveles preocupantes de violencia de género.
  • La igualdad legal no siempre garantiza igualdad real.

El desafío local no es conquistar el derecho a trabajar. Es garantizar que trabajar signifique progreso, seguridad y autonomía económica.

Más que un día, una conversación pendiente


La resolución A/RES/66/130 de la Asamblea General de la ONU destaca la importancia de la participación política femenina. Y es cierto: cuando las mujeres participan, las democracias se fortalecen. Pero participación sin condiciones reales de igualdad es simbólica. Como dijo Nelson Mandela:
“Ser libre no es sólo deshacerse de las cadenas propias, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás”.

El 8 de marzo no es una fecha para flores ni para descuentos. Es un recordatorio importante: mientras unas luchan por ascender, otras luchan por sobrevivir. La pregunta no es si hemos avanzado. La pregunta es: ¿a qué ritmo… y para quiénes?

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