Panorama Opinión. Ciento ochenta y dos años después de la batalla de Santiago, la República Dominicana enfrenta amenazas distintas, pero igualmente reales. Los fusiles callaron. La presión no.
El 30 de marzo de 1844, apenas un mes después de proclamada la independencia, el general José María Imbert y sus hombres enfrentaron en la sabana de Santiago al ejército de Jean-Louis Pierrot. No era una escaramuza: era un intento de aniquilar una nación recién nacida. Las tropas haitianas avanzaron en columnas, numéricamente superiores, convencidas de que la voluntad de un pueblo joven no resistiría. Desde los fuertes «Dios», «Patria» y «Libertad», los dominicanos respondieron con artillería, fusilería y algo que no figura en ningún parte de guerra: la claridad absoluta de saber por qué estaban peleando. Pierrot ordenó la retirada. La independencia sobrevivió.
El general Imbert no tenía el ejército más grande. Tenía el propósito más claro. Como Leónidas, que con trescientos espartanos contuvo al Imperio persa no porque fuera invencible, sino porque sabía exactamente lo que defendía. La superioridad numérica del enemigo no fue suficiente frente a la superioridad moral de quienes defendían lo suyo. Pero Leónidas también tuvo su Efialtes: el traidor que conocía el paso secreto y lo reveló al invasor mientras los suyos combatían.
Hoy Haití no nos invade con columnas de infantería. Lo hace de manera pacífica, sostenida y silenciosa, con la anuencia y complicidad de nuestros propios Efialtes. Son los sectores desafectos y las élites políticas y empresariales que avalan y financian la narrativa de una migración descontrolada como fenómeno inevitable, mientras conspiran contra la supervivencia del Estado dominicano tal como lo conocemos. Su motivación no es ideológica ni humanitaria. Es mercantil: un «Estado Binacional Quisqueyano» les concedería un mercado cautivo de más de veinte millones de consumidores y mano de obra barata, abundante y con menos derechos. Así de simple. Así de frío. Así de imperdonable.
En ese escenario llega a Haití la Gang Suppression Force: no como solución, sino como variable de riesgo adicional. Si fracasa —con los mismos fundamentos jurídicos de la MINUSTAH y contingentes cuyos expedientes la propia ONU ha documentado— las consecuencias no las pagará ningún organismo internacional. Las pagará el haitiano de a pie, que mirará de nuevo hacia el este. Hacia nosotros. Y los Efialtes de turno estarán listos para aprovechar el momento.
El general Imbert prepararía sus posiciones, conocería el terreno e identificaría al enemigo externo y al traidor interno. Hoy esa batalla se libra en los tribunales defendiendo la sentencia 168/13, en la frontera aplicando la ley sin disculpas, y en la opinión pública nombrando sin eufemismos los intereses ocultos. Y en la Cancillería: ¿está un Ministro de Exteriores a la altura cuando coordina en Dajabón el despliegue de fuerzas ajenas, ocupa portadas dominicanas que no merecen una línea en la prensa haitiana, y vincula operativamente al país con una misión de dudoso historial?
La soberanía no se hereda. Se ejerce, se defiende y, si es necesario, se pelea. Hoy que el desfile militar ha sido cancelado, no se trata de austeridad, es un meta mensaje poderoso e inequivocable. El carnaval pasó hace varias semanas. Las caretas siguen cayendo.